Al día siguiente de entrar, durante la hora de las duchas, un grupo de cinco sujetaron sus brazos, lo arrastraron detrás del edificio y lo golpearon como era costumbre a los novatos.
Los cinco chicos lanzaron puñetazos y patadas mientras se burlaban del "rubio bonito" que había entrado. Fue empujado contra la pared y cayó al suelo; una línea de sangre hirviendo se deslizó de su sensación y Katsuki se limpió la sangre de su nariz.
— ¿Eso es todo? —dijo levantándose del suelo y sus ojos rojos eran como un tigre saliendo de su escondite para atacar —Ya terminaron con su juego de mierda, niños?
Los cinco sintieron escalofríos con verlo de pie, su voz áspera sonó malvada y formó un puño que apretó con venas resaltadas.
—¡PREGUNTE SI TERMINARON CON SU JUEGO! —gritó hasta hacerlos ensordecer y sus facciones suaves se arrugaron y lo volvieron tan irreconocible que el "rubio bonito" del que se burlaron se convirtió en un demonio. —Porque ahora es mi turno, mon chéri.
El reformatorio en lugar de sanar a los internos los retorcía con saña y los empujaba caer en sus propios pecados. Katsuki y sus arranques violentos terminaron por propinar una paliza a los cinco. Estos confesaron que el "rey sombrío" los había enviado y Katsuki para mandar un mensaje les facturó el brazo a los cincos.
—Díganle a su preciado rey que la próxima vez muestre su cara y no sea una serpiente.
En un día Katsuki se adaptó a la ley del más fuerte, nadie lo miró como un novato, obtuvo estatus y admiración. Había vivido encerrado en áticos así que estar privado de la libertad no era gran cosa. Aunque debía pelear más de lo habitual que en el mundo exterior se preguntó:
¿Qué cosa podría ocurrir en un reformatorio de locos? ¿Qué clase de tipo sería su compañero de cuarto?
Días después sintió el viento entrar por la puerta de su cuarto y se topó con su primer compañero.
-¡Maldita sea! ¿Kirishima eres tú? —exclamó desde su cama escondiendo una novela cursi que leía.
El pelirrojo entró arrastrando los pies, jamás había creído llegar a ahí, solo quiso ayudar a su vecina Mina a escapar de su compromiso matrimonial pero haber vivido con ella en su habitación por meses le dio argumentos al juez de golpear su martillo y tacharlo de un joven criminal.
—Los padres de Mina descubrieron que vivía conmigo. Creyeron que yo la obligaba a quedarse y la retenía. Dijeron que era un secuestrador.
—Te dije que las mujeres son fuego.
—Y termino muy quemado —Kirishima se sintió mal por su destino pero aún deseaba ver a Mina al salir.
Al verlo Katsuki se preguntó curioso cómo se sentía vivir con alguien más por tanto tiempo, si Kirishima realmente disfrutó estar con esa chica y si había llegado a sentir amor como en esas novelas cursis que leía donde accidentalmente la pareja protagónica se quedó atrapada en algún lugar .
—Estar con Mina fueron los días más dulces que he vivido —Kirishima se sonrojó y sonó como un idiota. —Poder amar a alguien siempre vale la pena.
El rubio abrió los ojos sorprendidos, tenía diecisiete y estaba en edad de enamorarse, jamás había sentido esa flecha incrustándose en su corazón con ninguna chica y aunque haya experimentado el sexo en el amor era virgen. Dejando fuera su violencia y promiscuidad en el fondo era un chico como cualquiera.
Katsuki sacudió la cabeza y dejó de pensar en tonterías. Prosiguió a actuar como un gánster y aunque conociera a Kirishima no se tocó el corazón para convertirlo en su criado como todos en los dormitorios hacían con el compañero más débil.
Lo puso a lavar su uniforme, lustrar sus zapatos, hacer su tarea, cuyo trabajo el pelirrojo fue un completo inútil pero al establecer su contrabando le ayudó muy bien a vender su mercancía de chocolates, alcohol, tabaco y opio.
Creyó que estaría bien pasar su sentencia de un año con su tranquila compañía sin embargo después de un mes Kirishima lo delató con Aizawa para salvar su pelejo y lo abandonó.
Katsuki no guardó rencor, no es como si hubieran hecho una promesa y esperanzada lealtad. Se quedó solo de nuevo pero no le importó, estaba acostumbrado a su estilo de vida individualista y solitario. En realidad preferiría eso de convivir en un cuarto reducido con otro hombre.
Sus deseos no fueron cumplidos. Su segundo compañero fue más inútil que el primero.
—¡Maldita mar, tienes cara de idiota! —El rubio gruñó desde su cama mientras que esta vez escondía un libro romántico de poemas bajo su almohada.
—Soy Kaminari Denki me asignaron a esta habitación y... —El chico rubio eléctrico calló al ver como su nuevo compañero cruzaba los brazos con una cara amarga.
—Me importa un comino como te llames, serás mi criado, harás mis tareas, lavarás mi uniforme, lustrarás mis zapatos y trabajarás mi cuota de uvas en la recolección. ¿Me oíste?
Kaminari aceptó cobarde sin embargo Katsuki no esperaba que fuera un bruto con "b" grande, cuando vio sus calificaciones de cincos en sus tareas, su uniforme con manchas de jabón por el mal enjuagado y sus zapatos mal lustrados.
Una vena estalló en su frente y explotó.
—¡Alguien no puede ser tan idiota! ¡Ni siquiera sabes enjuagar una miserable camisa y arruinaste mis corbatas!
Katsuki retorció su cuello y quiso matarlo. Kaminari era un temeroso y haría cualquier cosa para salvarse, fue cuando descubrió que ayudar con mover su contrabando era un trabajo donde fue exitoso.
El rubio explosivo creyó que si soportaba ver esa cara de idiota cada mañana y se encargará de su propia ropa y tarea podría vivir bien con Kaminari, podía intimidarlo y hacerlo callar cuando quisiera sin embargo, en un mes lo hecho de cabeza para salvarse de un castigo y Katsuki volvió a estar solo.
Ni siquiera se molestó. Pensó que después de tener dos compañeros y que Aizawa lo llamara "manzana podrida" por fin lo dejaría en paz. Odiaba compartir su espacio con otro. Odiaba despertar y tener a un hombre frente a su cama.
De nuevo sus deseos fueron negados.
Era el 25 de abril, el cielo se oscureció y las nubes lanzaron rayos y truenos. Katsuki llevaba cinco meses escuchando amenazas que debía acallar, insultos que debía devolver, golpes que debía regresar. Todo para sobrevivir en ese reformatorio que consideraba una isla de locos.
Ese día era uno de esos escasos días de calma, ampliando su mercancía en su cama, galletas de queso, chocolates y cigarrillos, quiso disfrutar un poco de todo acompañado de chardonnay, se desplomó a su cama con el torso desnudo y espero a que la tormenta viniera. Le gustaba oír como la tormenta estremecía los campos, levantaba cosas del suelo, las arrojaba por doquier y lanzara rayos como un dios destructor.
Acostado de espaldas, su mirada se perdió sin vida observando por minutos el techo poroso. La habitación era fría y las paredes gruesas dejaban un temible silencio a excepción del sonido refrescante de la lluvia agresiva fuera de la ventana en forma de arco.
Su habitación era pequeña a lo que acostumbraba en la mansión, odiaba las cortinas grises y la alfombra púrpura pero era mejor que un ático húmedo lleno de ratas. De repente río a carcajadas. Su risa rebotó en las esquinas y se oyó como un eco como un loco. Es que era tan divertido que su vida parecía un bucle de encierros constantes y que nada iba a cambiar en un reformatorio al menos eso creía. Desconocía que la tormenta arrojaría algo en su puerta.
—Abandona toda esperanza... —Katsuki parafraseó la escritura de la puerta al infierno de Dante y brindó feliz por su soledad.
El chardonnay bajó por su garganta y se escapó en sus comisuras hasta gotear su abdomen, disfrutaba del alcohol en sus venas cuando su piel percibió una brisa entrar desde la puerta y la atención de un par de ojos verdes cruzaron con los suyos de color rojo.
Su mundo solitario se volvió de dos.
Bajo el marco de la puerta apareció un chico de cabello como hierba, debilucho, encorvado y tembloroso como un cervatillo. Vestía el uniforme escolar y llevaba libros y cosas cargando a la altura de su pecho. De inmediato distinguió que era su nuevo compañero.
Katsuki lo miró con hartazgo.
A cuántos extras tengo que soportar.
—¡Como te atreves a abrir mi habitación! ¿Quién mierda eres? —El rubio gritó ferozmente sin soltar la botella de su mano.
El chico nuevo lo observó con ojos de muerto, si había provocado algún miedo lo encubrió muy bien. Katsuki lo vio ingresar en silencio, dejar su uniforme y libros en la cama de a lado. Echó una mirada terrible a su espalda. Tenía un pedazo del saco fajado al pantalón de inmediato lo juzgó como un distraído.
Debe ser un inútil como los otros dos.
El chico de verde suspir. Katsuki oyó un poco de pesar en aquel soplido, bajó su botella de vino e imaginó que el chico de menor estatura iba a lloriquear por llegar al reformatorio como la mayoría hacía en su primer día. Y lejos de sus expectativas el chico se giró y saludó con una sonrisa.
—Monsieur Aizawa me ha asignado esta habitación espero llevarnos bien... ¡Es un placer conocerte soy Izuku Midoriya!
Katsuki al ver su sonrisa accionada se irritó, "¿por qué sonríe el imbécil? Es tan falso. Odio a los hipócritas" pensó fugaz e intimidó sus ojos verdes que le desagradaron. Izuku al notar su aura agresiva bajó nervioso la mano del saludo. La habitación se tensó y un relámpago alumbró de azul el lugar.
—¡Escucha bien, burgués de mierda! —Katsuki se levantó impulsivo de la cama y jaló el saco de Izuku quien tembló —No me importa que hiciste para acabar aquí, tampoco me importa que seas. Me da igual que clase de persona eres. ¡Yo soy el amo de este lugar y el que hace las reglas! Así que nunca tocas mis cosas, no te metas en mis asuntos y no me provocas.
Katsuki creyó que sus palabras lo harían pequeño y sumiso. Sucedió lo contrario el chico pareció levantar los hombros mientras asentía rápido y seguro. Incrédulo abrió de par en par sus ojos rojos al ver como en instantes el rostro opaco frente al suyo se iluminó en un segundo con otra sonrisa, esta vez una auténtica, larga, abierta, curva y bonita; sus mejillas con pecas se hincharon y sus ojos grandes y verdes anteriormente muertos, se humedecieron con tanta vida que su corazón se quedó sin latidos.
Katsuki ladeó la cabeza, desde el primer minuto Izuku fue diferente a sus otros dos criados. No entendió su gesto, su comportamiento anormal, su presencia dulce. ¿Qué diablos pasaban? Porqué sus palabras anunciando que sería su criado le causaron una emoción de esperanza, no comprendió que para Izuku esas palabras le regresaron a la vida. Katsuki solo quiso pegarle en la cara. Aunque no se dio cuenta que esa sonrisa quedó grabada en su mente como un recuerdo digno de rememorar.
De nuevo le echó un vistazo de arriba a abajo, un pedazo de mierda se dijo y estaba seguro que duraría un mes hasta que el chico enclenque lo abandonará para siempre y teniendo su paz en soledad.
Los insistentes deseos de Katsuki nunca se harían realidad.
La puerta fue azotada. Por enésima vez oyó el seguro de la puerta atrancándose y la voz carrasposa de la abuela detrás regañando su agresiva conducta.
—¡Una día vas a matarme, jovencito! —dijo la robusta anciana mientras golpeaba la puerta como amenaza —No salgas hasta que recapacites si no te daré con la vara para que te arregles.
Katsuki suspiró cabizbajo. Sus ropas elegantes estaban sucias como si fuera un desollinador, los nudillos le dolían y en su piel despellejada se miraba el rojo de su sangre. Tenía trece años y no comprendió la furia que surgió cuando su vecino de quince años se cruzó la calle y estorbo su caminó frente a él. Fue un arranque que terminó en una pelea.
Se acostó resignado en el suelo del ático, su cabeza rebotó contra la madera algo podrida. No tenía remedio. De nuevo estaba enjaulado con el silencio. Se sintió miserable. Entonces escuchó el sonido de una rata que chilló llenando el ambiente oscuro y húmedo.
—Al menos tengo una amiga —suspiró con un dolor en el pecho e intentó sonreír.
Enseguida volteó su cabeza de lado y vio a la rata mordisqueando un pedazo de queso de una trampa de ratones entre dos cajas viejas; comía y comía y sus bigotes se movían divertidos que simpatizó al pequeño Katsuki. Por un momento se sintió acompañado. Fue un segundo en el cual su linda sonrisa endulzó su rostro. Un segundo que lo apartó de sentirse olvidado hasta que el peso de la rata activó la trampa y un crack partió su cuerpo.
—¡Ja! De nuevo solo —dijo con la mirada perdida y acuosa.
Respiró profundo, olió la asquerosa sangre del roedor, el olor a rancio de la basura del sitio y sintió una loza aplastando su pecho. Dolía saber que en ese ático en penumbras era el único ser vivo.
En su mundo de encierro nunca había nadie más...
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Tres meses atrás...
Soso, sumiso, simplón e irritantemente sonriente. Esas fueron las palabras que Katsuki definió a su nuevo criado a la primera semana de su llegada; se hallaba sentado en la cama izquierda perteneciente a su compañero, desde ahí sus ojos rojos alargados como almendras lo observaron trabajar en hacer su cama.
El chico pecoso estiró el cubrecama sobre el colchón con cierta delicadeza y esponjó sus almohadas con ambas manos entonces olió el humo de un cigarrillo y empezó a toser severamente.
—¿K-katsuki podrías apagar eso? Mi garganta me pica —pidió amable entre una ligera tos y apuntó el cigarrillo que sostenía sus dedos.
—No —respondió sin ni siquiera meditarlo, dio otra calada y esparció el humo al techo a propósito.
Izuku sonrió sin decir nada y vio lamentándose como el humo se concentraba en esa reducida habitación de dos camas, una mesita entre ellas y un armario compartido.
Katsuki se irritó. Estúpida sonrisa pensó. Solo tres semanas y se largará. Estaba seguro que Izuku estaría un mes a su lado como los otros dos y luego lo echaría de cabeza por alguna estupidez y nunca vería sus labios curveados otra vez. De nuevo echó otra mirada, esta vez a su cuerpo pequeño y cuadrado que parecía tener buena salud. Provocó chasquear la boca.
—¿Oye, idiota porque te ves tan bien? —preguntó con su tono dominante de voz, fumó de nuevo y vio como la cara de su criado se sonrojaba sin razón.
—N-no, no creo que me vea tan bien como dices —contestó modesto como si oyera un cumplido y de nuevo formó una sonrisa esta vez una más pequeña y tenue.
—¿Ah? —Katsuki se preguntaba por qué diablos sonreía tanto y sus nervios crisparon. —¿Qué no vinieron unos tipos a arrastrarte algún rincón y te golpearon? A los novatos les dan palizas al llegar, ¿Porqué te ves intacto?
—¿P-palizas? —Su criado se sorprendió, no tenía idea. Tocó su mentón a la vez que tosía de manera intermitente —Bueno, unos chicos vinieron y me preguntaron si era nuevo, —tosió —y-yo sonreí, respondí que me habían asignado la habitación 308 —tosió —entonces se fueron corriendo como si hubieran visto el diablo detrás de mí. —De nuevo sonrió pero ahora el rubio amargado tuvo que escuchar su risa irritable combinada con su tos.
Mierda. Deja de sonreír, imbécil. ¡Ya para, maldito! ¡Te golpearé!
Su cara se arrugó y sus dientes rechinaron, Katsuki sintió sus tripas retorcerse y se movió en la cama intentado controlar sus impulsos.
Esa sonrisa de manera visual era como ese molesto chirrido de uñas contra un pizarrón que los oídos no toleran sin razón. Y estaba tan inmerso en esa sonrisa fea y fastidiado por esa tos que no paraba que el cigarrillo entre sus dedos se fue consumiendo y eso lo hizo gruñir.
A partir de ese día dejó de fumar en su habitación.
—Tres semanas y se irá —dijo entredientes y espero su huida.
Para la segunda semana, cada vez que Katsuki ordenaba lavar su uniforme, limpiar sus zapatos, hacer su tarea. Izuku asentía diciendo "de inmediato" y esa curva estúpida y tímida cambiaba su rostro cubierto de pecas de u a forma dulce.
Era una sonrisa de autodefensa. Al menos eso era lo que creía y al bastardo le funcionaba pues su sonrisa era larga y bonita para irritarlo pero no lo suficiente para querer romperle los dientes incluso si realizaba mal las cosas.
—¡A esto le llamas lustrar, inútil! —Katsuki regañó desde su cama ante el poco brilló de un zapato comparado al otro y se los arrojó directo a la cabeza.
La punta del zapato golpeó su coronilla pero Izuku no emitió ningún gemido de dolor o lloriqueo. Sé sobresaltó por su voz salvaje y se le erizó los vellos pero respondió enérgico.
—¡M-me e-esforzaré la próxima vez, Katsuki! ¡En la siguiente oportunidad lo haré perfecto!
Katsuki frunció la boca y sintió desesperación.
¡Deja de esforzarte! De todos modos la cagarás la siguiente vez.
Otro día. Izuku se equivocó y volvió a remarcar sus errores.
—¡Qué no sabes factorizar? —El rubio fue a la otra cama y abofeteó a su criado con su tarea de matemáticas mal hecha.
—S-solo me equivoque por un número —se justificó acariciando su mejilla roja como un niño.
—¡Qué te dije de contestarme, Deku idiota! —Le torció la corbata púrpura mal anudada del uniforme y lo jaló. Su boca amenazante se posicionó cerca de la boca de su criado que lo puso a temblar y sudar.
Katsuki sonreía arrogante, le satisfacía ver temblar a sus enemigos por su presencia. En esos primeros días Izuku quería ser bueno en todo porque temía una golpiza como esa que le dieron sus supuestos amigos del colegio. Aún no caí en la obsesión e impulsos sexuales que en su interior eran chispas.
—¡Me esforzaré la próxima vez! —Izuku exclamó de nuevo pero esta vez sus ojos parecían llamas.
Katsuki soltó su corbata y contempló el tono esmeralda de sus ojos. Era la fuerza que poseían que llamó su atención. Por fin comprendió la razón de irritarse por esa sonrisa. La curva se estiraba entre dos emociones el temor de ser castigado y la pasión del desafío.
Para casi finalizar la segunda semana Izuku mejoró su técnica de lavado, planchado y lustrado que lo dejó mudo a tal punto que sus zapatos se vieron impecables, su uniforme se sentía suave a los dedos y su tarea no había marcas de borrador y al revisar las respuestas eran correctas.
—¿Cómo estuve, Kacchan? ¿Te gustó? ¡Si, te gustó, Kacchan! ¿Verdad, que te gustó? —dijo de nuevo sonriente, sacando ese apodo lindo por primera vez, sabía que había hecho un buen trabajo y esperaba su halago.
Katsuki sostuvo su libreta y una pequeña sonrisa se le escapó. Izuku revoloteó a su alrededor y repetía lo mismo.
—¿Lo hice bien? —preguntó inclinándose hacia él de una manera que percibió como femenina y se sintió extraño pero bajó su libreta para mostrar la emoción de su cara.
—¡Eres un bastardo de mierda, Deku! ¡Qué si lo hiciste bien?—dijo con una sonrisa orgullosa y puso una mano en su hombro que puso rígido a Izuku —¡Eres un puto genio! ¡Esto parece de un profesional! —dijo impresionado.
Izuku sonrió gigante, mostrando los dientes y Katsuki observó su felicidad con suavidad sin darse cuenta del tiempo.
Aunque su criado mostró su valor y el fruto de su esfuerzo su relación no mejoró de todas maneras. Katsuki seguía gritando las ordenes y cuando no le gritaba ni siquiera le dirigía la palabra.
Había momentos de aburrimiento en su dormitorio donde Katsuki tiraba cartas de poker al aire e Izuku iba recogiéndolas y ni siquiera se le ocurría iniciar conversación. Después de todo ¿A quién le importaba lo que tenía que decir su criado? Veía a Izuku no solo como un simplón si no como un nerd y aun odiaba su sonrisa.
Para la tercera semana se preguntaba si Izuku se iría al final del mes o él terminaría corriéndolo.
Un día después de las duchas, cuando en su habitación ambos se arreglaban su uniforme escolar notó lo abultada y pequeña que se hacia la corbata. Lo miró de reojo como batallaba. Izuku pasaba la punta de la corbata arriba, luego por detrás, se le enchuecaba en el cuello y apretaba fuerte hacia su garganta.
Katsuki chasqueó la boca.
—¡Deku eres un inútil! ¡Lograste el planchado perfecto en un uniforme como si fueras el mejor mayordomo del mundo pero eres un retrasado para hacerte la corbata! ¡Qué raro eres!
Katsuki siendo impaciente, jaló la corbata púrpura y la desanudó. Izuku se sonrojó al ver sus ásperos dedos medir la tela y cruzarla sobre su cuello, el rubio se concentró en su trabajo e hizo un nudo hermoso.
—G-gracias —dijo Izuku a su primer gesto amable y le mostró una sonrisa natural sin rastros de miedo o desafío.
Katsuki enchuecó la boca y al notar esa expresión tonta frente a él mirándolo conmovido por su acción rectificó su actuar.
—¡No te creas la gran cosa! ¡No te hice un favor, esclavo inútil! —dijo empujándolo —Es que odio la maldita asimetría y tu corbata es la mas horrible que he visto. ¡No te volveré ayudar! —Su ceño se arrugó y decidió largarse de la habitación antes de querer borrarle a puños la boca.
En la hora del desayuno, Katsuki continuó con sus asuntos junto a Kaminari y Kirishima. Siempre comía con ellos no por gusto, si no porque era la hora donde podían reunirse a hablar del contrabando. Izuku era apartado, comía solo en una mesa del rincón. En el comedor muchos pervertidos echaban un ojo al recién llegado para ver el material. Sin embargo, nadie le interesaba acercarse a él por temor a los puños del rubio.
—Oye, ¿no vas invitar al chico nuevo a comer con nosotros? —preguntó Kirishima.
—No, es irritante.
Katsuki se limitó a contestar y desgarró su pan con sus grandes dientes. Curioso alzó la cabeza para ver que hacia Izuku que comía su pan de centeno a pequeños bocados como un roedor. Él observaba como las demás mesas estaban llenas, unos vendían las charolas de su comida por protección o artículos, los amos les quitaban el pan a sus criados y estos bajaban la cabeza sin chistar y una mesa al fondo se hallaba una mesa con mayor comida y diferentes platos como si un rey le sirviesen. En esa mesa se hallaba Shinsou pero Izuku en ese momento era un novato que ni siquiera notaba la estructura de poder del reformatorio porque su mente estaba concentrada en obedecer día y noche a Katsuki y ser el criado perfecto.
—¡Vamos hablarle, Kirishima! ¡Es un criado de Bakugou igual que nosotros! —dijo Kaminari y se levantó para ir por él y Katsuki apretó su brazo.
—No. No lo quiero en mi mesa ya te dije que es irritante —dijo ofuscado.
—Denki también es irritante y lo dejas estar aquí —dijo Kirishima.
—¡Ey! —protestó el rubio tonto.
—Kaminari es molesto pero Deku es irritante de otra manera... Además en un mes tendré un nuevo criado. No quiero que se meta en nuestros asuntos.
Kirishima y Kaminari asintieron, también esperaban que eso pasara pero Izuku se esforzó y siguió junto a Katsuki como un perro que se aferra a la pierna de su amo.
Al paso de los días Katsuki ya pateaba la pared por lo desesperado de salir a la villa por mercancía y desahogar su violencia en el acto s****l.
Desde la puerta le dijo casual a Izuku que se iba y este se alarmó ante la sorpresa, saltó de su cama y lo llenó de preguntas:
—¿Porqué te vas? ¿Cómo sales? ¿A dónde vas? ¿Cuando regresas? ¿Qué hago si Aizawa aparece? ¿Ahora soy tu cómplice? ¿Me castigaran por esto? ¿Estarás bien?
Izuku se acercó a su amo a tal punto de tocar las solapas de su saco. Katsuki se reflejó en sus ojos verdes con una cara amarga. Percibió temor en sus redondos ojos, supuso que veía por sus intereses, si lo descubrían y lo castigaban en una celda de aislamiento nadie evitaría que abusaran de él, sintió que Izuku fingió una preocupación que le pareció hipócrita.
—K-katsuki entonces puedo ayudarte en algo —dijo amable y esa sonrisa servicial apareció.
¡Joder es tan molesto!
—Oye, inútil. —dijo enojado y lo alejó de un empujón.
—Si —alzó el rostro como un perro fiel.
—Eres mi criado pero deja de exagerar tu lambisconería, siempre estás sonriendo y jodiendo en ayudar, ¡Llegas a hartar! Tienes una cara de que me la quieres chupar todo el tiempo que ya no me la aguanto ¡Haz lo que te ordeno cuando te lo ordeno y no te metas en mis asuntos!
—S-si, Kacchan —Izuku soltó ese apodo que el otro ignoró y su rostro pareció triste.
Katsuki se fue con los hombros tensos. Si su sonrisa servicial era molesta a tal punto de querer sacarse los ojos para no verla, su cara de lastima le daban ganas de moretear sus mejillas.
La naturaleza amable de Izuku era auténtica, era cierto que actuaba por temor pero también por reflejo así lo educaron y el sobreesforzarse en las tareas extras lo ayudaban a no pensar en Todoroki, su traición y la heridas que sangraban de su corazón. De una manera extraña Katsuki era una dura, áspera y horrible tabla la cual lo mantenía a flote y se aferraría a ella hasta límites insospechados.
Katsuki descubriría pronto eso.
Como costumbre, aquella noche bajó de un carruaje borracho, se tambaleaba de un lado a otro mientras cruzaba el portón desvencijado y en penumbras caminó el sendero de uvas en zigzag para llegar a la puerta trasera de la cocina y subir los escalones a los dormitorios.
Sin alguna sorpresa Katsuki pisó mal un escalón, resbaló y cayó. Su frente se golpeó con la esquina del peldaño. Una línea de sangre descendió de su lado derecho y regañó a las escaleras.
—¡No se muevan, idiotas!
Al entrar a su habitación y recargarse tambaleante en la puerta, su vista borrosa captó la sombra de su compañero, se pasó la noche en vela esperándolo.
—¡Kacchan! ¡Qué te ocurrió? —dijo al ver su herida y rápido se dirigió a él e intentó limpiarle la frente alzando la orilla de la camisa del pijama verde.
—¡Te dije que no te metas! —lo rechazó de un manotazo dijo como un ebrio terco —Solo me caí por que el puto suelo no deja de moverse, me pasa todo el tiempo...
—¿Te caes todo el tiempo?
Izuku parpadeó y lo observó con sus obsesivos ojos gigantes y verdes y puso su cerebro a trabajar, se tocó el mentón y comenzó a murmurar las posibilidades de ser descubierto, las caídas peligrosas, su estado etílico y lo que era más favorable para ambos entonces tronó los dedos y su rostro se iluminó como una bombilla.
—¡La siguiente vez voy atraparte! —dijo entusiasmado y habló veloz —¡Te esperaré en el portón, si estás a punto de caer te sostendré así te ayudaré a llegar hasta la habitación. ¡Estarás bien! Te evitarás un posible golpe que te deje muerto y estarás a salvo de la vista de Aizawa entonces no podrá descubrirte y entonces tú y yo...
—¡Espera, espera! Que tantas mierdas hablas.
Katsuki se echó a la cama y sentía la cabeza y el estómago revuelto, se tocó la herida en la frente y la sangre manchó la punta de sus dedos. Como iba a la villa y regresaba al dormitorio solo, jamás se emborrachaba tanto como su presente, se mantenía semicuerdo
—¿Porqué harías algo como eso? —preguntó el rubio mareado.
Izuku bajó la cabeza, lo pensó mientras jugaba con sus dedos y se sentó en su cama frente a Katsuki. Se preguntaba una razón coherente por querer ser su cómplice y soltó lo primero que apareció en su pensamiento.
—Porque me preocupas... —dijo sorprendiéndose a sí mismo.