Ya había pasado algo de tiempo desde la muerte de mamá, todo a cambiado para nosotros, sobre todo para mí, la vida ahora me sonríe, la abuela es increíble y gracias a ella he podido vivir sin importar lo que digan los demás, aunque soy una chica solitaria en el instituto, aun existe ese miedo injustificado hacia las brujas y eso que solo nos dedicamos a ayudar a quien lo necesite.
Conforme transcurrieron los años, ayudé a la abuela con su tienda de antigüedades, además de que en mis tiempos libres aprender del arte de las ciencias ocultas, suena algo aterrador, lo sé, pero para poder someter a las criaturas que hacen el mal, no hay como saber de que cuidarse, la abuela me ha hecho aprender conjuros de protección, usos de hierbas, velas, inciensos y piedras, las herramientas mágicas en el arte, además de instruirme para realizar una buena meditación, dijo que tenía talento, aunque sabía que me faltaba muchísimo por aprender.
—Kali, querida, debemos irnos —llamó mi abuela desde la puerta de la tienda.
—¿Cerraremos temprano? —pregunté extrañada desde mi lugar en el mostrador, ella me dedicó una sonrisa y asintió.
—Debemos ir a ayudar a los Putnam, al parecer algo se está manifestando en su casa, un travieso poltergeist en la cocina —respondió, tomé mi mochila y me encaminé hacia ella.
—¿Poltergeist? ¿No llamaron al reverendo Jacobs? Digo, él también puede bendecir su casa —suelto despreocupada encogiéndome de hombros, últimamente las manifestaciones de espíritus han sido recurrentes, pero las personas no acuden a la iglesia, saben lo lento que es el proceso con la santificación, prefieren que una bruja se encargue y si bien, dan una muy buena recompensa, la mayoría del tiempo nos desprecian por ser lo que somos, ¡Hipócritas!
—Sabes que esos monigotes de la iglesia no son de mucha ayuda —respondió rodando los ojos —. Son solo marionetas burócratas, mi niña, nosotras debemos actuar y ayudar a esas pobres almas, si no, el espíritu podría hacerse más grande molestando a todo el pueblo, así que sin protestar, anda, que esta noche tendremos una ceremonia en casa —dijo con claro entusiasmo a la vez que se frotaba ambas manos.
—¿Ceremonia? —pregunté mientras abrí la puerta para salir juntas, abuela podía llegar a ser una persona muy misteriosa, bueno, ¿Qué podía esperar? Era una bruja, literalmente hablando.
—Si, tu iniciación, Kali Ann, ya tienes dieciocho, esto lo tuvimos que hacer desde tus dieciséis, niña, es tradición —explicó y yo solo solté un suspiro rodando los ojos, amo nuestro mundo, pero una parte de mí tiene miedo de la responsabilidad que llega con la iniciación.
Abuela no solo me instruyó en el arte, también me habló de las criaturas que acechan este mundo, la oscuridad que las envuelve y la encomienda de nuestros ancestros, la cual es proteger de un libro, el cual no he visto nunca, ella asegura que está en alguna parte de la casa resguardado con encantamientos, solo para que el elegido de nuestra familia pueda usarlo, más no sé nada sobre el contenido.
Salimos asegurando la entrada de la tienda y esa tarde de otoño recorrimos las calles de la pequeña ciudad, a la que muchos consideran pueblo, encaminándonos a la casa de los Putnam que no se encontraba muy lejos de ahí.
—Kali, sé que te he limitado a las artes de la magia blanca, sin embargo, es necesario que sepas los otros tipos de magia.
—¿Otros tipos? —pregunté, ella asintió con su cabeza, podía notar su seriedad con un tinte de preocupación mientras observaba el camino.
—Debes aprender el arte de la oscuridad, las invocaciones, la necromancia, vudú, magia roja, todas y cada una de ellas son importantes —explicó sin perder el paso, mis ojos se abrieron como platos por unos instantes.
—Pero eso es peligroso ¿No?
—No para ti, querida niña —respondió con una sonrisa—. Eres muy poderosa, pero recuerda siempre, ese tipo de magia es solo para contratacar a los seres que quieran dañarte, defensa y nada más, siempre debes inclinarte hacia la luz, aunque por nuestra naturaleza curiosa, estemos condenadas al mismo infierno.
—Las creencias católicas son una basura, abuela —espeté con fastidio, pude notar cómo una arruga se marcaba en su frente mientras fruncía el ceño.
—No blasfemes, hija, esas son las bases de todo, ¿Quién crees que nos instruyó la hechicería? ¿Extraterrestres? —preguntó haciendo que mirara hacia el cielo por algo de iluminación, mi estómago gruñó un poco al pasar por la panadería de los Bishop, el suave olor de los panecillos invadió mis sentidos, tenía hambre, aun recuerdo el delicioso aroma de su receta de pay de calabaza, toda una delicia, mis recuerdos son tan vívidos que el rememorarlos me provoca sensaciones increíbles.
—Dices que fueron los ángeles ¿Cierto?
—Así es, ellos cayeron y nos enseñaron las artes que dios no quería darnos, otorgando el conocimiento, las habilidades, todo, así que esto no es bien contra mal, es un equilibrio, todo en la balanza debe estar nivelado y las contrapartes están en la misma moneda, bien y mal juntos, es por eso que debes aprender ambas, debes conocer las dos historias, lo que digan los de arriba y los de abajo, solo así tendrás el poder necesario para reconocer al enemigo y deshacerte de él.
—Ya veo —respondí casi en un susurro, solo unos metros adelante, se dejaba ver el hogar de los Putnam, el viento sopló chocando contra nosotras, el cabello blanco de mi abuela revoloteo, mientras mis mechones castaños trataban de mantenerse sujetos inútilmente en el moño desordenado que llevaba por peinado; fue ahí que un fuerte escalofrío me invadió, uno que me avisaba que algo andaba mal, de esa casa emanaba una energía poderosa, un halo de color verdoso la rodeaba y un aroma a putrefacción comenzaba a emerger del lugar.
—¿Lo sentiste, Kali Ann? —preguntó la abuela con sus ojos en extremo abiertos, mis manos formaron puños alrededor de los tirantes de mi mochila sujetándola con fuerza mientras cada uno de mis músculos se tensaban, unas hojas cayeron sutilmente de la rama del árbol sobre nosotras haciendo aún más visible la estación a la que entrábamos, otoño.
—Si, abuela, hay algo muy oscuro ahí —afirmé frunciendo el ceño, tragué en seco mientras nos acercábamos cada vez más.
—Vamos a exorcizar esta casa, un esbirro debe estar oculto en el lugar, las manifestaciones solo tienen unos pocos días, será algo complicado, más no imposible.
—¿Qué debemos hacer exactamente?
—Aunque te parezca increíble, rezaremos.
Sorprendida ante su respuesta, mis labios forman una fina línea, no sé qué pensar, ¿Por qué no rezar ellos si solo se requiere de una oración? Esto está de locos
—Jugaremos a hacerla de reverendos, abuela —dije en tono burlón.
—Tenemos unas modificaciones a un exorcismo común, traigo lo que emplearemos en el bolso, ahora vamos, este espíritu se manifiesta más de noche, necesitamos sacarle el nombre a como de lugar y luego hacer un conjuro de destierro, no tenemos otra salida, los esbirros están por un periodo de tiempo vagando sobre la tierra, solo cuando las puertas del infierno se abren para ellos y así poder robar almas desgraciadas, pero luego de eso, deben retornar al abismo, no obstante, sí se encariñaron con el lugar donde se manifestaban, volverán la próxima vez y con más fuerza o posiblemente con aliados, es por eso que debemos sacarlo de ahí, para que sepa que no se está metiendo con cualquier mortal.
—Ya veo —respondí, todo este misticismo es grandioso, aunque muchas cosas podrían provocar escalofríos a cualquiera, solo espero que todo salga bien.
Un par de pasos y hemos llegado al fin, con tocar el timbre siento un hueco en el estómago, veo la silueta a través de los cristales y la puerta se abre dejando ver a la señora Putnam, una mujer entrada en sus cuarenta, pelirroja con temerosos ojos verdes, portando un vestido beige con flores estampadas.
—Helen, querida, ya estamos aquí —dijo la abuela, la mujer abrió por completo la puerta dejando salir aún más ese olor fétido, cómo a cadáver en descomposición o puedo decir que huele peor que carne podrida, aunque tras este hay un aroma sutil a flores, seguro algún desodorante ambiental.
—Por favor, pasen, Richard está por llegar, las niñas se fueron a casa de Stacey, así que hagan lo que tengan que hacer —se le veía desesperada, un cigarrillo se agitó en su mano temblorosa mientras pasábamos, ahora no solo tenía que soportar el aroma del espíritu maligno, también el olor a nicotina mientras daba suaves caladas arrojando humo por doquier—. Disculpen por el olor, ya usé desinfectante y aromatizante, no quiere ceder —comentó con su voz un poco quebrada, sus ojos se clavaron en los míos dándome una sonrisa triste.
—No se quitará con eso, querida, los demonios tienen un olor característico, a podrido, a menos que lo saquemos de aquí, no se quitará con nada —explicó la abuela, una mano fue a mi nariz tratando de contener las náuseas, nos dirigió hacia la cocina por uno de los pasillos, los muros lucían sombríos con ese papel tapiz grisáceo, percibí sombras rondando a nuestro alrededor, el vello de mi nuca se erizó al sentir las energías, mientras más nos adentramos, mi pulso se iba acelerando al manifestarse más fuertes las vibraciones, por el rabillo del ojo miro a la abuela que hace un mohín, el olor se hace insoportable.
—Aquí es —señaló la señora Putnam, las luces de la cocina parpadearon con nuestra llegada y uno de los cajones se abrió y cerró estrepitosamente haciendo sobresaltar a la señora de la casa.
—Señora Putnam, será mejor que espere afuera, nosotras nos encargaremos —espeté, ella asintió y con cautela regresó por el pasillo hacia la salida.
—Kali, es hora.
—¿Sientes su fuerza? —pregunté mientras los vasos de la encimera se agitaron hasta caer uno contra el suelo, escuchamos chirridos en la pared, la puerta de la alacena se abrió y una de las latas salió disparada en nuestra dirección.
—¡Mierda! —maldije.
—¡Kali Ann! No seas grosera —me reprimió frunciendo el ceño.
—Lo siento abuela, solo me sorprendió —me encogí de hombros y ella negó con su cabeza, del bolso sacó unas cuantas velas, blancas y una negra, inciensos, sí no me equivoco, son de sándalo, un pequeño libro de tapa antigua, un frasco con sal negra y lo que parece una piedra de ópalo dorado, me la mostró sonriendo.
—Con esto sus poderes no nos harán daño, ahora, prende estas velas niña.
Me saqué la mochila de los hombros y rebusqué los fósforos en los bolsillos, yo me encargo de las velas y el incienso, en tanto ella hace un círculo de sal negra, escuchamos la llave del grifo abrirse, pero de este no sale agua, un líquido viscoso de color n***o sale en su lugar, tragué en seco, esto es más poderoso de lo que había visto antes.
—Abuela, creo que ya estoy lista.
—Bien, empecemos —dijo abriendo el libro—. Necesitaré que concentres tu energía, Kali Ann, concéntrala en un campo para protegernos.
—Si abuela —respondí segura de mí, se aclaró la garganta y extendió una de sus manos hacia el frente.
—Justus ut palma florebit; sicut cedrus Libani multiplicabitur, plantati in domo Domini, in atriis domus Dei nostri florebunt, adhuc multiplicabuntur in senecta uberi, et bene patientes erunt: ut annuntient quoniam rectus Dominus Deus noster, et non est iniquitas in eo —dijo sosteniendo el libro, yo lo veo cómo todo en la cocina comienza a agitarse violentamente, las tazas sobre la repisa caen una a una haciéndome sobresaltar con el sonido al destrozarse, los chirridos se manifiestan junto con alaridos y el crujir de la madera, una sombra gigantesca envuelve la cocina con las intenciones de encerrarnos en la oscuridad.
—Kali, no dejes que la vela negra se apague —ordenó, mantengo mis manos alrededor de la flama, solo la luz hace que se vayan de este plano estos entes infernales, de mis manos emana calor, la llama cambia del naranja al azul en un parpadeo y luego al verde, siento como el vello de mi nuca se eriza, el espíritu se está manifestando en este punto, dejo mi energía fluir y es ahí que un cuchillo flota en el aire.
—¡Abuela! —chillé horrorizada y abandoné la vela para ponerme frente a ella protegiéndola, extendí mis manos en un intento por detener el cuchillo, de mi cuerpo salía una especie de electricidad que me recorrió de pies a cabeza mientras que el objeto se balanceaba—. Infernum tibi domus est, fatum tuum, hanc nunc domum relinque! Praecipio tibi, daemon —mi voz tiene un tono que nunca antes había escuchado, el cuchillo se tambaleó en el aire y cayó al suelo a la vez que un rugido emanó desde los muros de la cocina haciendo que todo se sacudiera, una bruma negra se manifestó fuera del círculo de sal que hemos trazado para protegernos.
—Kali —musitó la abuela, pero yo solo sentí como algo crecía en mi interior, un calor se concentraba en las palmas de mis manos y unos ojos rojos se manifestaron en la puerta del gabinete central.
—¡Bruja! —chilló el espíritu, pero no me amedrenté.
—¡Dime tu nombre! —ordené y este soltó una fuerte carcajada.
—¡No! —vociferó fiero—. Alguien como tu no puede vencerme, dame tu alma.
—Jamás —mascullé, me acerqué hasta el gabinete y una sonrisa con dientes afilados apareció de bajo de esos ojos, extendí mis palmas mostrándolas, inexplicablemente estas comenzaron a sangrar, pero no dolía, la criatura se arremolinó en la alacena.
—pes mou to ónomá sou, se parangélno —dije en voz firme, un alarido salió de las profundidades de su garganta —. ¡Pes mou to ónomá sou, se parangélno! —insistí con fuerza.
—¡Arioch! —manifestó, la abuela se acercó colocándose a mi lado, su mano se posó sobre mi hombro y noté como sus ojos cambiaron a un color blanquecino a la vez que su aura se tornaba de un color morado.
—Kadosh, Kadosh, Kadosh, Adonai Tzevaot ¡Ego te expuli, esto infernalis, Arioch! — recitó y un grito desgarrador se manifestó haciendo que el lugar temblara, las luces se encendían y apagaban sin control, de pronto, todo fue silencio, las luces se encendieron de golpe, el olor se desvaneció al igual que el ente que se encontraba en la alacena y las llamas de las velas se extinguieron, la abuela tomó mis manos, arquee mis cejas con sorpresa al ver las marcas sangrientas en las palmas.
—Esto —señaló con su dedo —. Querida mía, es la cruz de San Bartolomé, ellos no pueden tocarte.
—¿Soy especial? —pregunté con duda.
—Mucho, solo ciertas personas privilegiadas poseen las marcas en ambas manos, yo solo tengo una —explicó mostrando la marca en su palma izquierda—. Serás una gran bruja, Kali Ann —sentenció.
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