Nicola La mesa estaba cubierta de documentos, números y firmas que se suponía que importaban. Había hombres hablando de rutas, de mercancía, de porcentajes y de acuerdos que, en otro momento, habrían sido suficientes para mantener mi mente ocupada. Sin embargo, ese día todo sonaba lejano, como si las voces vinieran desde el fondo de un túnel. Renzo estaba a mi derecha, serio, atento, con esa calma que siempre parecía una máscara de hierro sobre la piel. Cuando uno miraba a Renzo Conti, nadie imaginaba que podía romper una ciudad con la misma facilidad con la que cargaba a un niño. Yo lo conocía. Sabía lo que ocurría detrás de esa mirada estable. Uno de los capos menores terminó de hablar y esperó mi respuesta. Asentí, le di la aprobación con un movimiento mínimo, lo suficiente para

