Nicola
Mis hombres se mantenían en silencio, esperando mis órdenes.
Un zumbido débil interrumpió el momento. La radio del rincón, conectada a los canales de seguridad, comenzó a emitir estática. Por un segundo nadie se movió, pero luego la voz que escuché me dejó paralizado.
—¡Nicola! —era mi esposa. El tono de su voz me puso en alerta máxima.
—¡Valentina! ¿Qué está pasando? —grité, mientras corría hacia la radio.
Renzo se enderezó de inmediato, dejando de lado su actitud relajada. Los demás hombres intercambiaron miradas rápidas.
—¡Cuida a Vitto! —su voz volvió a sonar, entrecortada, los sonidos de las detonaciones detrás me confirmaban que estaba en medio de un tiroteo.
Sentí el aire escaparse de mis pulmones.
—Amore, no… —intenté decir, pero ella me interrumpió.
—Te amo. Nunca olvides lo que te dije en nuestra luna de miel en Sudamérica...
La radio quedó en silencio, solo con la estática resonando alrededor. Me quedé inmóvil, solo mis manos temblaban a mis lados. Sus palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza.
—¿Qué mierda fue eso? —preguntó Renzo, acercándose a mi lado.
—¡Valentina! —grité en la radio, pero no hubo respuesta. Solo estática—. Mi mujer está en peligro... y no llegaré a tiempo para ayudarla —me lamenté hablándole a Renzo.
Apreté los puños, sintiendo cómo la rabia crecía en mi pecho.
El maldito perro sin dedos soltó una risa débil desde la silla. Los dos nos giramos de golpe.
—¡Oh…! ¿No me digas que el gran Don tiene problemas en el paraíso? —murmuró con un puto sarcasmo que me irritó.
Renzo se me adelantó. Le dió un puñetazo en el rostro, partiéndole el labio.
—¡Cállate! —le gruñó, agrarrándolo del cabello para obligarlo a levantar la cabeza.
Respiré hondo, tratando de mantener el control. Me acerqué al maldito enfermo, cada paso calculado, sin perder la razón.
—¿Qué sabe? —le pregunté, mi voz baja pero amenazante.
Él tosió, escupiendo sangre al suelo, pero aún así sonrió.
—Sé que nada en este mundo puede proteger a los que amas y no eres indestructible… No importa cuántos hombres tengas…
Renzo intentó darle otro golpe, pero esta vez lo detuve levantando la mano.
—No. Déjalo hablar.
Me incliné sobre él, mi rostro a centímetros del suyo.
—Escucha bien, malnacido. Si algo le pasa a mi mujer o a mi hija, te haré sufrir de formas que ni siquiera puedes imaginar.
—Ya… es tarde, Don Moretti.
Un silencio mortal cayó sobre la habitación. Mi mirada se endureció aún más, mis hombres esperaban inquietos mis órdenes.
—Shadow —dije, enderezándome y girándome hacia él—, quiero a todos los malditos hombres en este edificio y los que están en servicio detrás de mí esposa.
Renzo asintió, su expresión seria.
—Voy ahora mismo.
Pero yo no podía esperar más. Salimos juntos de la sala de torturas sin decir una palabra.
—Oye, jefe, ¿qué fue eso de la luna de miel en Sudamérica? —preguntó cuando nos alejamos lo suficiente para que él maldito hijo de puta en la sala no nos escuchara—. Según tengo entendido, ustedes se fueron a las montañas de Italia. ¿O acaso me perdí algo?
Sonreí, sin detener el paso. No era una sonrisa de burla ni de arrogancia, si no una de admiración. Solo podía amar más a esa maravillosa, hermosa e inteligente mujer.
—Es un código —le expliqué, manteniendo mi tono neutral—. Valentina me estaba diciendo que está bien y que... comience el show.
Renzo levantó una ceja, interesado en lo que le decía.
—¿El show? ¿Hablas de…?
—Exacto —respondí, mi mirada volviéndose más fría mientras mi mente se enfocaba en el plan—. Hoy vamos a descubrir quiénes son los traidores. Quiero que controles las cámaras de seguridad, especialmente las de la puerta de ese perro.
Renzo asintió, la expresión relajada desapareció de su rostro. Ahora estaba en modo operativo, listo para ejecutar mis órdenes sin preguntas.
—¿Y los que entren a sacarlo? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—No quiero sobrevivientes —dije sin titubear.
Renzo asintió con una sonrisa aprobatoria y se llevó una mano al bolsillo interior de su chaqueta. Sacó su teléfono para empezar a dar instrucciones.
Seguíamos caminando, y en cada paso, repasé mentalmente el plan.
Valentina y yo habíamos trabajado juntos en estrategias como esta durante años, siempre preparándonos para el momento en que alguien intentara cruzar nuestras líneas de defensa.
Habíamos acordado señales específicas para emergencias, frases que podrían ser inocentes que significaban órdenes claras.
Renzo terminó de enviar los mensajes y guardó el teléfono, ajustándose la chaqueta.
—Va a ser interesante ver quiénes tienen el descaro de venir por él —dijo, con una sonrisa torcida.
—Lo harán —afirmé—. Los traidores siempre se delatan cuando creen que su tiempo se agota. Y cuando lo hagan…
—Será su último error —terminó él, completando mi pensamiento.
Llegamos al centro de vigilancia, y uno de mis hombres nos abrió la puerta.
Las pantallas de seguridad nos mostraban cada rincón del edificio, por dentro y por fuera.
Renzo se adelantó, posicionándose frente a la consola principal para revisar las grabaciones.
—Aquí está la puerta de la sala —dijo, ampliando la imagen.
En la pantalla, el malnacido seguía atado a la silla, su rostro ahora inexpresivo.
Observé la pantalla en silencio. Todo estaba en marcha. Solo quedaba esperar a que los traidores fueran a rescatarlo.
Renzo estaba revisando las cámaras de afuera cuando su teléfono comenzó a sonar.
Frunció el ceño, sacándolo del bolsillo. Al ver el nombre de Gabriella en la pantalla, contestó de inmediato, pero apenas pudo decir "Hola" cuando la voz de su esposa lo interrumpió con un grito desesperado.
—¡Renzo, entraron a la casa! ¡Nos están disparando! —Gabriella estaba completamente alterada, gritando lo suficientemente fuerte como para que todos la escucháramos.
—¿Qué? ¿Dónde estás? ¿Estás bien? —preguntó, la urgencia rompiendo su habitual calma.
La voz de Gabriella seguía al otro lado, más rápida y agitada.
—¡Los guardias están muertos! ¡Estamos en el sótano! Augusto y Marcello están bien, pero no sé cuánto tiempo podremos resistir.
Sentí que la tensión en la sala aumentaba. Los hombres que estaban allí intercambiaron miradas nerviosas, esperando mis órdenes.
Renzo se pasó una mano por el cabello, su respiración acelerándose.
—Escúchame, mi amor —dijo, su voz temblando por el miedo y la rabia—. Mantente con los niños. Bloquea la entrada al sótano. Voy en camino… en cuestión de minutos estaré allí.
Colgó el teléfono y me miró con ojos llenos de preocupación. No necesitó decir nada.
—Toma a algunos hombres y las motocicletas; ve ahora mismo —le ordené sin dudar—. La familia es lo primero.
Renzo asintió, ya moviéndose hacia la puerta.
—Voy a necesitar dos equipos —gritó a los hombres que esperaban en el pasillo—. ¡Traigan armas pesadas! ¡Nos dividimos en dos grupos ustedes —dice señalando a tres de los hombres más diestros—, vienen conmigo en las motos, el resto en los vehículos! No vamos a perder a nadie hoy.
Lo vi desaparecer por el pasillo, dejando un aire de tensión detrás. Me crucé de brazos, cerrando los ojos por un momento para enfocar mis pensamientos.
Algo me inquietaba, una sensación punzante en la base del cuello que no podía ignorar.
Volví a mirar la pantalla que mostraba la sala del hijo de puta.
Había estado en la misma posición desde hacía más de veinte minutos. La cabeza baja, los brazos a sus lados, parecía que estaba inconsciente.
Fruncí el ceño. "Algo no está bien."
Me acerqué más a la pantalla, observando cada detalle. No había movimiento alguno en su cuerpo, ni siquiera una respiración visible. Mis ojos se estrecharon.
—Esto no tiene sentido —murmuré para mí mismo.
Pero había algo más… una leve distorsión en la imagen que no había notado antes. Era casi imperceptible, como un parpadeo en los bordes de la transmisión.
Y entonces lo entendí.
—¡Mierda! —exclamé, golpeando la mesa con el puño.
"Hackearon las cámaras."
Salí corriendo del centro de vigilancia. Avancé con grandes zancadas por el pasillo en dirección a la sala de torturas.
Iba gritando órdenes a los hombres que me cruzaba para que me siguieran.
¿En qué momento lo hicieron? ¿Cómo pudieron acceder al sistema sin que nadie se diera cuenta?
Al llegar a la puerta de la sala, dos guardias se acercaron corriendo alertados por la alarma.
—¡No dejen que nadie entre o salga de este nivel! —les ordené sin detener mi andar.
Empujé la puerta de la sala de torturas y entré, mis ojos escaneando el lugar, pero... estaba vacío.
La silla en el centro de la habitación estaba vacía. Las cuerdas que habían sujetado al infeliz colgaban flojas a los lados. No había señales de lucha, lo que significaba que alguien lo había sacado de aquí sin que nadie lo notara.
Mi sangre hervía.
—¡Mierda! —gruñí, pateando una de las sillas metálicas que salió volando contra la pared.
Tomé el auricular de emergencia y me conecté al canal principal.
—¡Informe inmediato de todos los equipos! ¡Gennaro Esposito ha escapado! Nadie entra ni sale del edificio sin mi autorización. ¡Encuéntrenlo!