Mi primera enemiga

1373 Words
NARRA CAMILA Me vi en el espejo una vez más. Los pantalones negros me abrazaban los muslos justo como quería, y se abrían leve hacia abajo, lo suficiente para que el tacón se viera. La blusa azul, abotonada hasta arriba, me quedaba apretada en el pecho, ni modo, pero floja en la panza para que no se notara. Me vestí así porque ya sé que en unos meses mi panza no me va a dejar usar el traje sastre con el que soñaba llegar a esta empresa. Y aunque me encantaría gritarle al mundo que estoy embarazada, no estoy dispuesta a regalarle a nadie la oportunidad de verme como una debilidad. Pasé el fin de semana entero armando mi plan. Blusas sueltas desde el día uno. Eso me da, fácil, un mes sin preguntas. Para cuando empiecen las miradas, ya estaré bien posicionada. Con el sueldo que me ofrecieron, puedo aguantar cualquier comentario... incluso los de Adrián. Mi única misión ahora es construirle un buen futuro a mi bebé. Y asegurarme de que Adrián nunca tenga el poder de separarnos. Me retoco el labial, me tomo las pastillas para las náuseas y salgo rumbo a ese edificio enorme donde está Montero Inc. Beltrán me había dicho que fuera directo al piso 40. Con el pase de estacionamiento VIP que me dieron, encontrar lugar fue pan comido. Así que, sea lo que sea que quiera Adrián de mí, al menos por ahora, tengo mis ventajas. Cuando se abren las puertas del elevador, me llega un olor a lavanda. Frente a mí, pura pared de cristal. Muebles modernos. Plantas por todas partes. Si no me va bien como gerente, ya vi que jardinera tampoco suena mal. Un chico está en recepción. —¡Hola! Déjeme adivinar, ¿es usted Camila Reyes? Le sonrío. Camino hacia él. —Sí, aunque no tengo idea de quién eres tú. Lo dije en seco. —Ah, no pasa nada. Casi nadie de arriba se acuerda de mí. Soy Sergio. Me salió una risa que no pude frenar. —¿En serio? Él asintió. —Filtro a las empresas pobres, arreglo la mayoria de las quejas antes de que te lleguen, y la otra parte... bueno, casi siempre son culpa de Milton. Me tapé la boca, pero la risa me ganó. Si todos aquí son como Sergio, esto va a estar mejor de lo que esperaba. Me pasó una carpeta. —Aquí tienes tu horario. Hoy te toca puro papeleo con recursos humanos y ponerte al corriente con los proyectos. Te armé una reunión individual con cada uno del equipo, y en la tarde, fiesta de bienvenida. Le eché un ojo al horario. Varias hojas, pero lo primero que me llamó la atencion fue ese bloque entre dos y cuatro que decía: "Estudiar". —¿Qué es esto de ‘estudiar’? —El Señor Beltrán dijo que el Señor Montero quiere que tengas tiempo reservado para tu título. Esa franja siempre es solo para eso. Apreté la carpeta. —¿Y si hay una crisis o una entrega urgente? —Solo se interrumpe si estamos hablando de un contrato multimillonario. Y eso, bueno... no pasa diario. Solté un suspiro. No lo iba a negar, eso me salvaba la vida. —Gracias por todo, Sergio. De verdad. Me emociona trabajar contigo. —Lo mismo digo. Tu oficina está al fondo a la izquierda. Si te falta algo, me escribes y lo consigo. Me aguanté la pregunta de “¿Qué oficina?”, y mejor solté: —Gracias. Ya me pongo a ello. Nos vemos al rato. Y caminé por ese pasillo lleno de luz. Todas las oficinas sin puertas. Las primeras seis eran como salas de juntas pequeñas, perfectas para reuniones improvisadas. Luego venían dos grandes con cubículos. En una, las paredes vivas. Plantas hasta en los escritorios. Me saludaron dos personas de manera muy amable. Si el ambiente se siente así de leve todos los días, voy a estar bien. Al final, la única puerta cerrada. Había una placa ya puesta. CAMILA REYES GERENTE GENERAL Me dio un vuelco el corazón. No sé cómo llegué acá. Pero aquí estoy. Y no pienso fallar. Abrí la puerta. La luz del sol me cegó unos segundos. Todo brillaba. Este era mi lugar. Y era solo el comienzo. Apenas entré, supe que este no era cualquier cubículo de oficina. El escritorio de caoba estaba tan pulido que casi me vi reflejada, y la silla de cuero combinaba. A la izquierda, una pared repleta de estanterías con novelas clásicas. Me acerqué al computador, que ya estaba encendido, con un fondo de montañas. Mi nombre estaba en pantalla. Pero lo que me hizo arquear la ceja fue una nota pegada en la esquina: La contraseña es Camilagerente. Casi me río. La ingresé y entré. El escritorio virtual estaba impecable, ni una carpeta fuera de lugar. Abrí el correo y… una bandeja llena de mensajes. La mayoría eran automáticos, pero uno me atrapó: “Tareas pendientes: añadir cuenta bancaria…”. Lo abrí, y ahí estaba: un correo de Iván. Todo muy normal hasta que leí la última línea: Una vez completado este proceso, le enviaré su bonificación por incorporación de 10,000 $… ¿Perdón? ¿Diez mil? Revisé el remitente tres veces, convencida de que era un scam, pero no. Era real. Iván real. Empresa real. Dinero real. Y yo, llorando sola frente a la pantalla. Ese bono era lo único que necesitaba para respirar tranquila. Sin él, capaz que ni llegaba a pagar el alquiler este mes. Con él, volvía a la vida. Comida decente, techo seguro. Le respondí de una vez y mandé mis datos bancarios. Después, me forcé a mirar la agenda. Primera hora: todo el bendito papeleo de recursos humanos. Cinco horas seguidas de reuniones. Diez personas bajo mi ala. Y Sergio me había dejado una mini biografia de cada quien, lo cual agradecí, porque llegar sin saber nada de nadie… no iba conmigo. Milton era el más viejo del grupo. Sergio puso “a la espera de jubilarse” y se notaba. Milton parecía estar ahí contando los días. Los demás… etiquetas básicas: “ambicioso”, “resuelve problemas”, “trabaja en equipo”… lo típico. Pero había una nota en rojo: Lara. Líder natural. Advertencia: quería tu puesto y es probable que esté molesta. Tragué saliva. No era fan del drama de oficina, y menos del que empieza antes de que te aprendas los nombres. Pensé en tirarle un hueso, como ofrecerle el próximo proyecto grande. Que vea que vengo a sumar, no a competir. Tensión va a haber, seguro, pero si logro que me vea como una aliada… capaz evitamos una guerra. Estaba metida en esos papeles cuando tocaron la puerta. Eran las nueve. Mi primera reunión. Me faltaban cinco páginas. Pero hey, soy la jefa. Tocaba empezar a actuar como tal. —Adelante —dije. * Las reuniones fueron una seguidilla sin fin. No me fue mal con nadie, pero no tuve ni un respiro. Cuando uno salía, el otro ya estaba esperando. Quería estrellar la frente contra la mesa de lo saturada que estaba. Igual, fui sacando datos valiosos. Jorge y Jimena: inseparables en los proyectos de redes. Demasiado cariñosos como para no sospechar. Voy a tener que revisar la política de la empresa sobre ese tipo de cosas. Bruce, Milton y Darren: manejaban todo lo publicitario. Bruce y Darren eran los que metían mano, Milton aprobaba. Sin sorpresas. Ivett, Clark, Francys y Daniel: llevaban las estrategias por filial. Clark me pidió, sin pelos en la lengua, que no me metiera demasiado. Vaya recibimiento. Y luego… Lara. La última. Cuando Daniel se fue, no estaba esperándome. No sabía si sentirme aliviada o más nerviosa. Pero después de cinco minutos de falsa calma, la puerta se abrió. Y ahí estaba ella. Una tipa que entró como si la oficina fuera suya, segura, con ese aire de “yo debería estar sentada ahí”. Pelo n***o rizado atado perfecto, traje gris con camisa morada que le daba un punto. Maquillaje sin fallas. Labios rojos. Ojos verdes afilados. Cada detalle gritaba tensión. Y yo, paralizada. Se parecía a Adrián. No podía ser. Mierda.
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