Después de haber desempacado tranquilamente sus cosas y haber guardado las maletas bajo la cama, salieron al balcón y se sentaron en las dos tumbonas.
Sacudiendo la cabeza, observaron cómo las otras chicas retozaban en la piscina, chillando y gritando como si no hubieran visto una piscina en su vida.
Carmela y Rods estaban recostados un poco lejos de la piscina en dos tumbonas un poco más cómodas, hablando. Inmediatamente le quedó claro a Kilye por qué las chicas estaban tan entusiasmadas de nuevo, por supuesto estaban tratando de quedar bien ante los dos jueces.
—Dios mío, ¡Qué circo de monos! —murmuró Kilye consternada, y Melly sonrió.
—Sin embargo, vamos a tener que bajar, a menos que quieras morir de hambre.
—Pff, no importa, esperaré a que estén todas en la cama más tarde, entonces bajaré y me haré un sándwich. No quiero pasar por todos esos problemas. Hablando de eso, ¿qué te parece si mañana hacemos algunas compras juntas?
Melly, asintió. —Sí, claro, de acuerdo.
En silencio, disfrutaron del sol, entregándose a sus pensamientos, sólo el ruido de fondo de la piscina estropeaba un poco la sensación de vacaciones.
Cuando empezó a anochecer, se ducharon una tras otra, luego se pusieron cómodas en sus camas y vieron la televisión. Finalmente, el silencio volvió a la casa y Kilye, miró el reloj.
—Casi las diez y media, creo que podemos aventurarnos a bajar.
En silencio, salieron de su habitación, bajaron las escaleras y fueron en busca de la cocina. Justo después de la segunda puerta la encontraron.
Decidida, Kilye se dirigió a la nevera. Afortunadamente, al menos se le había proporcionado un suministro inicial y sacó rápidamente algunas cosas. Segundos después tenían los sándwiches cubiertos y estaban sentadas en el mostrador masticando con avidez.
— ¿Te das cuenta de que una comida tan tardía suma considerables calorías? —Sonó de repente una voz afectada desde la puerta.
Kilye se giró y reconoció a León Vallenotte, el estilista, que ahora se paseaba por la cocina.
— ¡Oh! Me voy a bañar más tarde, se me pasará rápido. —Se desentendió y mordió su sándwich sin importarle nada.
León cogió una botella de agua de la nevera. —Aun así, Chérie, deberías tener cuidado, una vez que los kilos están puestos son difíciles de quitar. —Dijo con primor—. Buenas noches, mis queridas. —susurró a modo de despedida y desapareció.
Melly soltó una risita.
—Chérie, deberías cuidar tu figura. —le imitó y ambas se echaron a reír.
Terminaron su comida en silencio, luego enjuagaron sus platos y subieron. Kilye rebuscó en la cómoda y Melly la miró interrogante.
— ¿Qué estás haciendo ahora?
—Estoy buscando mi traje de baño, realmente voy a ir a nadar otra vez. —Explicó Kilye — ¿Vienes?
Los ojos de Melly se abrieron de par en par.
— ¿A estas horas de la noche? No, prefiero ponerme cómoda en la cama y leer un poco.
—De acuerdo. —asintió Kilye y entró en el baño para cambiarse.
Un poco más tarde bajó las escaleras y atravesó la sala de estar hasta el jardín.
La zona de la piscina estaba iluminada y el agua brillaba de forma atractiva. Dejó la toalla en una tumbona y se metió en la piscina con un elegante salto. Nadó enérgicamente, luego salió y se secó.
Poco después estaba de nuevo dentro, sin darse cuenta de que un hombre la observaba desde la oscuridad.
A la mañana siguiente, Kilye y Melly salieron juntas bajo el brillante sol hacia el centro de Sunport. Tras una media hora de camino, llegaron al lugar y rápidamente descubrieron un pequeño y acogedor sitio donde se sentaron a desayunar tranquilamente.
—¿Qué vamos a hacer hoy en todo el día? —preguntó Melly, masticando—. Para ser sincera, no me apetece mucho estar en la villa con las demás.
—A mí tampoco. Exploremos un poco los alrededores, si no me equivoco se supone que hay una hermosa playa aquí. —sugirió Kilye .
Después del desayuno, dieron un relajado paseo por la ciudad, mirando las vitrinas, y luego bajaron a la playa. A poca distancia, encontraron una pequeña y tranquila palmera, donde se instalaron en la cálida arena y disfrutaron del sol y del suave batir de las olas.
Charlaron un poco y mientras Kilye mantenía un perfil bajo, Melly hablaba con confianza de su novio Orlando y de sus estudios de medicina.
A última hora de la tarde, se dirigieron a hacer sus compras antes de que las tiendas cerraran. En una pequeña tienda de comestibles, se abastecieron de un amplio suministro de estos, y poco después, estaban de vuelta en la puerta con sus bolsas.
—Uff, ¿tenemos que cargar con eso todo el camino de vuelta, ahora? —suspiró Melly.
Kilye se encogió de hombros.
—No habrá muchas opciones, supongo... A menos que quieras gastar dinero en un taxi.
Melly negó con la cabeza, y entonces trotaron tranquilamente por el camino. Cuando estaban a mitad de camino, un coche deportivo rojo se detuvo junto a ellas, con Roderyck Wall al volante.
—¿Quieren que las lleve? —se ofreció, y ellas asintieron con alivio.
Poco después estaban en el coche, Kilye se había apretado en el asiento trasero, Melly iba delante, y sólo faltaban unos minutos para que llegaran frente a la villa.
—Gracias. —Sonrió Melly, cogiendo sus bolsas.
—De nada, siempre estoy encantado de ayudar a las jóvenes que lo necesitan. —respondió Rods con encanto, y Kilye se dio cuenta de que miraba el escote del top de Melly.
Frunciendo el ceño, recogió también sus bolsas, y le lanzó un cortante: —Gracias. —y siguió a Melly al interior de la casa.
Poco después estaban en la cocina, etiquetando sus cosas con nombres y guardándolas en los armarios. Terminaron rápidamente un par de sándwiches y justo cuando iban a subir, entraron la morena y la rubia del día anterior.
Sin darles una mirada, se dirigieron a la nevera y rebuscaron en ella.
—Creo que me tomaré un trago. —declaró la de pelo castaño, cogiendo un zumo.
—Pero Shirley, ni siquiera es tuyo. —señaló tímidamente la rubia.
Shirley sonrió.
—No me importa.
Kilye se dio la vuelta: —¡Si ese no es tu jugo, vuelve a ponerlo ahí!
—¿Y si no lo hago? —Desafiante, Shirley miró a Kilye —. ¿Qué vas a hacer?
—¿De verdad quieres saberlo? —dijo Kilye en voz baja, dando un paso hacia la chica.
Su voz era tranquila, y el matiz que había en ella no dejaba lugar a dudas de que no tenía intención de ceder.
Al principio parecía que Shirley estaba a punto de rebelarse, pero entonces se giró bruscamente, abrió de golpe la nevera y arrojó el paquete de zumo dentro.
—¿Satisfecha? —le dijo a Kilye , arañando el brazo de la rubia y tirando de ella hacia la puerta— ¡Vámonos de aquí, Nubia!
Le dirigió a Kilye otra mirada amarga, segundos después la puerta se estrelló contra la cerradura detrás de ellas.
Sacudiendo la cabeza, Kilye miró tras ellas, con los ojos de Melly muy abiertos.
—¡Oh, dios mío! ¿Realmente le habrías hecho algo a ella si no te hubiera escuchado?
—No te preocupes por eso, sabía que no lo haría. Conozco a las de su tipo, notorias alborotadoras y pretenciosas, cuando las cosas se ponen difíciles se meten la cola entre las Patas. —sonrió Kilye —.
Aparte de eso, estoy segura de que una pequeña bofetada no le habría hecho daño.
Melly soltó una risita y juntas subieron a su habitación.
Allí disfrutaron de sus sándwiches y merodearon por las camas. A las veintitrés horas, Kilye se puso el traje de baño como la noche anterior.
—¿Vas a nadar otra vez? —preguntó Melly, sonriendo.
Kilye , asintió.
—Sí, necesito mi entrenamiento diario, aunque probablemente esto no me haga ganar unos metros de más. —Acotó entre risas.