Querido diario:
Creímos que lo teníamos todo controlado. Qué imbéciles fuimos...
Han pasado más de tres años desde que Javier y yo llegamos a nuestro acuerdo. Recuerdo que no fue una conversación bonita. Fue más bien un reconocimiento mutuo de lo que éramos realmente: dos personas atrapadas en una mentira que nos devoraba por dentro. Él me confesó lo de sus numerosos amantes. Y yo le confesé lo de Carolina. Y aquella noche, sin lágrimas ni reproches, sellamos un pacto silencioso.
Él empezó a hacer su vida. Y yo lo propio con la mía. Pero, delante de los demás, seguimos siendo los esposos ejemplares. Nada de escándalos. Nada de divorcios. Por el niño. Por las apariencias. Por nuestros apellidos. Por la familia.
Fue un alivio tan grande que me volví estúpida. Durante estos años, Carolina y yo nos vimos más que nunca. En mi casa cuando Javier no estaba, en hoteles de ciudades vecinas, en el coche, en el campo, o en cualquier rincón donde pudiéramos robarnos un momento.
Pero, al final, nos volvimos descuidadas y actuamos demasiado confiadas. Como aquella tarde en la habitación de Carolina cuando éramos adolescentes y nos creímos invencibles. Salvo que esta vez el castigo será peor.