Por fin el pecoso se dio cuenta como lo había nombrado y rectificó rápido.
—Katsuki, no deberías venir en ese estado de suciedad. Es desagradable además todos parecen enfadados contigo. N-no debiste amenazarlos, q-qué pasará si ellos se desquitan con...
—¡No me jodas, Deku! —El rubio le quitó bruscamente el bocado de pan que hace minutos Izuku estuvo a punto de comer —Aizawa me quitó mi ración de comida y no me quiere levantar el castigo. Ese hijo de puta me ordenó trabajar en el establo hasta las diez toda la semana sin ninguna razón. Estoy trabajando como un burro, vine aquí porque me muero de hambre y tú me dices que debo ser considerado y pensar en la comodidad de toda esa gente de mierda antes que en mí mismo. —Katsuki le dio una feroz mordida al pan y habló furioso —¡No jodas! ¡No me voy a duchar solo por venir a comer aún tengo que seguir trabajando! ¡Los demás me importan una v***a!
Izuku no respondió, se encogió de hombros y trató de no dirigir su mirada a ningún lado. Quizás si permanecía quieto las otras mesas no notarían su presencia y no tendrían ganas de desquitarse con él cuando su amo se fuera. Entonces se quedó observando a Katsuki comer su ración de pan y su plato hasta que lo terminó, Izuku no probó nada y tenía hambre. Hizo una mueca. Solo porque la jerarquía decía que él era su criado no era necesario que Katsuki siguiera siendo un maldito egoísta, le quitó su ración de comida y los internos que repartían los platos no le iban a dar otra porción.
Definitivamente no necesitaba considerar a Katsuki como una persona. ¡Era un patán!
Izuku cruzó los brazos y caprichoso decidió que esa misma noche, se desquitaría sujetándose a la cama de ese idiota, se masturbaría y mancharía su edredón, sin embargo, su preocupación y nerviosismo aumentaron al percatarse como Katsuki devoraba los últimos higos del plato.
El pecoso se sobresaltó porque en unos minutos su amo lo abandonaría con un comedor oloroso y enfadado.
—Y-ya te vas, Kacchan? —Izuku tuvo ganas de jalar su brazo y aferrarse a él. Sus labios temblaron deseando pedir que se quedara pero por timidez apretó la boca y cerró los puños por debajo de la mesa.
¿¡Otra vez ese nombre!?
Katsuki dio el último bocado y se limpió la boca con la mano. A sus ojos escarlata no se le escapó el temblor en las pupilas de su criado y la evidente cara de espanto. Se levantó de la mesa, tomó un vaso y se lo dio a Izuku sin mirarlo.
—¡Tráeme agua, inútil!
El pecoso sujetó el vaso nervioso, agachó la cabeza y fue a la cocina a buscar una jarra de agua. La cocina era un cuarto contiguo al comedor con una puerta gruesa que se deslizaba al abrir. En ese momento ya se encontró vacía, Izuku encontró la jarra en una isla cuando escuchó un plato romperse, rápido se dirigió a la salida y asomó un ojo por la puerta.
Katsuki estaba de pie y se miraba amenazante con la espalda un poco encorvada como un puma a punto de atacar.
—¡Señoritas, vamos a aclarar este estúpido asunto de mierda! —su voz áspera y mala fue como un golpe de látigo contra el suelo —yo no me meto con sus cosas así que ustedes no se metan con las mías ¿entendieron? pero si hay un imbécil entre los presentes que se quiera pasar de listo, le juro que lo haré comer mierda hasta que se le revienten las tripas. ¡Mataré a quien toque lo que es mío incluso si lo considera mi basura! —señaló directamente a la puerta de la cocina para que todos supieran de quien hablaba.
Izuku se petrificó, ahora tenía sentido porque siempre se sentaba solo en el comedor y nadie hablaba con él. La mayoría creía que él era uno de "las cosas de Katsuki" y que nadie debía tocar. Una sonrisa tenue apareció y sus mejillas se abochornaron. Su amo entendió de alguna manera sus preocupaciones sin siquiera preguntarle, y esa era su manera de proteger lo que le pertenece. Izuku estaba de acuerdo con su relación, podía ver sin remordimientos a Katsuki como un objeto si él también lo veía como si fuera una cosa de su inmobiliario o más bien "su basura".
El pecoso regresó al comedor con una expresión aliviada y le ofreció el vaso a su amo de manera delicada, sosteniéndolo con ambas manos. Sus dedos se rozaron e Izuku sintió la piel cálida de su amo. Enseguida, Katsuki bebió el agua por completo y le lanzó una mirada tan ácida que podría agriar la leche.
—G-gracias —musitó Izuku al sentir de nuevos los dedos cálidos de Katsuki sobre los suyos al tomar de regreso el vaso.
—Gracias de que, idiota? —Katsuki minimizó sus actos y se largó.
Izuku sonó gentilmente y lo miró desde hasta que desapareció por la puerta principal.
—Bastardos de mierda.
Katsuki al salir del comedor maldijo a sus compañeros. Según su experiencia, el reformatorio era una pila llena de locos, pervertidos y bestias en el que si bajabas la guardia por un segundo estaban listos para saltarte encima, apuñalarte y sacarte los ojos o en el peor de los casos violarte. Estaba muy consciente de que ese lugar era el pozo donde los aristócratas arrojaban a sus hijos que no querían ni soportarían.
—Qué más da —soltó con amargura aceptando que era uno de esos hijos arrojados al pozo.
Metió las manos en los bolsillos y se encaminó de nuevo a su castigo. No le tomó importancia lo que había hecho por proteger a Izuku, y menos reflexionó sus razones, en su cabeza simplemente lo hizo y ya. Tenía que darse prisa para regresar al establecimiento que se ubicaba a un par de kilómetros detrás de la iglesia. No había tiempo para pensar en idiotas.
En la penumbra de la explanada, Katsuki se encontró frente a la puerta de la iglesia, estaba abierta y se podía ver el altar y la luz de las veladoras. Por casualidad, recordó el larguísimo sermón del Padre Yagi de esa mañana.
"¿O no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se dejen engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios".
El hombre en su sotana negra habló con una voz potente como si deseara empujar a sus peculiares felices a convertirse en santos. El rubio aparentemente burlón ante tal esperanza inútil .
— ¿Quién querría ir al reino de Dios? No hay nadie divertido allá arriba. —se quejó y su sonrisa de burla se borró de inmediato. —Tú no estás allí, ¿verdad abuela?
Sus ojos rojos contemplaron seriamente la fachada gótica de la iglesia. Las dos torres puntiagudas y las cruces negras que intentaba subir el cielo. La noche transformó el recinto religioso en algo teatral y espeluznante. Los vitrales que lucían en la penumbra como si fueran un par de ojos fríos y llenos de desprecio le recordaron a los ojos del único ser que alguna vez le dio amor.
"Eres un monstruo".
Katsuki escuchó la voz de su abuela en el susurro del viento, esa voz cruel que ponía cuando lo encerraba en la oscuridad del ático. Bajó la cabeza y escondió los puños furiosos en los bolsillos.
—Aunque me dedicara a portarme bien como querías y fuera al cielo de inmediato, de todos modos no estarías allí. No habría diferencia —. protestó con la voz temblando impotente de que no pudo auxiliarla por estar atrapado en el ático y que era tan débil para abrir la puerta a tiempo —De todos modos seguiría solo. —su garganta se raspó con dolor por haberla perdida.
La muerte de su abuela había sido un año atrás. Katsuki odiaba cuando se ponía así de vulnerable y se obligaba a suprimir lo que creía que era una debilidad. Reconocía que había nacido defectuoso y que nadie quería estar a su lado. Si él fuera otro, tampoco querría estar cerca suyo y se abandonaría; acostumbrado a la soledad se convenció con orgullo de que no necesitaba a nadie. Tenía sexo cuando quería, tenía dinero y su chardonnay para vivir ¿Qué más podía necesitar? Nada se respondió así mismo.
Desde la puerta se persignó por la memoria de su abuela y se concentró en el presente.
Continuó su andar llegando a la bodega de vinos, que estaba cerca al establo, y al pasar oyó varios sollozos, quejidos y el sonido del chapoteo de un cuerpo chocando con otro. No tuvo que ser un genio para saber qué ocurriría. La puerta se hallaba medio abierta y el ambiente olía a opio. Él no era el único que metía drogas ahí, así que se asombró por curiosidad y vio a un chico afeminado que estaba de pie y desnudo. Un tipo grande le estiraba el brazo hacía atrás con dolor y el chico pequeño con su única mano libre se apoyaba en el respaldo de una silla para no caerse al inclinar su cuerpo y ofrecer el culo.
Había cuatro tipos que estaban en círculo pasándose un mismo cigarrillo mientras se masturbaban con su mano libre, esperando turno para pasar por encima del pasivo. Mientras el tipo grande lo tomó brutalmente de la cadera como si fuera una muñeca. Katsuki creyó que era una violación hasta que el pasivo habló.
—¡Ve despacio, maricón! —El pasivo se quejó y apretó los dientes al ser penetrado con fuerza —¡Ah! ¡DUELO! —chilló y luego alcanzó un cigarrillo qué estaba en la silla y le dio una calada todavía con el pene en su interior —¡Monoma! —le gritó a un chico rubio que en el fondo cerca de las barricas supervisaba el asunto —¡Dile al rey que esta follada al menos debe costar la mitad de mi deuda! ¡Estos imbéciles no saben coger!
Katsuki reafirmó su pensamiento de que el reformatorio era una isla de locos, bestias y depravados. Se dio la media vuelta y estaba a punto de irse cuando se topó con un chico pálido de cabello morado que apareció entre las sombras del camino. Caminaba como si esa tierra que pisaban sus pies era su reino. Llevaba una lámpara de gas que iluminaba sus ojos fríos y su expresión lúgubre. Katsuki sintió repelús.
—Es una fiesta privada —reclamó con una voz fría ya la vez seductora.
El chico lúgubre lucía el uniforme escolar como si fuera el traje de un diseñador. Su perfume a violetas dejó un rastro en el aire que Katsuki quiso estornudar. Era alto y observó a Katsuki de arriba a abajo como si lo devorará y notó la suciedad de su overol, su olor nauseabundo y su cabello despeinado.
—¡Qué desperdicio! —se lamentó y se atrevió a acariciar la mejilla izquierda de Katsuki —Tienes un cuerpo buenísimo y una cara bonita pero te empeñas en lucir como un gato callejero que busca sobras en la basura. ¿Realmente vienes de una familia noble? —habló con un tono crítico pero cambió a uno más dominante. De repente, le apretó el mentón y sus ojos violetas lo miraron con desprecio —Sabes tienes una cara lista para que te arrojen semen.
—¡No soy tu prostituta, Shinso! —Katsuki le atrapó esa mano paliducha y la alejó de su cara —¡Deja de joder! —Sus ojos rojos se fijaron amenazantes casi como esperando la pelea entonces el chico de violeta soltó una carcajada.
—¿Y esa cara? —Shinso río con malicia. Sabía cómo usar las palabras para fastidiar a la gente —. Eres "la bestia del reformatorio" ¿creíste que alguien como yo iba a violarte? O quizás eso es lo que querías que te eche semen en la cara.
—¡Cállate! —respondió con repugnancia.
—¡Ah! Eres tan fácil de disfrutar —dijo divertido.
—Maldito —Katsuki desvío amargado la mirada y
Contuvo sus puños.
Shinso emocionado con satisfacción al notar su incapacidad de contratar y regresó a hablar de sus asuntos.
—¡Ah! Una disculpa por ser tan descortés —El chico de violeta entró a la bodega y salió con una botella de vino —Lamentablemente no puedo invitarte a nuestra fiesta privada pero esto es un pequeño regalo de consolación.
Shinso le ofreció una botella de vino tinto.
—¡Actúas como un imbécil y luego me das vino! —El rubio se puso a la defensiva, el aura sombría de Shinso le disgustaba, con él siempre había trucos. —Esto es un soborno?
—Me gustaría que la fiesta se quede como un acto privado, ¿tú entiendes, verdad? No quiero que haya rumores, así que tú no viste nada.
Katsuki leyó la etiqueta y se percató que venía del reformatorio. Las botellas siempre eran contadas de manera minuciosa y registradas en libros que Aizawa revisaba. A pesar de que algunos internos eran unos alcohólicos, nadie se atrevía a robar ese vino por miedo a alargar su estancia un año más o permanecer en aislamiento toda su condena por esa razón que Katsuki tenía que salir al pueblo cercano a buscar su contrabando.
— ¿Cómo conseguiste eso sin que Aizawa lo supiera? —dijo sorprendido.
—Es un truco mágico —respondió con una sonrisa mesquina. Y la botella que esperaba ser tomada sedujo a la mirada escarlata —Tú no viste nada, ¿verdad Bakugou?
—No lo sé, tengo mala memoria pero mejor que sean dos por si se me antoja recordar algo.
Shinso le dio otra botella. Katsuki quedó contento con su botón. El chico de violeta se recargó en la puerta de la bodega y contempló la espalda de Katsuki al marcharse hasta que la oscuridad lo borró de su vista color uva.
—Katsuki Bakugou, un conde que no lo parece y un maldito mentiroso —musitó con odio.
Por fin Katsuki llegó a su destino: un modesto establo con gallinas, tres cerdos, dos vacas y un caballo a los que fue castigado de atender. Alimentó al caballo con heno y unas zanahorias y con una pala empezó a limpiar la mierda de las vacas, metió las gallinas a su corral y lanzó las sobras del comedor a los cerdos. En un par de horas terminó y por fin se sentó en una pila de paja a disfrutar del vino ignorando la suciedad de su ropa y el olor nauseabundo de la mierda de vaca pegada en las suelas de sus botas.
—¡Por el Dios del vino! ¡Salud! —Katsuki descorchó la botella con un improvisado invento hecho con un tornillo que siempre llevaba en el bolsillo.
Los grillos sonaron fuera del establo y algunas luciérnagas revoloteaban en las hierbas del exterior. Los animales guardaban silencio. La primera botella pasó como agua por la garganta y su energía violenta se desplomó.
— Champagne, sabías que la mayoría dice que quien bebe solo y de golpe lo hace para evadir el dolor —Katsuki habló ebrio con la segunda botella de vino en la mano. Estaba en esa fase reflexiva que tenían los borrachos —¿Qué dolor quiero evadir? —se preguntó con una mirada perdida en el reflejo del cristal de la botella.
Katsuki se tambaleaba sin entender de qué hablaba, se decía a sí mismo que no necesitaba compañía para beber vino y que si bebía solo era porque el sabor de la uva fermentada era el sabor más exquisito y viejo del mundo. Qué era un amante del elixir de los Dioses. Fue curioso que en unos tragos más su rostro confundido fue invadido por una sonrisa que no le cabía en la cara. Katsuki estaba en una fase eufórica, abrió la boca animada y el dulce vino cayó por su garganta como la llave de un grifo. El alcohol destruyó que sus mejillas se sonrojaran. Se veía lindo vestido de granjero con ese overol azul, el sombrero de paja y esa sonrisa infantil y encantadora.
Katsuki se levantó y tambaleante se dirigió con el caballo de melena negra, esté relinchó y despertó a los cerdos. Enseguida el rubio comenzó una plática con el caballo como si fuera un amigo íntimo.
—Sabes, la abuela era una jodida piedra —dijo arrastrando las palabras mientras la botella en su mano se balanceaba de manera discordante —Era la cena de navidad y había invitado a sus amigas del club de jardinería, que en lugar de ver flores se ponían a beber y chismorrar. Bueno, estaba ahí siendo un niño vestido con un traje de marinerito que me asqueaba. La abuela me había dado una paliza antes y yo le prometí que me comportaría, pero realmente no recuerdo cómo conseguí al faisán vivo ni cómo logré meterlo al piano. Entonces, el pianista que contrató vino y…
Katsuki se carcajeó sin parar. El establo dio vueltas dentro de su cabeza y después de una serie de hipos incontrolables se desplomó y su frente se golpeó con el piso duro. No debí beber tan rápido pensó mientras se sentaba en el piso y se sobaba el hematoma que se marcó en el frente entonces recordó su traje ridículo de marinerito y se carcajeó de nuevo como un loco.
—Hubiera sido divertido que estuviese en esa cena, Monsieur Champagne —Le ofreció una reverencia al caballo y bebió un poco más —Cuando el pianista empezó a golpear las teclas y el faisán empezó a cacarear dentro del piano… —Katsuki recordó que después de arruinar la fiesta su abuela le había dicho que era una “aberración” y lo encerró en el ático. Entendía el repudio, aun así, se carcajeó con cierta impotencia sabiendo que no podía detener su ira —Creó que nací de un muslo en lugar de un vientre —dijo incoherente. Para quitarse las penas alzó la botella como si fuera la única que entendiera sus sentimientos.
De pronto la botella se soltó de su mano y rodó hasta el heno del caballo donde el vino se escapó como una cascada. El color sangre del vino hizo que pensara en el bonito canario timbrado de plumas verdes que su abuela tenía enjaulado en la ventana y que él mató.
—La abuela amaba ese pequeño pájaro porque cuando la miraba llegar a la sala, revoloteaba en su jaula y se ponía a cantar solo para ella. —La mente de Katsuki estaba revuelta y saltaba entre recuerdos malos y buenos.
De manera inconsciente, el color verde del pájaro lo contratado con el criado que mantenía "enjaulado", como su abuela a su mascota, lejos del alcance de los demás y que sólo lo miraba a él. Su mente ebria volvió a girar en torno a su criado. Y decaído recitó el viejo poema que su abuela declamaba para la ave cuando se sentía triste y sola.
Aqui los labios besan
con un calor muy breve
yo sueño con besos que no terminarán jamás…
Aquí a todos los hombres
esclaviza la muerte,
todos lloran amores o amistades.
Yo sueño con lazos que perduran
eternamente…
Por fin, el cansancio lo derrotó y sus párpados se pusieron pesados. Katsuki se acostó sobre los tallos de heno y perdió el conocimiento por un tiempo prolongado. Lo siguiente que escuchó fue la molesta y dulce voz que poseía su criado.
—¡Kacchan! —Izuku apareció jadeante en la puerta del establo. Vestía con su pijama de rayas color verde, unas botas rojas y llevaba una lámpara en sus manos.
Los ojos de Katsuki se abrieron un poco y se percataron del gesto de preocupación que su criado tenía cuando se acercó a comprobar sus signos vitales. Su rostro pecoso se sintió aliviado al ver su tórax levantarse para respirar.
—¡Gracias a Dios!
A Katsuki le pareció un fastidio la amabilidad de Izuku, ¿Qué ganaba con toda esa mierda? Supuso que menos palizas.
—¡Kacchan párate! Ya casi es el pase de lista nocturna, si no estás ahí para el reporte te meteras en problemas —Izuku intentó despertarlo pero al ver su aspecto miserable, lo cargó y se lo echó a la espalda. —Aún hueles a mierda. —arrugó su nariz y tuvo que aguantar el hedor. Manteniendo las rodillas dobladas y con mucha dificultad avanzó con el peso de su amo. —Kacchan porque siempre lo haces tan difícil. —rechinó los dientes.
¿Kacchan? ¿De nuevo ese nombre?
Katsuki tenía los brazos rodeando el cuello del chico más bajo; de la nada se rió en medio de la oscuridad.
—Deku, hueles a mierda... —se burló a carcajadas percatandose de su fuerte aroma y luego pensó en el canario timbrado que siempre se mantenía fiel y enamorado de su abuela, cantándole para hacerle compañía —Podrías cantar para mí… —musitó. Tenía la mirada perdida observando la oscuridad de aquel traumático ático.
—¿Cantar?
El olor del sucio overol se traspasó a las pijamas favoritas de Izuku y su opinión de que era un patán, egoísta, alcohólico y desconsiderado se fortaleció. La petición de que le cantara solo le pareció la incoherencia de un ebrio.
Katsuki recostó su cabeza en el hombro de su pequeño criado y murmuró el poema de su abuela. Esta vez su voz era débil y sonaba melancólica.
—Todos lloran amores o amistades. Yo sueño con lazos que perduran eternamente…
— ¿Lazos que perduran? —Izuku meditó en esos amores verdaderos que duran para siempre y que todo mundo intenta buscar con desesperación solo para darse cuenta más tarde que temprano, que esos amores son los que más te hacen daño. Su mirada esmeralda se llenó de pesadumbre. —El amor nunca perdura, Kacchan. —dijo con rencor.
Izuku mantenía cerrada las puertas de su corazón, no volvería a tener sentimientos por los hombres, sin embargo, aún estaba agradecida que Katsuki lo protegiera en el comedor. Fue recíproco y lo protegió cuando el rubio dormido se deslizó por su espalda apunto de caer. Izuku lo sostuvo fuerte y con unos saltos lo acomodó de nuevo en su espalda.
La lámpara que llevaba iluminaba en un círculo cálido a ambos chicos en medio de aquel sendero en penumbras. Izuku siguió avanzando con dificultad repitiendo que su amo era un patán y no merecía qué fuera tan considerado con él y sin embargo, su cara se sonrojó y sin pensar obedeció la incoherente petición de Katsuki. Tímidamente comenzó a tararear una canción popular llamada “Au clair de la lune”:
"A la luz de la luna,
Amigo Pierrot,
préstame tu pluma,
para escribir una palabra.
Mi vela está muerta.
No me queda luz.
Abre tu puerta p
o el amor de Dios."
Katsuki mostró una pequeña sonrisa y se quedó dormido profundamente.
El reformatorio era una prisión de inexplicable belleza. El verano en Borgoña se caracterizaba por días soleados y pocas lluvias; iniciaba el mes de Agosto y las temperaturas oscilaban entre los dieciocho y veinticinco grados centígrados. El resplandor de la tarde bañaba la abadía gótica, acentuando su melancólica majestuosidad, mientras los viejos edificios anhelaban días más radiantes y menos sombríos.
Desde el norte hasta el sur, el paisaje pintoresco del viñedo se extendía como una manta de seda morada descendiendo suavemente por las colinas hasta alcanzar el llano. Los troncos leñosos de las vides se enroscaban alrededor de estacas clavadas en la tierra en hileras ordenadas, mientras que las exuberantes hojas de parra proporcionaban sombra fresca a los racimos de uvas azuladas y violáceas, colgando tentadoramente a la vista de cualquier espectador hambriento.
Entre las hermosas hileras púrpuras, Izuku se encontró atrapado en un laberinto de uvas de la misma forma que sus pensamientos lo aprisionaban. Estaba arrancando las malas hierbas con las manos desnudas, inclinándose y tirando de las raíces, sin importarle las heridas que se hacía. Era consciente de lo absurdo de su trabajo, pues en pocos días la maleza volvería a invadir el suelo y él tendría que empezar de nuevo.
—Acaso no voy a parar? —Comparó a la mala hierba con sus sucios pensamientos tan difíciles de erradicar. —¿Por qué me fije en un patán? —apretó los dientes mientras hacía esfuerzos por jalar una maleza con una raíz profunda.
Izuku se desplomó al arrancar la última raíz, se levantó y se sacudió la tierra del trasero. Alzó la vista al cielo y secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Los rayos naranjas de la tarde traspasaron su sombrero de paja e iluminaron sus ojos enormes de color esmeralda. En la hora de trabajo los internos usaban un overol de mezclilla color azul y botas negras hasta la pantorrilla. Un par de internos apreciaron lo lindo e inocente que lucía con ese uniforme. Izuku los escuchó murmurar “Acaso no está para comérselo lentamente” pero ninguno de esos chicos le importaban, incluso si se acercaran a hablarle y fueran agradables, no estaría interesado.
¿De todos los imbéciles que hay, por qué tiene que ser él?
Izuku buscaba una razón para su mal gusto. Una persona puede ser bella pero cuando la personalidad es una mierda es difícil conservar la primera ilusión. ¿Y entonces por qué? Bruscamente una bandada de gorriones interrumpió sus pensamientos y sobrevolaron su cabeza de enredadera. El caótico trino capturó su atención.
Las uvas tenían un encanto perverso para los gorriones que encaprichados las perseguían todos los días, parecían cubiertas con una cera apetitosa a la espera de una boca que devorará su redondeada carne jugosa y dulce. Los gorriones querían aquel fruto prohibido sin pensar en las consecuencias; batían sus alas sobrevolando el campo y piaban desesperados por bajar y devorar las uvas, sin embargo, un espantapájaros erguido en medio del campo repriman sus instintos. Era un maniquí de paja con los brazos abiertos como alas; con una caperuza negra como el de una bruja y un rostro de un búho disecado, animal que era su depredador natural. Sus ojos penetrantes los aterrorizaba hasta hacerlos cagar, aún así, los gorriones insistían en bajar al campo a picar las uvas aunque nunca tuvieron ni una oportunidad.
Izuku analizó su comportamiento torpe. ¿Por qué volvían sí temían que el búho los devorase? ¿Para qué comer una uva cuando tenían muchas semillas y frutos alrededor? ¿Por qué exponerse al peligro? Los gorriones eran comunes y pequeños, de esos que tiemblan y hacen sus nidos en alguna grieta pero tenían un carácter territorial muy marcado.
El chico culpable de sodomía comprendió ese instinto antinatural y estúpido de perseguir algo que te hace daño solo por un momento ficticio de placer.
—Creo que soy igual —Izuku bajó su vista al campo ya la distancia observó a Katsuki sentado en una sombra mientras Kirishima y Kaminari hablaban de algo que al rubio fastidiaba.
La cercanía de sus otros criados y la manera natural de conversar con él lo dejó mal. Se tocó el vientre sintiendo como la envidia corría sus entradas. La diferencia entre criados era evidente. Kirishima le tocaba el hombro a Katsuki y Kaminari sonreía y le señalaba algo divertido. Izuku presionó los puños y sus cejas se fruncieron. A comparación de ellos, Katsuki, lo intimidaba como a ese búho a los gorriones siempre empujándolo a un rincón, al mismo tiempo, el rechazo lo atraía como una apetitosa uva. Esa fijación lo asustaba, en cuanto más Izuku miraba a Katsuki más deseaba acortar distancias.
Desde el primer día, Katsuki despertó una fascinación. Lo ponía en estado de alerta cada vez que entraba por la puerta de la habitación, su corazón se aterraba cuando sus ojos furiosos le advertían que lo machacaría y su boca vulgar insultaba su persona. La personalidad de Katsuki nunca permitirá que pensará en nadie más que en él y en cumplir sus órdenes a la perfección y evitar sus explosiones.
Por otra parte, su ansiedad se disparaba al ver como Katsuki rondaba en el cuarto sin llevar una camisa y las manos le quemaban queriendo apretar sus pectorales, de lamer su sudor cuando hacía ejercicio u olfatear su aroma recién bañado. Izuku se sumergiría cada vez más en un abismo de fantasías pero creía que si Katsuki no se enterara de su secreto, las cosas estarían bien.
Lo que no considero fue que su mirada lo delataría. Sus ojos grandes y verdes irradiaban una energía perturbadora que ya resultaba imposible de ocultar. Tal era su fijación que Katsuki comenzó a sentir escalofríos cada vez que descubría a sus ojos verdes posados en él.
Izuku continuó mirando a la dirección de su amo.
Katsuki levantó su flequillo por el calor dejando al descubierto su frente amplia y sintió una mirada perforando su cráneo. Sus ojos rojos buscaron al culpable, movió su cabeza para ver a alguien y se irritó porque Kirishima y Kaminari le estorbaban. Bruscamente, se levantó y apartó a esos dos tontos extendiendo sus manos como si estuviera abriendo una puerta de cantina.