—Abuela, ¿Es necesario hacer esto aquí? —pregunté dejando mi mochila sobre la gran roca, estábamos en el parque Remond, muy cerca del río North, fue toda una odisea el haber llegado acá en mi viejo auto, el tráfico era fatal, los satánicos tenían una procesión que terminó en caravana y tuve que desviarme un poco del camino para poder estar aquí a la hora que la abuela indicó, media noche, la hora de las brujas.
—Kali Ann, debes quitarte la ropa.
—¡¿Qué?! —pregunté escandalizada, ella entornó sus ojos mientras que sin una pizca de pudor se quitaba la suya, esto era en serio, las llamas de la fogata crepitaron en una danza mientras ella terminó de desvestirse por completo, tomó una vara e hizo un círculo alrededor de la fogata, el ambiente era algo frío, la luna llena brillaba sobre nuestras cabezas mientras el sonido del ulular de los búhos se escuchaba cada vez más fuerte, docenas de pares de ojos brillantes se asomaban por el bosque, animales salvajes, solo espero que no nos topemos con algún puma o algo así, somos brujas, no cazadoras.
—No hay otra manera, Kali Ann, esto se ha hecho por generaciones en nuestra familia, nuestro aquelarre es muy pequeño, mi madre lo hizo conmigo y mis hermanas mayores, aunque ellas murieron mucho antes de que tú nacieras, yo solo tuve a tu padre por hijo, a los hombres de la familia no se les da esta ceremonia ya que es exclusiva para las mujeres de la familia, moría por que llegara este día.
—Ya veo —susurré mientras me quitaba mis prendas, me estaba sonrojando y no solo hablo de las mejillas, trague en seco cuando el viento frío golpeo mi cuerpo con fuerza y abuela me hizo una señal para acercarme al círculo, asentí y abrazándome a mi misma emprendí mi corto camino hacia ese punto, un aroma invadió mis fosas nasales, lirios, pero no veo estos por ningún lado, es extraño, quizás algún espíritu esté rondando la zona.
—Arrodíllate, Kali Ann Foster —ordenó, en el suelo frente a mi había una pequeña tabla de madera, sobre esta, una daga, un cáliz y lo que parece vino, además de incienso, una vela negra y fósforos.
—¿Para qué es la daga? —cuestioné sin apartar mis ojos de la hoja afilada de esta, abuela levantó su mano y tomó la daga.
—Durante generaciones, este ritual se ha llevado a cabo en la familia, pero aquí en Salem inició con los Alden, el espíritu de Joanne Rose Alden es a quien invocamos esta noche, ella fue quien con su vida protegió el tesoro más grande que poseemos, condenada a la hoguera y abandonando a su hija solo para ponerla a salvo, dejó su legado escrito para que a la edad de dieciséis años, la pequeña cuyo nombre de nacimiento fue Abigail Rose Alden, lo llevara a cabo iniciándose en el arte de las ciencias ocultas y preservando el legado —hizo una pequeña pausa, mis ojos se abrieron cual platos cuando la punta de la daga cruzó la palma de su mano haciendo un corte, acercó su mano a mí frente manchándome con su sangre—. Et hoc tibi concedo vitam longam —musitó quedo, sentí mi cuerpo estremecer y a nuestro alrededor, un halo azul neón emergía del suelo.
El viento sopló con más fuerza aun, podía sentir la presencia de espíritus a nuestro alrededor, algunas criaturas nocturnas, tanto terrenales como no terrenales aparecieron, tragué en seco, la abuela dejó la daga sobre la tabla y sus manos fueron a su cuello retirándose el collar que llevaba consigo.
—Esto fue entregado por el mismo Cipriano de Antioquía a nuestra familia, hoy te reveló que somos los protectores del grimorio más poderoso de este mundo, debes cuidarlo de las manos equivocadas o provocará una desgracia, Kali Ann, ahora es tu responsabilidad —dijo mientras me colocaba el collar, pude sentir una vibración mientras la medalla tocaba mi piel, fueron como flashes en mi cabeza, vi rostros, muchos de ellos desconocidos, pero a la vez me resultaban tan familiares, los he visto en sueños, me han visitado esos espíritus, abuela llevó su mano de nueva cuenta a la daga entregándomela.
—Para que tu poder verdadero se desate por completo, necesitas realizar el sacrificio —espetó, tomé la daga y ella se dedicó a poner un poco de vino en el cáliz, mi intuición hizo que me cortara la mano, lejos de la marca de San Bartolomé, la sangre fluyó y apuñando mi mano dejé que las gotas cayeran dentro del cáliz.
—Ostendat sanguinem sacrificium et merces ex eo —tomé el cáliz y bebí de él, el sabor alcalino de mi sangre se mezclaba con el del vino haciéndose apenas perceptible, mientras recorría mi garganta algo se arremolinó en mi interior, algo fluyó haciéndome sentir una fuerza inquietante, el ritual significaba firmar una sentencia, un pacto del cual no se podía escapar, era mi responsabilidad cuidar del legado tanto de mortales como de inmortales; dejé el cáliz una vez terminé con la bebida, limpie mi boca con mi muñeca y abuela me dio una sonrisa sombría.
—Ahora ve al río y date un baño, ahí encontrarás tu recompensa.
Asentí y sin dudar me puse de pie caminando hacia aquel punto, un poco más allá de la orilla percibí una luz tenue, me acerqué cautelosa para no resbalar con el fango, el agua fría chocó contra mi cuerpo desnudo haciendo que mi piel se erizara al contacto, aun así seguí mi andar, el nivel llegó hasta mis pechos cubriéndolos y al extender mis manos, algo fluyó desde las profundidades, un libro se mostró flotando, de esos de tapa antigua, pero forrado con lo que parecía piel, aunque no era cualquier piel, era escamosa, obscura y con aplicaciones en oro, por un momento escuché voces en mi cabeza, los murmullos eran ininteligibles, pero poco a poco se hicieron más claros.
—Solo quien sea capaz de dominar la magia, podrá contactarse con los espíritus, aquí se manifiesta un tesoro de valor inestimable, úsalo bien.
Tragué en seco, las palabras de la tapa eran de un lenguaje extraño para mí, pero conforme mis manos recorrieron la tapa, estos glifos cambiaron a mi idioma en el cual podía leerse:
Gran grimorio del tratado de sangre, legado de San Cipriano de Antioquía.
El viento silbó de una forma tenebrosa y todo quedó en un silencio sepulcral a mi alrededor, es como si me encontrara en la nada, en un vacío perpetuo, lentamente liberé el aire que se alojaba en mis pulmones y lo tomé con mis propias manos, sentimientos tales como la más inmensa satisfacción me invadieron, pero algo más se hacia presente, no solo mi cuerpo lo percibía, mi alma se sacudió, me quedé rígida mientras una serie de fotogramas invadieron mi cabeza, las mismas caras que había visto antes, pero junto a estos se presentaban una serie de bestias.
—La corte infernal —murmuré al reconocer esas auras, aunque no podía explicarme como fue que logré identificarlas, ya que jamás he visto a esos seres de alto rango antes, se encontraban en sus verdaderas formas demoniacas, vi como alguien lanzaba sortilegios, cómo este libro llegó a manos de Cipriano de Antioquía, seres descarnados atacando, sus apariencias eran grotescas, pero lo que más me sorprendió fue que no solo veía tales imágenes, sino también, podía percibir aromas, quizás no los sonidos, pero si esos olores característicos como el azufre y el alquitrán.
Mi labio tembló, tenía algo de miedo, el cual cedió poco a poco mientras las imágenes se fueron extinguiendo, parpadee un par de veces saliendo de un trance y miré hacia el cielo estrellado sobre mi cabeza, nuevamente los sonidos del bosque se presentaron devolviéndome tranquilidad.
—¿Nos vamos, Kali Ann? —preguntó la abuela terminándose de colocar sus zapatos, asentí saliendo del río con el libro en mis manos.
—Si, abuela, podemos irnos.
Ella asintió, me acerqué hasta mi mochila y guardé el libro, cuando estaba por vestirme, la abuela tocó mi hombro.
—No dejes que caiga en las manos equivocadas, debes cuidarlo bien, mi niña, creo que ya viste lo que en él aguarda —dijo clavando sus ojos azules en mí, asentí y me vestí.
—Tampoco debo quitarme la medalla ¿Cierto?
—Así es —afirmó—. Al igual que el libro, es un tesoro invaluable, en el reza uno de los encantamientos de protección, cuando llegue el momento, tu se lo entregarás a la hija que tenga más vocación hacia las artes, la más lista y valiente, pero que tenga un corazón puro —explicó, terminé de colocarme los zapatos deportivos y puse la mochila sobre mi espalda.
—Ya podemos irnos, seguro Kole debe estar hecho loco.
—Muy probablemente, o quizás al fin me de bisnietos con una linda chica, me gusta la hija de los Putnam para él —el tono pícaro de su voz fue más que evidente, no pude contener una risotada.
—¡Ay abuela! Joyce jamás se fijaría en Kole.
—¿Por?
—Ella es muy bonita y él muy feo —dije rompiendo a carcajadas mientras apagábamos la fogata, abuela negó con su cabeza divertida.
—Tu hermano es muy atractivo —declaro—. Ya verás que esa chica linda se quedará con él.
—Esperemos, o será el solterón de la familia.