El rubio se puso frente al espejo del ropero e intentó arreglar la corbata púrpura en el cuello a la vez que intentaba con todas sus fuerzas controlar sus impulsos agresivos. El padre Yagi dijo que debía enfocarse pero era tan difícil si la fuente de tu enfado te mira con tanta obsesión. La mirada esmeralda que le veía desde la cama y punzaba en su nuca provocó que su rostro en el espejo se arrugara y sus cejas se fruncieran a tal punto que la rabia parecía echar fuego de la boca. Izuku continuó su observación. —¿Estás bien, Kacchan? —rompió el silencio con esa voz dulce y amigable. Su dulzura derramó el vaso. La corbata y la paciencia de Katsuki terminó rompiéndose en dos. —¡Qué si estoy bien? —reclamó el rubio arrojando las dos piezas de la corbata al piso y se giró a verlo —¿Me preg

