Capitulo 6: Obsesión

4739 Words
 "Qué decepción, el enterarte que no eras la misma persona que conocí." ??? Alessandro: No sabía que putas me había pasado por la mente en ese momento, por qué me había atrevido a hablarle de aquella manera o incluso dejarme llevar por su dulce aroma acercándola a mi cuerpo con tal de sentirla contra mi, aunque sea solo por unos cuantos segundos. Era hermosa, delicada y tan ardiente como el sol acompañada de una mirada angelical. Sentía que si me acercaba otro poco me quemaría. Dejarme llevar por ese insignificante instante me había hecho sentir otra vez como un hombre, ese hombre que es controlado por un deseo meramente primitivo e impulsivo; pero sabía que no era correcto y por más que su belleza me incitara a experimentar un deseo que hace mucho no sentía, no podía permitir que mis pensamientos se convirtieran en acciones. La molestia crecía en mí ¿Cómo era posible que causara tantos estragos en mi sin mover un solo dedo? Su mirada era suficiente para tentarme a probar el sabor de sus labios pero tenía que cuidarme. Russell siempre decía que la tentación era como el fuego, puedes creer tener todo bajo control ,si dejas que la llama se siga alimentando se tornará salvaje haciendo que sea imposible mantenerla. Y esto era igual, tenía que poner la mayor distancia posible con esa mujer. Entendí que ella no era lo peligroso de la situación, sino mis deseos por ella. Mi m*****o estaba ligeramente despierto, levanté mi pelvis del asiento y jalé mis pantalones de vestir para poder acomodar mi polla en su lugar, palpitaba con deseo por mis pensamientos dirigidos a Lía. Estaba ansioso de llegar a casa por fin, solo quería darme una ducha con agua helada para calmar mi mente. Lía era un sueño de mujer, simplemente hermosa, con un cuerpo increíble que hacía suspirar a cualquier hombre, el problema radicaba en qué yo no era cualquier hombre... Estaba casado. Tenía un compromiso aún más grande con mi esposa, jamás le fallaría al acuerdo que sosteníamos. Mi matrimonio atravesaba una crisis, sí; pero eso no hacía un lado el cariño que le tenía y todos los años que habíamos compartido juntos, era una mujer fuerte y valiente que me hacía feliz, yo no me atrevería a pagarle con otra moneda. —Hemos llegado, Señor Cantori.— habló Noah, uno de mis choferes de confianza, me miraba por el retrovisor atento a mis indicaciones. Ni siquiera me había dado cuenta en qué momento habíamos llegado a la mansión Cantori por estar absorto en mis pensamientos. —Gracias Noah, puedes tomarte el día, ya no haremos nada más.— contesté palmeando su hombro agradeciéndole. La puerta de mi lado fue abierta por un guardia de seguridad y bajé de la camioneta. —Le agradezco, señor Cantori, llevaré a mis hijos y mi esposa a comer.— comentó agradecido con un tono de emoción en su voz, trabajar conmigo era demandante, no era un hijo de puta, pero los turnos sí eran largos aunque la paga lo compensaba. —Que se diviertan.— comenté a modo de despedida. De verdad esperaba que Margaret no estuviera de mal humor, sinceramente no quería lidiar con eso ahora, quería descansar y distraer mi mente. Subí las escaleras que conducían hasta la entrada que era protegida por cuatro pilares blancos estilo griego que daban un toque clásico y elegante a mi hogar, toda la estructura de la mansión estaba basada en un templo griego, esta cultura me encantaba, sobre todo su poderosa mitología. Me adentré por el pasillo hasta el living dónde dejé colgado mi abrigo y saco en un perchero; la sala de estar estaba vacía, al igual que uno de los comedores que se encontraba en la habitación siguiente, los pasillos que dirigían a la cocina y baños de invitados también solos, nadie en las escaleras ni pasillos del segundo piso; absolutamente todo se encontraba desierto, ni un alma vagando por ahí lo cual era extraño, siempre había sirvientas yendo y viniendo acomodando, limpiando, haciendo infinidad de cosas pero ahora todo se encontraba en un silencio sepulcral. —¿Margaret?— hablé en voz alta sintiendo como mi voz se extendía por las paredes haciendo eco, guarde silencio unos segundos tratando de escuchar sin éxito, no hubo respuesta a mi llamado. La situación era sumamente extraña, pero quizás Maggy le había dado la tarde libre a todos, así que le resté importancia. De pronto pude sentír mi boca seca, no me había hidratado en todo el día por lo que la sed se hacía presente; me dirigí a paso lento a la cocina haciendo un repaso mental para ver si tenía algún pendiente el día de hoy pero no era así, tenía la tarde libre para relajarme, quizás podría salir a tomar un trago o visitar a Russell. Empujé con fuerza la puerta de madera blanca de la cocina, al entrar quedé sorprendido. Maggy estaba parada mirando en mi dirección, llevaba un vestido corto azul rey que marcaba su esbelta y larga figura, este color en particular siempre hacía resaltar su piel lechosa; en su rostro había un maquillaje discreto que resaltaba sus ojos azules haciéndola ver preciosa, su cabello era rubio, sedoso y descansaba suelto en su espalda alta. Me miraba nerviosa jugueteando con sus manos. —Antes de que digas algo...Perdóname por lo que hice en la mañana, sé que fue sumamente inmaduro de mi parte y no debí de comportarme de aquella manera.— dijo propiamente como siempre lo hacía, nunca perdía la elegancia. Yo la miré sin decir una sola palabra, por lo que continuó hablando. —Hice esto para ti, para disculparme.— habló señalando la mesa. Estaba decorada por un mantel blanco con detalles dorados, había comida de todo tipo, pero todas tenían algo en común, eran mis platillos favoritos. Todo estaba perfectamente acomodada y se veía armonioso causando que mi apetito se abriera. —Antes de darles el día les pedí que prepararan tus platillos favoritos, por favor, ven siéntate.—dijo señalando la silla que se encontraba en un extremo y en silencio le hice caso, ella imitó mi acción aliviada de ver mi cooperación. Maggy nunca había tenido este tipo de detalles conmigo y estaba sumamente sorprendido de que lo tuviera ahora, realmente se sentía culpable por lo que había hecho y me alegraba que se disculpara porque se había comportado como una mocosa pero agradecía que tratara de enmendar su error. —Te ves hermosa.—halagué en su dirección rompiendo el silencio incómodo. Me miró sonrojada y agradeció por lo bajito. Mi esposa siempre había sido muy tierna y delicada en todo aspecto, haciendo que tuviera miedo de romperla o herirla, pero con los años ese miedo desapareció pues poco a poco se fue convirtiendo en una mujer con más carácter. Frente a mí había un gran pedazo de lasaña que seguía humeante, como recién salido del horno, realmente se veía delicioso. —No podemos disfrutar esta deliciosa comida sin un buen vino.—dijo levantándose de su asiento para llenar la copa con vino blanco frente a mí. Hace mucho no teníamos este tipo de intimidad y creo de verdad que nos hacía falta. Solo nos hacía falta una buena cena que ambos sabíamos que terminaría con nosotros teniendo sexo hasta quedarnos dormidos. Un escalofrío recorrió mi nuca con este último pensamiento, pues mi m*****o se encontraba ansioso de tener acción esta noche, más que un deseo se estaba convirtiendo en una necesidad. —Ahora sí, que querías decirme.— pregunté serio dando un bocado a mi lasaña. Apreciaba bastante su gesto a manera de "perdón" pero eso no la exhortaba a darme una disculpa de verdad. Margaret aclaró su garganta y dirigió su mano a su cuello, rascándose constantemente, su ceño estaba ligeramente estático manteniéndose casi inmóvil. Gracias a Russell sabía que el mentir causa picor y hormigueo, por lo que tendemos a rascarnos cuando no somos sinceros. Sabía que fuera lo fuera a salir de su boca, no era completamente sincera. —Cielo, de verdad te pido una disculpa por mi comportamiento y mi insistencia en este tema que es tan complicado para ambos, sé que podremos llegar a un acuerdo más adelante. No sabía de qué manera podríamos llegar "a un acuerdo" pues no había punto medio en esto, yo no quería hijos ni propios ni adoptados ni de ningún tipo y ella soñaba con ser madre. Primero no me visualizaba teniendo hijos en este instante pero tal vez ahora, no me veía nunca con ellos... No había acuerdo al que pudiéramos llegar al menos de que alguno de los dos cediera. Pero nos preocuparíamos por eso más adelante, mientras disfrutaría de su compañía. La comida estaba deliciosa, llevábamos la cena tranquila charlando de trivialidades, pero en ocasiones intercambiábamos algunas miradas coquetas; sabía que ella estaba igual de ansiosa que yo, pero me excitaba bastante este juego de tener que aguantar y ser paciente por ella, sentirla como un reto. La tensión entre nosotros iba en aumento con cada gota de alcohol que entraba en mi sistema, Margaret se estaba encargando de no dejar mi copa vacía ni un solo momento durante la comida, haciendo que una ligera borrachera comenzara a hacerse presente en mi sistema debido a la botella y media de vino que ya llevaba en poco tiempo. —¿Tú por qué no estás bebiendo?— pregunté curioso arrastrando ligeramente las palabras, aún no estaba completamente borracho, pero sí comenzaba a entorpecer mis acciones. —Ay, cielo sabes que no me gusta beber mucho, pero por lo visto tú lo estás haciendo por ambos.—dijo riendo mientras sacudía la botella vacía. No sé cuánto tiempo llevábamos aquí, pero ya no aguantaba más la necesidad de hacerla mía, sus labios siendo mordidos ligeramente de vez en cuando, notaba que apretaba los muslos y su mirada provocativa me incitaban mucho. Aunque ahora cada pequeño gesto que hacía, mi cuerpo lo interpretaba como una invitación a devorarla. Tomé de un solo trago el resto del líquido de mi copa levantándome velozmente caminando en su dirección y ella me miró expectante... Me planté frente a ella tomándola por la nuca ,obligándola a levantarse haciendo que su rostro quedara a escasos centímetros del mío, era alta por lo que no había necesidad de agachar mi rostro al suyo como lo hacía con Lía. Mis ojos se abrieron al ser consiente de la comparación que había hecho ¿Cómo demonios se me ocurría? Agite mi cabeza borrando cualquier pensamiento que pudiera estar y solo me concentre en la preciosa mujer que tenía frente a mi. Tenía completo acceso a ella, me dejé llevar y mis labios atacaron su boca con ferocidad, pues la necesidad de sentirla era incontrolable. Mi boca se movía con rapidez sobre la suya que me seguía el paso con un poco de dificultad, mi labio chupaba con fervor su labio inferior sin cuidado alguno saboreando su labial sabor cereza. Cerezas, como el aroma del pelo de Lía. Tal vez era el alcohol traicionándome pero tenía que concentrarme. Mi lengua húmeda se abrió paso acariciando la suya con vehemencia, con una necesidad insaciable; mis manos se fueron a su trasero apretándolo fuertemente sin miramientos. En estos momentos sentir su piel cerca no era suficiente, necesitaba que cada átomo de su piel se fundiera conmigo para sentirme mínimamente satisfecho de su cercanía. —Alessandro, con cuidado.— se quejó Margaret, haciendo que detuviera la fuerza de mis caricias, saliendo de mi burbuja de excitación. Me separé de su boca y me dirigí a su cuello con besos húmedos desesperados por sentir su piel ardiente. —Lo lamento, cariño...- susurré entre besos.- Pero muero por follarte.— gruñí contra la suave piel de su cuello, dejando pequeñas marcas que no tardarían nada en quitarse. —Hacerme el amor, recuérdalo. Se folla a una zorra, a tu esposa le haces el amor— dijo con un hilo de voz excitada por mis besos mientras se aferraba a mis hombros para no caer. Me sentí frustrado al sentirme gravemente limitado por ella. Tenía que controlarme siempre cuando solo quería dominarla, someterla hasta que me rogara por más, pero ella no era así, le gustaba que le demostrara "amor" con caricias y besos, pero justo ahora era más difícil de lo normal el controlarme por el deseo acumulado. Desde que nos casamos traté de que conociera mis gustos y que aceptara ser más abierta en la cama, pero simplemente no accedía por qué: "se sentía sucia" o eso era lo que decía, así que solo me quedaba aceptar su decisión y "hacerle el amor" según sus palabras. La tomé por el trasero cargándola sin problema alguno, subiendo su cuerpo a una de las encimeras de mármol blanco, mis manos se colaron entre sus piernas acariciando sus muslos desnudos, hasta que lleve mi dedo anular a su entrada acariciándola de arriba a abajo encima de la ropa interior, ella alzó sus caderas para sentir más mi tacto, me fascinaba acariciar la humedad que ya existía en ella haciéndome poner más duro. —Vamos arriba.—dije separándome de ella abruptamente, me miraba ansiosa por qué la tomara y por supuesto que se lo concedería solo teníamos que esperar unos instantes más. La cargué bajandola de la encimera y tomé su mano para correr hacia la planta alta en dirección a nuestra habitación, me sentía sumamente bien y feliz por lo que estaba pasando, tal vez era el alcohol el que me ayudaba encontrarme en ese estado, pero disfrutaba encontrarme así con ella. Subimos corriendo por las escaleras, jugueteando y riendo como un par de adolescentes calenturientos; me sentía mareado por el alcohol que recorría mis venas pero eso hacía más divertida la situación. Abrí la puerta con desesperación y Maggi se abalanzó nuevamente a mí, sus brazos delgados se enredaron en mi cuello para que la sostuviera, apreté sus caderas hacia mi erección para que sintiera lo duro que estaba por su culpa. Solo quería que supiera que la dureza en mi polla era a causa del deseo que me provocaba. Mis manos hábiles se fueron al dobladillo de su vestido pegado y lo pasé por su cabeza,quitándolo, dejándola semidesnuda. Mis ojos la examinaron en silencio, pero las zonas que tanto deseaba ver estaban cubiertas por un conjunto de encaje color blanco, haciéndola lucir tan pulcra como siempre. La sangre me hervía del deseo por hacerla mía, poseerla, que gritara mi nombre mientras lloriqueaba; miles de posibles escenarios me bombardeaban la cabeza al acariciar su tersa piel. Llevábamos al menos dos semanas sin sexo debido a nuestras peleas, pero ahora era tiempo de ponernos al día. —Sube a la cama, ahora.—ordené siendo controlado por el deseo, quería follar, tomarla sin ningún cuidado hasta consumirla, pero la parte cuerda de mí me impedía hacerlo, sabía que no le gustaría y podía lastimarla. Margaret gateó por la cama dejándome una excelente vista de precioso trasero hasta que llegó a la mitad y se acostó en la suave superficie, su peso estaba sobre sus codos, dejándome ver su pecho que subía y bajaba con rapidez debido a su respiración agitada. Comencé a quitar mi ropa, ella miraba atenta mi cuerpo mientras mordía su labio; me necesitaba tanto como yo a ella. Subí a la cama y la tomé por los tobillos jalándola con fuerza, quedando yo entre sus piernas abiertas. Quité su sostén dejando al aire sus pequeños pechos que me encantaban, sus pezones duros gritaban por atención y yo gustoso se lo di, mi boca atacó directamente su pecho derecho arrancándole un gemido, mientras mi mano libre viajaba por su abdomen plano hasta su monte de venus rozando su clítoris, lo masajee delicadamente haciendo que arqueara su espalda y de su boca mi nombre se escapara en un gemido complaciéndome; mi dedo se movía lento sobre su cúmulo de nervios haciéndola retorcerse del placer y a mí poniéndome más ansioso, mi m*****o dolía como el demonio, pues me pedía liberación. Bajé mi bóxer haciendo que mi polla dura rebotara en mi abdomen. —¿Quieres esto?— pregunté lujurioso, masturbándome frente a ella, sintiendo como me tensaba al darme atención. —Sabes que sí.— contestó un poco enojada. Quité su ropa interior de un tirón, completamente listo para enterrarme en ella, hasta que recordé que debido a su berrinchito de querer un mocoso había suspendido su toma de anticonceptivos, pero por suerte siempre tenía en mi mesa de noche condones, podía estar medio ebrio pero no era idiota. Estiré mi brazo hacia el cajón en busca de ellos. —¿Qué haces?—preguntó Maggy removiéndose ansiosa abajo de mí. —Tenemos que cuidarnos amor, es necesario.—dije tomando la tira de preservativos, ella me miró molesta y pude notar un poco de miedo en sus ojos, extrañándome. Tomé el primer sobre, pero cuando estaba a punto de abrirlo no sentí la burbuja de aire indicándome que estaba en mal estado, con desesperación al revisar los demás me di cuenta de que todos estaban rotos. Fruncí mi ceño extrañado, no tenían mucho tiempo en mi cajón por lo que no tenía sentido que estuvieran en mal estado. —Ya así, por favor te necesito.-—rogó jalando de mi brazo tratando de llamar mi atención, pero yo seguía confundido. Me levanté de la cama y puse los envoltorios contra luz sin notar nada fuera de lo común en ellos más que la falta de aire. Rasgue el sobre plateado con mis dedos para ver qué pasaba, tomé el viscoso látex y cuál niño puberto lo acerqué a mi boca para llenarlo de aire e inflarlo haciendo que se hiciera como un globo, pero enseguida se desinfló por un pequeño agujero donde se escapaba el aire; no era un error, parecía estar hecho con una aguja o alfiler. Mi mandíbula se tensó al instante. Esto no era una casualidad o error de fábrica. —¿Tú lo hiciste?—pregunté furioso sintiendo como toda la excitación desaparecía. Margaret me miró asustada y se sentó rápidamente en la cama, su mirada estaba clavada en el condón que tenía en la mano, pero era incapaz de verme. Me levanté enseguida poniéndome mi bóxer y los pantalones. Con su silencio me estaba contestando. —No ¿Qué haces? Amor.— chilló levantándose para ir hacia mí, pero me aparté. Ambos guardamos silencio, pero no pude contenerme. —¿Qué si tú lo hiciste?—grité en su dirección haciéndola sobresaltarse. —Alessandro, por favor entiéndeme...— dijo al borde del llanto confirmando todas mis sospechas. Yo negué con la cabeza totalmente decepcionado por lo que había hecho. —¿Qué mierda quieres que entienda, qué me emborrachaste y querías que te follara para que tengamos un maldito hijo que no quiero?—reclamé dándole la espalda, pero me jaló del brazo con fuerza, obligándome a verla. —¡Ya no sabía que más hacer!—gritó frustrada mientras las lágrimas bajaban como cascada por sus mejillas. —Estás llegando a un punto de locura y obsesión totalmente angustiante.— dije negando con la cabeza, sin poder reconocer a la mujer que tenía frente a mi. Estaba siendo una maldita manipuladora; no creía lo que me estaba diciendo, después de cometer tremenda idiotez quería quedar como la "víctima" cuando no lo era, la borrachera también se me había bajado siendo remplazada por furia, me sentía completamente asqueado por cada palabra que salía de su boca. Lloraba en silencio, envuelta en una sabana mientras terminé de poner mi ropa, salí del cuarto dejándola sola, no quería verla ni un segundo más, pero fue corriendo detrás de mí. —Alessandro no sabía que más hacer, parecía que no podía hacerte cambiar de opinión y en un intento desesperado hice esto, pero entiende que es por nuestro bien.—sus palabras salían como rayo de su boca en un intento fallido de justificarse. Yo reí sin gracia y la miré directamente a los ojos, tomándola por los hombros, acercándome peligrosamente. —Escucha bien Margaret, ahora tu trabajo será empezar a buscar a un hombre que sí te quiera dar hijos, porque de una vez te digo fuerte, claro y consiente de lo que te estoy diciendo... Nunca en mi puta vida volveré a tocarte.—contesté frío soltándola. —N..o, no, no puedes hacer esto.—dijo con la voz rota por mi declaración. —Tienes razón toda la razón...No, no puedo hacerlo ahora; pero en tres meses se cumplen diez años del acuerdo que hicieron nuestros padres para unirnos en matrimonio y va a expirar, así que serás libre de hacer lo que te dé tu puta gana. —Alessandro, yo te amo.— rogó con un atisbo de esperanza en su voz. No podía creer el nivel de cinismo con el que se expresaba. —Yo también lo hacía, Margaret, pero hubieras pensado en esto antes de cometer esta estupidez, tu sola mandaste a la mierda ese amor que te tengo. Perdiste cualquier respeto de mi parte.— sentencié iracundo dejándola sola. Si algo me caracterizaba es que yo jamás rompía mis promesas y esta tampoco sería la excepción. ¿Cómo se le había ocurrido semejante idiotez, cómo pensó que yo no me daría cuenta? Me emborrachó para jugarme chueco y yo no lo iba a perdonar... Era traición. Nuestro matrimonio había comenzado siendo una farsa, un simple acuerdo entre dos magnates prometiendo a sus hijos en matrimonio como símbolo de unión, pero con el tiempo nos fuimos enamorando hasta llegar al punto donde habíamos llegado. En un par de meses era nuestro décimo aniversario y también el día el que el contrato cumplía su fecha de caducidad, así que éramos libres de divorciarnos. Nunca se me cruzó por la mente el ponerle fin a mi matrimonio pero llegado a mi límite con esto, quería muchísimo a Margaret, pero esta maldita obsesión no nos llevaría a nada bueno, cruzó un límite muy grande. Bajé las escaleras con rapidez y aun así podía escuchar los lloriqueos de mi esposa que cada instante se hacían más fuertes, me sentía sumamente traicionado por ella, había abusado de mi confianza y mi estado de embriaguez para hacer algo que yo no quería, una parte de mi quería convencerme de que tal vez no era tan grave, pero también sabía que si fuera al revés, si fuera yo fuera quien pinchara los condones para embarazarla yendo en contra de su voluntad podía terminar hasta con una demanda. Era una situación que simplemente no iba a dejar pasar como si nada , como si fuera un simple error. Mi mente estallaría en mil si no dejaba de pensar en la situación, no quería lidiar con todo esto ahora, solo quería un buen trago. Fui a la bodega donde tenía mis reservas de alcohol. Esta se encontraba para fácil acceso en un sótano que se accedía por la cocina. Las escaleras de madera rechinaban un poco al soportar mi peso a medida que bajaba. Mire los estantes escudriñando cada botella que había, decidiendo internamente que tomar, hasta que mis ojos brillaron al toparme con vodka; tenía mucho tiempo sin beberlo, pero en verdad me gustaba el sabor. Aunque en la universidad había aprendido que si existía una bebida traicionera era el vodka, pues te hacía efecto cuando menos te lo esperabas. Tomé dos botellas y caminé con estas, en dirección a mi despacho, que se encontraba en la planta baja a un lado de la sala de estar. Tenía que armar un plan sobre lo que sucedería a continuación en mi matrimonio, quería estar solo. Caminé en silencio por la casa hasta llegar a la puerta de mi despacho. Maggy me esperaba ya vestida, me esperaba de pie con la mirada clavada en el piso, incapaz de verme... Sabía que moría de vergüenza, pero no por sus acciones si no por qué la había descubierto, yo pasé a un lado de ella ignorándola. —¿Podemos charlar como adultos?— preguntó detrás de mí con la voz llorosa, pero tratando de mantenerse serena. —Si pretendes que me comporte como un adulto contigo, entonces espero lo mínimo de tu parte.— escupí serio sin siquiera mirarla. —¡Alessandro, entiéndeme, yo quiero hijos!—alzó la voz desesperada ante mi indiferencia. —Y yo ya te dije que vayas buscando con quién tenerlos. Cerré la puerta de mi despacho azotándola en su cara, no quería lidiar con ella ahora, no quería pensar en ninguna mierda, solo quería beber. Destapé la botella y la empiné en mi boca sintiendo el líquido caliente atravesar mi garganta. Estaba sumamente encabronado por qué ella no reconocía su error, se empeñaba a echarme la culpa para justificarse una y otra vez. Me senté en la silla de cuero frente a mi escritorio con la vista perdida, ¿De verdad quería finalizar mi matrimonio?, ¿Era feliz con mi vida? Creo jamás me había puesto a reflexionar lo suficiente en aquella pregunta y es que en realidad no lo era... Pero realmente tampoco podía quejarme, al menos no hasta ahora. Jamás había considerado el divorciarme porque nisiquiera era posible debido al acuerdo y ahora que ya casi estaba por romperse comencé a recordar toda mi relación con Margaret, las cosas buenas tanto como las malas. Me sentía completamente decepcionado por su actitud, supuse que en estos diez años había logrado conocerla bien, pero no, pues en mi versión ella jamás hubiera sido capaz de llegar a un extremo tan enfermizo con tal de embarazarse. Mi mandíbula estaba sumamente tensa, al igual que mi cuerpo, por la situación y la falta de liberación s****l. Tal vez lo mejor era separar los caminos, dar un respiro. Y lo que decía era verdad, que buscara con quién poder cumplir su sueño puesto que yo no era el indicado. "Estar con alguien no es solo amor, es progreso y ¿Cómo progresar cuando no están mirando al mismo objetivo? " Fue entonces cuando escuché esa frase con su preciosa voz mientras esos ojos color azules se me clavaban en el corazón. No sabía que sucedía con Lía, si realmente su presencia era así de exorbitante o había llegado justo en un mal momento de mi matrimonio deslumbrandome fácilmente. Pero verla afuera del restaurante siendo molestada por ese cabrón hizo saltar en mí las ganas de protegerla; de verdad la detestaba y consideraba que era mutuo el sentimiento, pero al menos de mi parte también era una manera de protegerme del deseo que sentía, un deseo que comenzaba a quemarme desde dentro. Su cuerpo, su cara, su olor y su perfecto italiano inundaban mi mente sin querer salir de ahí. Incliné la botella nuevamente contra mis labios, ni una gota salió de ella, se encontraba vacía, así que la aventé al suelo con fuerza haciendo que se rompiera en miles de pedazos haciéndome reír. Mire el reloj digital de mi escritorio, pero todo era demasiado borroso como para distinguirlo, no lograba ver bien por lo que cerré un ojo tratando de enfocar mi vista para adivinar la hora; 2:35 am. Según el reloj ya era de madrugada, No sabía cuánto tiempo llevaba encerrado aquí, solo pensando... Comencé a sentirme acalorado una enorme necesidad de escapar me invadió. Me levanté de la silla rápidamente mareándome al instante. Me sostuve fuerte del escritorio evitando caer. Todo a mi al rededor daba vueltas, el piso se movía con brusquedad haciendo mi caminar tambaleante, iba con dificultad por toda la casa, chocando con algunos muebles en el proceso. Llegué al recibidor, donde se encontraban colgadas las llaves de una de mis camionetas. ¿Era buena idea? Por supuesto que lo era, las tomé y salí de la casa en silencio cerrando la puerta detrás de mí. El frío intenso de la madrugada me calo hasta los huesos, esto sirvió para despertar un poco. Junté mis manos en mi boca echándome calor, torpemente subí al vehículo encendiéndolo. Toqué dos veces la pantalla para que se encendiera y poner el GPS, realmente me era imposible enfocar la vista en la pantalla, solo veía las luces borrosas por lo que puse la primer dirección que me marcaba el mapa, esperaba que fuera la dirección de Russell o algún buen bar para continuar ahogando mis penas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD