Vittoria La casa de tía Bianca olía distinto a la mía. No era un olor feo, pero sí diferente, como si cada pared guardara secretos que preferían quedarse quietos. Había aroma a café recién hecho, a desinfectante… y metal. Un olor que yo conocía demasiado bien, el que mamá me enseñó a reconocer, el de las armas recién limpiadas y el de los pasillos donde se hablaba en voz baja. Tía Bianca me llevó de la mano desde la oficina de papá hasta su casa sin decir demasiado. Su agarre era firme, como siempre. A veces parecía una muñeca por fuera y un arma letal por dentro. Yo la quería por eso. —Quédate aquí con los niños —me dijo, inclinándose para acomodarme un mechón de cabello detrás de la oreja—. Voy a hablar un momento con tu tía Gabriella. Asentí sin discutir. Sabía obedecer, por lo m

