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—¿Ustedes se acostaron?
—¿Qué quieres decir? —Katsuki le dio una calada a su cigarrillo en medio del campo de uvas.
—Hablo sobre tú y el chico nuevo. Fui tu primer compañero de habitación y admito que esa vez que fuimos al pueblo y nos acostamos con esas gemelas fue excitante pero seguirte el ritmo y torear a monsieur Aizawa era un trabajo agotador. Recibir tareas desagradables cuando me castigaban por tu culpa era un fastidio. —El chico pelirrojo se quejó y puso una mano en el hombro del rubio —Bakugou, hace un año nos conocimos en tú fiesta de cumpleaños, no nos tratamos mucho afuera pero aquí dentro eres como un hermano para mi. Me gusta que no seas como esos típicos ricachones que menosprecian a quien no es de su clase, eso es genial pero a veces eres un príncipe caprichoso difícil de complacer. Siempre te enfadas sin razón, te metes en problemas, eres un alcohólico y terminas siendo como una v***a atorada en el trasero. ¿Qué le diste para que te aguante tanto?
—¡Gracias por especificar lo doloroso que es estar conmigo, imbécil! —dijo gruñón y apagó el cigarrillo aplastándolo con su bota —Recordaré tu opinión cuando reparte el vodka para vender.
—¡Eh! ¡No hagas eso, hombre! El vodka es mi alcohol favorito. Además Denki dijo lo mismo de ti.
Katsuki chasqueó la boca y comenzó a pizcar las uvas y arrojarlas con violencia en la cesta que tenía colgada en el cuello.
—No se porque se quejan, los castigos que recibieron no aumentaron sus días aquí.
—Cierto pero la coincidencia está que cuando monsieur Aizawa nos cambió de compañero nuestros castigos diarios se redujeron al cien por ciento. Por eso no entiendo porque Midoriya no se ha quejado ninguna vez de ti. ¿En serio jamás te reclamará nada?
—¡No tengo idea! —dijo honesto y esa conversación levantó su interés por su amable y servil criado —El idiota jamás ha dicho algo cuando lo reprenden, nunca intenta salvarse y echarme la culpa. Ni siquiera en sus ojos se ve que me desprecie. Aunque recién he notado que me mira mucho y comienza a reclamar mis salidas pero yo no le he hecho nada. ¡A mi no me van los hombres!
— ¿Está reclamando tus salidas?
—Dice que estoy tardando demasiado en regresar y está preocupada porque me descubran.
—O tal vez está celoso que salgas con chicas —bromeó Kirishima y le dio un ligero codazo —Creo que tienes un enamorado.
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A Katsuki no le gustaba juzgar a las personas por la apariencia y menos obsesionarse, así que no pensó en lo que había dicho Kirishima hasta que esa noche el tema vino a su mente.
—¡Ey! Deku —insistió desde su cama al no encontrar ninguna respuesta a su comentario anterior —En verdad ¿estás enamorado de mí? ¿Te gusto? —dijo con un tono chismoso.
La personalidad de Katsuki era totalmente opuesta cuando estaba ebrio. Era simpático, abierto y de boca floja.
De pronto sus mejillas sonrojadas por el alcohol se acaloraron más.
Izuku no respondió.
—¡Cómo se atreve a ignorarme! —El rubio arrugó la nariz y se levantó de golpe como un príncipe malcriado pero al poner un pie sobre la alfombra púrpura, que estaba en medio de las camas, la borrachera lo hizo caer. —¡Estúpido piso no te muevas! —regañó y la habitación de paredes color perla y adornada por un crucifijo empezó a dar vueltas.
Katsuki se tapó la boca a causa del vértigo, miró hacia arriba para no vomitar y ahí estaba el dulce rostro de Izuku a orillas de la cama contraria. El pechoso dormía y el rubio contemplaba de cerca sus finas pestañas, su nariz que al respirar silbaba y sus labios rojos medio abiertos. Roncaba suavemente y entre más lo veía sus facciones parecían más femeninas y dulces que le quitó el mareo.
Sodomía.
La palabra flotó en su mente alterándolo y el chardonnay en su torrente sanguíneo lo guió poco a poco hasta acomodarse cerca de la base de la cama y la boca semiabierta del chico de pecas.
—¡Ey, nerd! ¿Estás loquito por mí? —susurró y su dedo índice delineó los labios rojos de su esclavo.
Comportándose como un príncipe malcriado, el pecho de Katsuki se hinchó orgulloso, imaginando que también era atractivo para los hombres, al menos para uno. Sin percatarse sonriendo como un patán que se levanta a todas.
La cortina púrpura se meció con suavidad dejando entrar el olor seductor de la uva con la brisa matutina. A la vez, el sol se dejaba ver por las colinas, la habitación cambió de un tono azul a uno amarillo hermoso. Las luces aclararon el rostro de Izuku y Katsuki. El ambiente era cálido y natural como la habitación de un matrimonio nuevo aunque para Katsuki con el estómago revuelto toda la habitación giraba y estaba distorsionada.
-¿Te gusto? —Katsuki sonó intrigado y no dejaba de fijarse en su boca roja que ante sus ojos poco a poco se regresó húmeda y exquisita.
El viento se coló caliente y el sudor de su frente se deslizó a sus sienes. El vino en su torrente sanguíneo elevó su rubor en las mejillas, había bebido mucho que no recordaba la cara de la campesina con la cual se había acostado hace un par de horas, solo recordaba la sensación de sus labios carnosos y la lengua metiéndose en su boca. No tenía remedio, el rubio no sudaba, destilaba alcohol. Abochornado y guiado por el chardonnay en su cuerpo se inclinó hacia el borde de la cama donde el rostro pecoso se embelleció ante sus ojos.
— ¿Sabrás a frutilla? —musitó con una sonrisa estúpida y se inclinó a sus labios.
No se preguntó por qué aquel fruto rojo llegó a su mente y lo autorizado con Izuku. La lengua del rubio se estiró para entrar en el hueco de lo que le parecía una boca jugosa y atractiva. Sus dedos se metieron tiernos entre su cabello de hierba entonces su lengua ingresó lenta como una aguja penetrando a la piel.
Lo primero que sintió fue el calor de la cavidad rosada, tocó el paladar y luego la punta de la otra lengua. No sabía nada. Una boca era una boca aunque fuera de hombre. Katsuki tomó confianza, inclinó su cabeza para acomodar su nariz, pegó sus labios y lo besó. De inmediato se enganchó a esos labios con profundidad y empezó a devorarlos como si comiera una manzana a mordidas. Le pareció fascinante como su boca embonaba tan bien con la otra como si ambas fueran piezas del mismo rompecabezas.
Izuku despertó de golpe. Sus ojos verdes saltaron como sapos cuando percibió un pedazo de lengua como una pequeña serpiente golpeando su campanilla. El rubio movía los labios como un buen amante mientras sus manos lo acariciaban metidas entre sus mechones verdes. La boca sabía un vino blanco.
¡¿Qué demonios?! ¡Me estás besando!
Izuku empujó a su atacante y desenganchó sus labios dejando un puente de saliva entre ellos. Después lo miró incrédulo con el corazón desbocado.
El rubio desde la alfombra púrpura suena como un idiota por su travesura.
—Perdón, es que con esta luz te mirabas como una mujer —se justificó estúpidamente, notándose el rubor alcohólico en las mejillas, luego palideció repentinamente y vomitó en las patas de la cama.
Izuku hizo una mueca de asco al oír sus arcadas y ver cómo expulsaba el color náuseasbundo del vómito desde esa boca que hace segundos lo estaba besando. Quiso tomar la lámpara de gas de la mesa a su derecha y estamparla en su cráneo pero era de locos discutir con un borracho. Ahora es posible que limpie su suciedad. Sin embargo, a pesar de que todo era una locura estúpida, su corazón no quiso tranquilizarse y su mente, aunque no quería buscar el motivo de un ebrio para besar a alguien, hizo la pregunta obligada.
¿Porqué me beso?
Izuku rechazó cualquier respuesta con un gesto endurecido.
—Está bien, no importa... —dijo con cierta aspereza en su voz y vio como Katsuki caía de borracho en su propio vómito. Que Katsuki le mostrará su peor imagen ayudado a que su corazón regresará a sus latidos regulares —De todos modos no era mi primer beso, Kacchan.
Izuku continuó observando la imagen patética de su compañero acostado en el piso con una mejilla sobre el vómito. Había inventado el bochornoso apodo de "Kacchan", era un diminutivo que nunca diría en voz alta al igual que no le diría a Katsuki que desde el primer momento que lo conoció había removido algo en sus entrañas y una semilla pecaminosa había estado creciendo desde aquel día.
Katsuki podía poseer una personalidad fea que te repele de inmediato pero en el exterior era innegablemente hermoso. Izuku cerró sus puños por sus malos gustos. No entendía porque terminaba siendo atraído por patanes. Primero su amor platónico por su profesor privado que a los diez años, se inclinaba interesado hacia él y tocaba su entrepierna debajo del escritorio repitiendo que era un buen niño hasta que un día huyó robándole joyas a su madre. Y segundo el hijo del dueño de la licorería quien lo introdujo al placer de la sodomía solo para después traicionarlo. Ahora le atraía un patán borracho y contrabandista.
—Sigo siendo repugnante…
Soltó un soplido sintiéndose culpable por tener esos gustos enfermos por otros hombres. Bajo de la cama y con gran esfuerzo cargó al rubio en sus brazos y lo depositó en su cama. Después fue al armario, tomó la camisa favorita de Katsuki que guardaba con recelo y se arrodilló a limpiar su vómito con ella.
—Eres un idiota, un patán, un miserable… —comentó insultos mientras restregaba la porquería en la camisa hasta limpiar el piso.
Izuku era esa clase de chico amable que todos abusaban con pedirle favores pero incluso alguien como él tenía un límite. Al terminar dobló la ropa y la guardó en el armario. Después de estropear su camisa favorita se sintió bien y fue a la cama a sentarse. Por fin la luz de la mañana terminó de aclarar toda la habitación.
Enseguida un grito lo sobresaltó.
—¡Inspección! —anunció monsieur Aizawa y dio varios toques a la puerta. Izuku no alcanzó abrir antes que el adulto enojado abriera de golpe. —¿Por qué siguen en su habitación? ¿Qué hacen? —Su mirada oscura echó un vistazo de halcón al interior. Respiró un cierto olor a rancio —A qué huele?
—¡Katsuki se hizo en los pantalones! —Izuku se apuró a decir —Recuerde sobre la diarrea de anoche pues...
El señor Aizawa que siempre lucía elegante, de traje n***o y corbatín guindo mostró una mueca de asco.
—No me importa si está enfermo. Yo no tengo que tocar su puerta como si fuera servicio a la habitación ¡La próxima vez lo levanta aunque se esté muriendo! Todos los internos sin excepción deben despertar con el primer sonido de las campanas y estar de pie en el pasillo para el paso de lista. Ya después podrá ducharse e ir a la enfermería. —Aizawa ordenó severo pero dejó pasar el incidente y se fue azotando la puerta.
Izuku suspiro de alivio por qué Aizawa aún no sospechaba de las escapadas de su amo entonces contempló al rubio que roncaba y se desparramaba por la cama estando boca arriba. Tenía un brazo afuera del colchón, los pantalones holgados puestos en la cadera y la camisa semiabierta. Los huesos de su clavícula eran sensuales y atraían las miradas curiosas para asomarse a su camisa, echar un vistazo a sus prominentes pectorales y ver el color claro de sus pezones.
La forma en que alzaba su pecho al respirar era hipnótica e Izuku se quedó pensativo viendo como un humano se mantenía vivo en medio de la inconsciencia. La vulnerabilidad de un cuerpo dormido era excitante reflexionó y tuvo que pellizcarse un muslo por pensar cosas indecentes como levantarse e ir a tocar sus pectorales, aunque el rubio oliera a vomitar, estuviera despeinado y babeara la almohada para él seguía siendo jodidamente caliente.
—¡Ya basta de mirarte tan sexy! —reclamó su belleza a comparación de la suya que tenía la cara desvelada. Qué ironía ser un homosexual atrapado con el chico más atractivo del reformatorio. Izuku no quería pensar ni sentir nada por otro hombre pero cuando sus ojos miraron ese chupetón en el cuello se puso celoso —¡Patán!
Izuku se percató del ardor en sus propios pezones que antes había dejado el latigazo de sus tirantes. Se tocó el alivio de su pecho plano. El dolor era diminuto. Y acariciando sus pezones sobre la ropa pensó en su compañero quien lo trataba como un criado. Sabía que nada bueno resultaba de enamorarse de un hombre y no iba a caer en esa tontería de nuevo. Solo creía que todo estaría bien si solo observaba lo prohibido sin que nadie lo supiera, sería como leer esos libros eróticos que fueron censurados, hacer una imagen mental, excitarse y cerrar el libro y jamás hablar de ello.
Era una fantasía agradable. Un mundo que jamás sería real. Un mundo en el que un hombre homosexual estaba a salvo del castigo. Sin embargo, su dedo índice acarició sus labios que seguían húmedos por su saliva y lengua. Aquel beso no fue una fantasía, sus labios habían recibido su boca por primera vez y al admitirlo un escalofrío recorrió su columna vertebral.
Izuku, sentado en la orilla de su cama, apretó sus labios. El sabor del vino quedó atrapado en el interior de su boca. Izuku odiaba el vino rojo como el Pinot noir pero el sabor blanco del chardonnay era afrutado, jugoso y semidulce. Un sabor que te hacía querer probar más. Y ese deseo de querer más lo hizo rabiar.
—¡Eres un patán! —Izuku volvió a reclamar por la canallada que Katsuki acababa de hacerle y por que sus emociones se removieron con menor sutileza en sus entrañas. —¡Idiota no paresco una chica y lo sabes! —dijo sintiendo como el sabor del vino volvió loco a su paladar —¡No tenías que besarme, Kacchan estúpido!
Izuku presionó los párpados para que su imaginación no pudiera volar lejos. Si sus deseos volaban lejos todo estaría perdido. Sin embargo, olvidó que la emoción que se contiene con mayor tiempo, así como las uvas que fermentan en una barrica, hacen que su sabor se vuelva irresistible.
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Izuku Midoriya fue lanzado bruscamente sobre la cama y con violencia un par de manos lo sometieron de los hombros y presionaron su espalda contra el colchón. De inmediato sintió dolor en el vientre por el peso del cuerpo que se aplastó encima suyo sin pedir su permiso.
—¡¿Kacchan, qué haces?! —alcanzó a decir antes que un sabor nauseabundo perforara su boca.
Aquella repugnancia tocó la punta de su lengua y se introdujo como un taladro hasta el fondo. Su boca se abrió grande por reflejó e hizo unos sonidos inteligibles. Izuku comenzó a saltar como un salmón deseando quitarse el peso de Katsuki que sentado sobre su vientre lo obligó a mantener la infame posición de sumisión. Sus ojos verdes estaban atónitos por lo que ocurría tanto que eran incapaces de parpadear.
—Ya no cabe, Kacchan —Era lo que intentaba decir con sus pies que sobresalían de su cama y pataleaban al sentir como su garganta iba siendo llenada por una pestilencia de pliegues que forzaban a su boca aceptarla y comerla.
Sentía como sus labios se abrían anchos como un embudo que estaba siendo llenado sin piedad. Se desesperó por respirar y soltó más sonidos incomprensibles, gimoteos y arcadas. La cosa en su boca avanzaba centímetro a centímetro como una serpiente blanca llenando cada espacio hasta provocarle lágrimas.
—Es tu castigo por ser un imbécil —justificó el tirano que lo aprisionaba.
Izuku, aun en esa angustiante situación, logró enderezar un poco la cabeza y apreciar a ese tirano sentado a horcajadas. Ese par de muslos peligrosos estaban abiertos en forma de una indecente uve, mostrando en su esplendor aquel bulto cerca de su cara.
—Cómelo todo, hijo de puta —dijo amenazante y el rubio se inclinó para empujar con saña y meterle todo pero había llegado a su tope.
El vientre de Izuku se dobló por la tensión que hacía al cargar ese cuerpo dotado de músculos y comenzó a llorar por los pliegues en su boca y la sensación de vomitar. Sin embargo, a pesar del castigo, por un momento sus ojos verdes y llorosos ignoraron el abuso, se desviaron hacía arriba admirando la escultural figura. El torso desnudo del rubio era excitante. Katsuki acostumbraba a no usar camisa en su habitación, una costumbre que al gusto homosexual de Izuku no le hacía nada bien.
Los cuadros de sus abdominales proyectaban una sombra en contraste con el sol de la tarde. Las dos masas perfectas de pectorales (que muchas veces fantaseaba con apretar) lucían enceradas por el sudor, se hinchaban al respirar y por último, sus pezones y aureolas tenían un color claro como una suave uva color miel que en ocasiones le daban unas terribles ganas de llevar sus labios a su pecho y comenzar a mamar.
Su mirada verde expresó deseo, euforia, atracción y placer menos estar atemorizado y esa falta de terror enfureció a su atacante.
Katsuki explotó e intentó meter los pliegues con violencia de su camisa favorita, que doblada como un cilindro, se desbordaba por los labios de Izuku. Poco a poco el rostro del esclavo cambió de un color verde vomitivo a un ligero azul y a falta de aire el pataleó aumentó.
—Abre más la boca, animal. Seguro te cabe más —Katsuki forzó la boca de su esclavo a tal punto que podría zafarle la mandíbula —¿Qué pasa Deku, acaso no es gracioso? —arremetió fuerte y sonrió malvado —Te parece bien si limpio tu garganta con mi camisa o prefieres mi v***a.
Izuku se arrepintió de haber cometido el grave error de limpiar el vómito con la camisa favorita de su amo, principalmente, porque sabía cómo explotaba si alguien tomaba sus cosas. Se preguntó si era un masoquista por hacer esa estupidez pero antes de responderse comenzó a golpear los brazos de Katsuki en un intento inútil por pararlo. Aunque sabía que el rubio no se detendría hasta que la ira dejará de hervir su venas.
—¡Trágalo, hijo de puta! ¡TRAGALO! —Katsuki metió todo lo que pudo y le quitó esa cara de placer que tenía. Continuó con el castigo hasta sentirse satisfecho.
Izuku lloraba y se retorcía como pez fuera del agua ante su evidente asfixia.
El rubio oyó ligeros gemidos de súplica atrapados en la tela de algodón. Admiró como los labios rojos de su víctima, se ensancharon al límite. Su cavidad estaba llena con la camisa y sus mejillas se hinchaban como bolas de masa. De pronto, ladeó la cabeza y con curiosidad pensó "El sodomita tiene talento" e imaginó su técnica para chupar y conservar adentro una v***a caliente y gorda. Sus ojos rojos se impresionaron de cómo le cabía tanto, pudo quedarse horas viéndolo en ese estado de sumisión pero la cama crujió y su cuerpo comenzó a rebotar alocadamente.
—¿Qué demonios?
Izuku peleando por su vida, levantó su cadera y se sacudió fuerte en la cama para quitárselo de encima. Se retorció como un gusano en las fauces de un pájaro haciendo que Katsuki rebotara directo sobre su regazo como si lo cabalgara.
Katsuki rebotó bruscamente y para no caer se sostuvo colocando las manos en el pecho de Izuku. Fue la decisión más incómoda que pudo elegir pues al echarse hacía adelante, su trasero se pronunció y con el rebote percibió como el bulto de su criado punteaba con intensidad en medio de sus glúteos. Una y otra vez sintió ese pene golpeándose contra su culo como si fuera un sodomita. Sus pupilas se hicieron puntos y su gesto fue de incredulidad.
Esos empujones ocasionaron que su cuerpo sintiera cosquillas por el ritmo acelerado similar al sexo. Recordó como sus amantes se montaban sobre él y cómo las penetraba moviendo sus caderas con intensidad. Su cara amargada se abochornó al estar en la misma situación que una chica.
—¡Quédate quieto! ¡No hagas cosas raras! —regañó y sacó la camisa de un jalón.
El movimiento se detuvo y el pecho de Izuku se infló dolorosamente en busca de aire; jadeó asmático y su piel cambió de un tono azul a celeste, volviendo a su color natural de piel.
Katsuki seguía arriba y admiraba la belleza de su criado a punto del infarto. Los jadeos de Izuku eran muy ruidosos. No halló explicación porque ese estado febril, con el rostro sudoroso, el pecho alzado y la boca abriéndose y cerrándose con desesperación le pareció un bonito espectáculo. Para ese momento ya no recordaba que por la mañana la boca de su compañero le pareció tan atractiva que lo terminó besando.
—¡Estás loco! —En cuanto Izuku logró respirar mejor se quitó a patadas a Katsuki.
El rubio cayó de la cama y se sorprendió por sus gritos. Su criado aguantaba todo y jamás se quejaba de nada. Esta era la primera vez que gritaba y se dio cuenta que había llegado muy lejos. Tan lejos que casi lo mata.
—¡Qué tienes en la cabeza! —Izuku se levantó de la cama con el ceño fruncido y teniendo a Katsuki sentado en el suelo comenzó a reclamar —. ¡Era una estúpida camisa, Kacchan! ¡No tenías que intentar matarme!
Katsuki era un joven con tendencias violentas, muchas veces explotaba sin justificación. Un simple cruce de palabras, un choque en la calle, una mirada desafiante, una tonta camisa sucia… Por cualquier cosa estúpida ya estaba saltando para pelear por esa razón estaba metido en prisión. Si por el momento no había matado a nadie accidentalmente era por pura suerte.
El rubio debajo de la sombra de Izuku recibió los reclamos en silencio. Había recibido regaños antes pero que fuera de alguien tan sumiso como Izuku lo dejó mudo. Lo que le pareció extraño de su criado es que conforme gritaba, gruñía y se desahogaba, su pequeño cuerpo se iba relajando y al terminar no conservó ni una pizca de furia en la voz, más bien tenía un tono de frustración.
—¿En qué estabas pensando echándote encima de esa manera? Te sentaste sobre mí y abriste tus muslos sin considerar que soy un… —Izuku se interrumpió para no admitir su homosexualidad abiertamente —¡Acaso no pienses antes de actuar! ¡Cretino!
Katsuki notó como su criado estaba agitado y empezó a acariciarse el dolor en la garganta. Sus dedos bordados de cicatrices masajearon su manzana de adán. De pronto se imaginó escucharlo decir:
"Asfixiame".
El rubio se puso de pie y quiso obedecer sus instintos. Apretar el cuello de Izuku con ambas manos hasta verlo llorar y oírle suplicar; levantó levemente los brazos y sus manos se alzaron pero de inmediato se detuvo. ¡Qué demonios, estoy pensando! Izuku seguía reclamando. Esa voz aguda y empalagosa se oía a lo lejos y no hacía pausas, Katsuki no lograba oír sus propios pensamientos y ordenarlos.
—¡PUEDES CALLARTE! —explotó. Su voz fuerte se empalmó con la de su criado y lo silenció. —¡Ya entendí, idiota! ¡Soy un cretino qué te quiso matar! ¡Ya lo sé! —Katsuki pasó sus dedos entre sus mechones rubios y filosos. Este era un tic qué hacía cuando el estrés se apoderaba de él.
"¿De verdad iba a matarlo por una camisa vomitada?" "¡Qué mierda! Si Deku no se hubiera sacudido en el momento justo, ahora estaría tieso y frío en la cama ¡Me pudriría en la cárcel! "
Katsuki se dio cuenta de la gravedad de sus acciones, sabía que desde niño algo no estaba bien con él.
Izuku permaneció boquiabierto. Esos ojos rojos y diabólicos en forma de almendra, que siempre se mostraron dominantes e inflexibles, ahora temblaban confundidos. Aunque sus rasgos seguían furiosos, se asemejaban a las de un niño malcriado que ha llevado sus travesuras demasiado lejos.
—¡Tú sabes como me pongo cuando tocan mis cosas! —protestó casi arrancandose el cabello —¿Cómo se te ocurre hacerme enfadar? ¡Maldita sea es tu culpa que haya pasado esta mierda! —Katsuki señaló mientras lidiaba con los malestares de la resaca y su falta de control.
¿Por qué creí que era buena idea meterle la camisa entera en la boca?
La adrenalina del primer ataque aún recorría sus dedos. Cuando vio la camisa vomitada tuvo una sensación de quemarse por dentro y al toparse con su cara pecosa, al abrir la puerta, solo explotó sin razón. Estaba consciente que a veces no controlaba su temperamento y la violencia era la única expresión qué se desprendía de él. Esta vez tuvo miedo de sí mismo. No sólo por el hecho de que su pequeño acto lo hubiera convertido en un asesino sino porque era la primera vez que sentía un placer distinto al hacerle daño a alguien.
Hubo un silencio y una tensión en el ambiente. La situación era nueva. En tres meses, Katsuki e Izuku casi nunca hablaban de nada y menos se confrontaban, ni siquiera cuando Katsuki abofeteaba o le arrojaba cosas a Izuku, éste jamás se defendía o protestaba. Por esa razón ambos se sintieron extraños, tan extraños que el silencio, al qué estaban acostumbrados, se volvió terriblemente incómodo.
—Katsuki ¿estás bien? —Izuku se acercó cauteloso al verlo tan pensativo y tocó el hombro del rubio.
La escena de la víctima preguntando a su agresor por su bienestar fue masoquismo puro. Izuku lo sabía pero el deseo de contemplar de cerca el gesto de Katsuki al borde del colapso, al parecer, era mayor que su dignidad. Se atrevió a tocar su mentón y levantarlo delicadamente.
—¿Kacchan?
Katsuki le atrapó la mano para quitársela de encima. Entonces sus ojos rojos se cruzaron con los suyos de color verde que estaban curiosos. Izuku se echó atrás por el impacto de su mirada escarlata que le provocó una agitación interna.
—Deku creo que estoy loco. —confesó y su voz sonó atemorizada —La verdad es que perdí la noción, solo quería castigarte como los otros días, pero esta vez no sé qué pasó, ya no pude detenerme… De repente, estaba disfrutando de tu sufrimiento como un… —Katsuki se interrumpió antes de llamarse "monstruo" y bajó la mirada —. Si quieres denunciarme ante Aizawa, está bien para mí. No voy a cobrarme el castigo que me impongan... —mencionó rápidamente.
Katsuki fue incapaz de soportar la opresión de la habitación estrecha y los ojos enormes de Izuku juzgandolo como un asesino o eso era como creía que Izuku lo miraba. Perturbado, el rubio huyó precipitadamente, azotando la puerta al salir.
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—¿Kacchan? —Izuku sintió la ráfaga de su escape y todo quedó en silencio.
Perplejo por lo ocurrido, el chico de rostro dulce clavó su mirada en la puerta tallada de su habitación. La madera de caoba tenía hermosas molduras. Poseía una marco de hojas de parra con enredaderas qué se retorcían, en cada esquina las enredaderas terminaban con racimos de uvas. Observó los nudos de las enredaderas, que parecían alambres de púas y de pronto las sintió apretando su garganta como si fueran las manos de su amo apretando su cuello.
Dolor y placer.