"Sólo es inmensamente rico aquel que sabe limitar sus deseos."
-Voltaire
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Alessandro:
—¿De verdad no vendrás conmigo?— pregunté molesto.
No me gustaban los teatritos y mucho menos los berrinches, en casi diez años de matrimonio siempre demostraba una actitud madura, pero últimamente era todo lo contrario.
Margaret estaba sentada en la silla frente a su tocador, dónde tenía todo su maquillaje y demás mierda para arreglarse.
Ella solo me observaba con desdén mientras cepillaba su cabello dorado.
—No, no se para qué quieres que vaya contigo.—habló mientras volteaba los ojos y me dio la espalda para verse en el espejo e ignorarme.
La sangre me hervía con ganas, pero trataba de mantenerme lo más tranquilo posible, pues ponerme igual de testarudo que ella no nos llevaría a ningún lado.
Teníamos que salir en los próximos diez minutos o llegaríamos tarde y ella seguía en pijama. Era consiente que lo hacía por molestarme, pero yo últimamente no me encontraba con la paciencia suficiente para poder soportar su estúpida actitud.
No sabía a qué se debía, pero claramente atravesábamos una crisis, ella no me soportaba y yo no la soportaba a ella.
Apreté fuerte mis sienes y pasé mi mano por la cara denotando toda mi frustración, aunque tratando de mantenerme sereno, no quería llegar hacer el pleito entre los dos innecesariamente más grande; sin embargo, cada día me lo estaba haciendo mucho más difícil.
Suspiré pesadamente y respondí lo más calmado que pude:
—Porque eres mi esposa, Margaret… Por qué tú fuiste parte de la planeación de este evento y por qué tenemos una imagen que cuidar.— mi mandíbula estaba sumamente apretada del coraje y aun así traté de decir las cosas lo más suavemente posibles para no exaltarme más, lo cual se estaba tornando una tarea difícil, pues se estaba comportando como una mocosa malcriada.
No podía hacerme esto.
Margaret volteó a verme con una sonrisa burlona, triunfante. Había dicho exactamente lo que ella quería que yo dijera, cayendo en su juego.
—¡Exacto! Si quieres cuidar nuestra imagen, tu equipo nos dio la solución… Vamos a tener un hijo. Es lo mejor para nosotros y para tu imagen. Vamos amor, ya es hora.
Me miró victoriosa y yo no podía dar cabida a lo que me decía. Estaba atónito por el nivel de manipulación en sus palabras.
—¿Toda esta estúpida rabieta es por qué no quiero tener un hijo?— pregunté alzando la voz sin poder controlarme.
No podía creer que estuviera llegando a este nivel de obsesión, por más que había hablado con ella, dándole mis razones de la forma más clara posibles por las que me negaba a vivir este proceso ahora, pero seguía incapaz de aceptar mi decisión.
Me miró ofendida y llevó una mano a su pecho siendo completamente dramática, se levantó de su asiento plantándose frente a mí para recriminarme.
—¡Ah! Primero decías que no querías un hijo “en estos momentos”.— gritoneó mientras hacía comillas con los dedos.—¡Y ahora me dices que “NO” quieres un hijo!—me miró dolida, mientras me empujaba ligeramente.
Yo no reaccioné ante sus agresiones, quedándome completamente quieto, no pudo moverme ni un centímetro, por lo que desistió de su tarea.
—Mira, Alessandro… Piensa lo que tú quieras, pero yo quiero tener un hijo y es tu deber cumplir cómo esposo.
—¡Qué no quiero un jodido hijo, entiende!— grité liberando todo mi enojo, me tenía harto con este tema.
Le había explicado de una y mil maneras que yo no quería hijos, que mi vida con solo ella a mi lado era más que suficiente, pero parecía no importarle. No sabía si estaba siendo egoísta, pero no me importaba, mi decisión estaba tomada y no la cambiaría por presión de ella.
Miré a Margaret que me observaba sorprendida por mi efusiva reacción, pues jamás había actuado de tal manera con ella. Me consideraba un hombre que sabía controlar bien sus impulsos solo que esto me sobrepasaba, estaba llegando a mi límite, pues día y noche jodía con lo del estúpido bebé; bebé que por cierto yo no quería, no ahora y tal vez no iba a querer nunca.
Ella no conocía del todo bien mi carácter y lo hijo de puta que podía llegar a ser, por su bien le convenía dejarlo así.
—Perdón, pero tengo que irme.— hablé completamente circunspecto, pasé a su lado sin esperar respuesta y salí de la habitación completamente cabreado.
No entendía el porqué de su actitud, estaba tan irritable que simplemente no la soportaba. Nuestro matrimonio siempre fue sumamente pacífico, sin ningún tipo de discusión fuerte que nos sacara de nuestras casillas, pero esto era diferente y me preocupaba. Su actitud había cambiado drásticamente de la noche a la mañana, temía que esta situación se nos saliera de las manos y no pudiéramos llegar a un acuerdo con el que ambos estuviéramos en paz.
No quería otro maldito problema, ya tenía cientos más por los cuales preocuparme.
Definitivamente yo no iba a ceder, no en esto.
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Russell se encontraba de espaldas observando la gente que iba y venía por el jardín, me acerqué a él para saludarle, por suerte estaba solo, pues no tenía ganas de hablar con nadie.
—Russell, buenos días.—saludé seco hacia mi amigo. Tenía todo el enojo acumulado en mi sistema, impidiéndome ser más amable.
Él dio una medía vuelta para saludarme con un abrazo.
—¡Muchacho que bueno que llegas!— dijo feliz palmeando amistosamente mi espalda.
—¿Dónde está Magy?— preguntó buscándola con la mirada.
—Ella no vendrá, está… “Indispuesta”.— escupí molesto juntando mis brazos en mi pecho.
—Tuvieron problemas ¿Cierto? Yo ignoré su pregunta, no tenía ánimos de hablar de eso.
—Al menos los dos venimos solos.— bufé metiendo mis manos en los bolsillos de mi pantalón.
—Oh, claro que no… Lía se encuentra en la mesa de registros.—dijo señalando a unos cuantos metros de nosotros.—Está haciendo un trabajo estupendo.
Miré ansioso en la dirección que me indicó y rápidamente pude ver a la pequeña chica que estaba sumamente risueña con un grupo de mujeres que reían de igual manera quizás de alguna broma que hicieron.
Su belleza resaltaba a comparación de las otras chicas; casi no tenía una gota de maquillaje en el rostro, a diferencia de como la había conocido en la fiesta. Lo que me permitía observar mejor sus rasgos faciales, su pequeña nariz respingada, sus labios regordetes y bien definidos brillaban debido a su labial, además de sus enormes ojos penetrantes con unas enormes pestañas naturalmente rizadas.
Era jodidamente guapa…
Llevaba un top de color n***o de manga larga tipo corsé que se le ceñía demasiado al cuerpo, definiendo sus abundantes pechos, unos jeans de mezclilla rasgados que dejaban a la vista su pequeña cintura y abdomen plano, estos se acentuaban en sus redondas caderas y enorme culo. Era pequeña de estatura y de complexión delgada, aun así tenía una preciosa figura curvilínea.
—Podrías ser más discreto ¿Sabías?— se burló Russell sacándome de mis pensamientos.
—Estaba observando a todas las personas que se encuentran aquí, asistieron bastante.—mentí rápidamente aclarando mi garganta, juntando mis manos en la espalda.
—Tantos años de conocernos y todavía crees que puedes mentirme.— negó con la cabeza alejándose de mí. —Ahora ve a participar en las actividades mientras yo desayuno algo.
No estaba acostumbrado a recibir órdenes de absolutamente nadie, pues nadie tenía el poder ni moral o económico para hacerlo. Simplemente, no soportaba que hubiera alguien que se sintiera con el derecho de mandarme, pero Russell era la única excepción para mí, pues era como un padre, por lo que siempre, aunque a regañadientes, terminaba por hacerle caso, como negarle algo a él.
Froté mi nariz y caminé rápidamente para que me asignaran una tarea. Lía había desaparecido de mi campo de visión y eso me hacía sentir mucho mejor, pues no tenía tiempo de estar pensando en aquella mujer de la vida fácil.
Estaba completamente molesto, pesar de los grandes deseos y fantasías en mi mente retorcida, jamás me había sentido tan distraído por otra mujer que no fuera Margaret, pero Lía despertaba la intriga en mí haciéndome sentir desesperado, me incitaba a querer acercarme a ella de la manera que fuera y eso es algo que no podía permitir.
Una chica regordeta se acercó sonriente, parecía que en cualquier momento explotaría por no poder seguir manteniendo la sonrisa que le llegaba de oreja a oreja, si mi memoria no fallaba y casi nunca lo hacía, era la asistente de la directora del orfanato en el que estábamos.
—¡Señor Cantori, bienvenido! Qué gusto que nos acompañe aquí hoy, nuevamente hablo por todos los niños que aquí se encuentran, le agradecemos de todo corazón esta difusión que nos está otorgando. Sin su increíble donación y la de sus invitados esto no sería posible, además vinieron muchísimos voluntarios que le dan más vida a este lugar.— dijo tocando pecho del lado del corazón demostrando que era sincera.— Y si no es indiscreción, espero que en algún momento pudieran considerar usted y su esposa el acoger a uno de estos pequeños que merecen una familia.
Sentí mi cara tensarse al instante. Que no maldición, no quiero mocosos ni míos ni regalados.
Su comentario bastante descolocado y atrevido hizo que me molestase al instante ¿Además de dinero quiere que baje la población de huérfanos? Ya era demasiado, pero tenía que disimular tranquilidad.
—Para mí es un placer hacer esto, de verdad y bien, ¿Cuál es la tarea que me toca?-—contesté con una sonrisa falsa evadiendo su ofrecimiento.
«Lavandería…»
Caminaba enojado hacia el área de lavandería para lavar, tender y acomodar putas sábanas y cobijas de los niños.
No hacía ningún tipo de tarea doméstica por mí y mucho menos quería hacerla por otras personas, pero era parte de “mantener la imagen”, tenía que participar después de todo, yo había organizado el evento junto con mi esposa.
No era que realmente odiara hacer esto, pero mi puta mente estaba descolocada sin permitirme concentrarme bien, no dejaba de darle vueltas a mis problemas maritales.
Entré enojado al área de lavado, haciendo azotar la puerta de metal contra la pared, provocando un estruendo y la chica frente a mí dio un respingo asustada. Maldije para mis adentros.
—Casi me da algo por su culpa, puede ser más cuidadoso.— me regañó resoplando.
Pude notar como frunció el ceño confundida por mi presencia, tal vez enojada, el desagrado era mutuo.
—Buenos días a ti también, Lía.— contesté serio, era una total mal educada.
No saludaba, no me decía su nombre y tampoco respondía mis preguntas. Ignoró mi saludo.
—Estoy acostumbrado a que la gente saludé de vuelta, se llama educación básica y veo que del burdel que has salido ni eso te enseñaron.
Ella rio por lo bajito negando con la cabeza, como si mis palabras no le afectaran en lo más mínimo.
—Del “burdel que salí” me enseñaron a no ser una maldita hipócrita ¿Por qué querría ser educada con usted cuando solo se ha dedicado a tirarme comentarios agresivos llenos de prejuicios? Mi desagrado por su persona es más grande que sus juicios erróneos sobre mí y no me importa que se dé cuenta.
A pesar de su increíble discurso lleno de rechazo a mi persona, su voz era tranquila, sin exaltarse dejándome pasmado frente a ella, pues al hablar tenía cierta exquisitez al expresarse.
Sin esperar una respuesta me dio la espalda sin más ignorándome para continuar con sus deberes.
Se movía con tanta familiaridad por el lugar que me hacía sentir fuera de contexto, como si estuviera invadiendo su espacio; alcanzó una caja de detergente que se encontraba al otro extremo de la mesa inclinándose ligeramente, haciéndolo ver su culo más redondo, ver su cuerpo de esa manera activaba mis pensamientos más primitivos, por lo que mejor aparté mi mirada.
El cuarto contaba con un par de lavadoras y secadoras viejas, además de montones de ropa de cama, al parecer sucia, en los donativos iban incluidas estas cosas, pero como hay tiempos buenos también difíciles por lo que no se podían dar el lujo de tirar cosas en buen estado.
En el centro del cuarto se encontraba Lía frente a una enorme mesa de madera junto con dos sillas viejas del mismo material. Solo éramos ella y yo, pero me ignoraba completamente.
Miré el lugar con una ligera mueca de desagrado, no podía creer que tuvieran a tantos niños viviendo en estas condiciones.
—Se nota que ama ayudar a los menos afortunados.— habló sarcástica.—Se nota la falsedad en su cara.—me acusó riéndose.
—Belissima que descaro el hablar sobre falsedad cuando eres una prostituta, tu trabajo es acostarte con los demás por dinero… Finges placer para sobrevivir.— solté con brusquedad.
Mis palabras salieron sin medida, sorprendiéndome ligeramente por el odio con el que habían sido escupidas. Fueran ciertas o no, solo era el resultado de querer desquitarme con la primera persona que se me cruzase y ella fue la primera que se atravesó para soltarlo. Sentí un atisbo de arrepentimiento pero no dije nada más.
Me miró mordiendo su labio, su expresión era estoica dejándome atento a su próximo movimiento.
Caminó lentamente en mi dirección, quedando plantada a unos centímetros de mí. Era realmente bajita, no pasaba del metro con sesenta obligándome a verla hacia abajo.
—Ascoltami Cantori, posso essere tante cose ma non sono una prostituta e anche se lo fossi non ti dà nessun diritto di trattarmi come fai, se lo fai di nuovo ti taglio le palle ¿Bene? ¿Capisci?—habló exaltada con un perfecto italiano que me dejó sumamente embelesado. Su voz aterciopelada se escuchaba aún más dulce y sexy en italiano.
(Escúchame Cantori, puedo ser muchas cosas, pero no soy una prostituta y aunque lo fuera no te da ningún derecho a tratarme como lo haces, si lo vuelves a hacer te corto las pelotas. ¿Bien? ¿Entiendes?)
—Capisco…(entiendo).— fue lo único que atiné a decir.
Me había dejado sin palabras, con la boca cerrada por completo, ella asintió satisfecha y se alejó de mí continuando con sus labores. Había sido clara conmigo ganándose no mi respeto, pero siquiera que la dejara de joder. Era una mujer fuerte que sabía poner límites, decía las cosas a la cara sin sentirse intimidada, lo cual no era muy común en mi círculo cercano de mujeres.
Quité mi saco dejándolo en una de las sillas, doblé hasta el codo las mangas de mi camisa y me acerqué a ella.
—¿En qué ayudo?—pregunté como si entre nosotros no hubiera ocurrido nada.
Lía me miró dudosa por un instante y después recorrió con la vista el lugar mordiendo su labio.
—Matías y yo ya lavamos la mayoría de sábanas, por lo que puedes traer ese bulto para ayudarme a doblarlas.— dijo señalando un montón de cobijas que estaban en un cesto de tela arriba de una de las lavadoras, lo cargué y puse en la gran mesa de madera que teníamos enfrente.
¿Matías? Pregunté para mis adentros.
En silencio comenzamos a acomodar las telas blancas que desprendían un olor floral. Lía se encontraba concentrada en su labor y yo quería hablarle, preguntar tal vez por su perfecto italiano, pero no hallaba como romper el hielo. Seguía desagradándome y también me causaba mucha intriga conocerle ¿Era italiana? ¿Había aprendido en otro lugar? Que esta última opción la descartaba, pues tenía un acento y una seguridad al hablar que solo un italiano podría tener. Se escuchaba como mis abuelos o mis padres.
—¿Me va a seguir viendo o mejor me va a ayudar con esto?— dijo mientras me juzgaba con la mirada.
—¿Cuántos años tienes?— respondí su pregunta con otra pregunta.
Se veía bastante joven y saber su edad me interesaba, después de la descarga de adrenalina que había tenido el ambiente estaba algo tenso, pero me encontraba quizás un poco más abierto a ser amigable con ella.
—Veintitrés.—respondió seca, guardando silencio un par de segundos.—¿Y usted?
Yo sonreí para mis adentros por seguir la conversación, era bastante joven.
—Treinta y tres.— respondí de igual manera.
—Entonces debe de ir buscando opciones de asilo, señor Cantori.— dijo esto último burlona y rodé los ojos divertido.
Me agradaba que a pesar de su actitud irrespetuosa, siempre me trataba de «usted» y mi apellido se saboreaba de manera distinta cuando salía de sus labios.
Me vio unos instantes a los ojos tratando de escudriñarme haciéndome estremecer.
En su actitud seguía habiendo la coquetería descarada que me mostró desde el principio, pero al verla charlando con otras mujeres y concentrada en sus asuntos pude caer en cuenta que su personalidad era así, emanaba sensualidad naturalmente.
Mi teléfono timbró en el bolsillo de mi pantalón indicándome que había llegado un mensaje, y lo saqué para revisar mi buzón.
Magy: Espero te estés divirtiendo solo. 9:44 am
Ignoré su mensaje y lancé el teléfono a la mesa para continuar con mis actividades; mi ceño estaba fruncido y mi respiración era pesada, el enojo que había logrado hacer a un lado había reaparecido porque mi querida esposa era una inmadura de lo peor.
—¿Está bien?—preguntó la dulce voz de Lía sacándome de mis pensamientos.
—No te incumbe.—escupí tajante mientras doblaba una sábana.
Se quedó callada, la miré discretamente y sus labios estaban apretados en una línea, tenía los puños ligeramente apretados denotando su molestia, me sentí mal por un instante por qué ya había sido grosero con ella en solo un par de minutos.
—Problemas con mi esposa.—hablé nuevamente a manera de disculpa.
Lo que dije era verdad, a ella no le incumbía en lo más mínimo los problemas que tuviera en mi vida, ni siquiera me agradaba y aún sospechaba sobre estafar a Russell, pero una parte de mí necesitaba sacar la mierda que tenía adentro con alguien que no fuera mi viejo amigo y que mejor una desconocida.
—Todos tenemos problemas, señor, pero eso no nos da derecho a actuar groseros con gente que no tiene nada que ver con lo que nos molesta.— expresó seria, mirándome directamente a los ojos.
No sé si lo hacía con algún propósito en particular, pero cada que sus orbes azules se posaban con los míos tenía una sensación extraña que no lograba descifrar.
Sus palabras eran completamente acertadas, haciéndome ver como un patán, pero con ella salía un lado de mí que me hacía sentir frustrado, como si tuviera la necesidad de pelear con ella y que ella me respondiera de igual manera.
—Lo sé y tienes razón.— claramente no iba a disculparme, no era de esa clase de hombres que va pidiendo perdón a todo mundo.
—¡Holaaaa!— una vocecita de niño se hizo presente en todo el lugar haciéndome mirar de dónde provenía.
Un pequeño niño moreno con una gran melena rizada entró corriendo lanzándose directamente a los brazos de Lía haciéndome sonreír sin razón. Se veía realmente pequeño, de unos cuatro o cinco años, tal vez.
Lía lo cargaba entre sus brazos quedándose cara a cara.
—Señor Cantori le presento a este pequeño caballero llamado Matías.— dijo sacudiendo al niño en brazos, haciéndolo reír.
—Un gusto.— dije de la manera más amigable que pude.
El pequeño me miró con sus ojos inocentes escaneándome y me arrugó la nariz a manera de saludo.
—¿Lo conoces desde hace mucho?— dije sin saber que más decir.
—Por supuesto, desde hace una hora que llegué él y yo hemos sido excelentes compañeros de trabajo.
Su voz ya no era del todo sexy, tenía más bien un tono dulce. Veía al pequeño con una gran sonrisa, ella se veía auténticamente feliz y relajada con el pequeño en brazos, tenía un aire sumamente maternal.
—Pero tuve que ir a jugar fubol, soy podtero.— habló malicioso jugueteando con sus regordetas manos.
—¡Oh, es increíble! Apuesto que tus amigos necesitan a su portero estrella.— expresó Lia bajándolo de sus brazos, poniéndolo de pie en el piso y poniéndose de cuclillas frente a él.—Tú regresa a jugar ¿Okay? Yo ya tengo unas fuertes manos para ayudarme, así que diviértete.— apretó de manera suave su nariz haciéndolo carcajear.
—¡Adiós, Lía y señod novio de Lía!— gritó mientras salía corriendo hacia el jardín.
Tan pronto como vino se había ido. Sin darme cuenta tenía una estúpida sonrisa en mi rostro al verlos
. La química entre ambos era única.
No quieres hijos, no quieres hijos… Recuérdalo bien Alessandro.
—¿Quieres tener hijos?— pregunté de pronto, al ver su fugaz convivencia con ese pequeño pude notar el cariño con el que lo trataba a pesar de recién conocerse y tal vez podría sacar algún dato útil para resolver mi problema con mi esposa. Saber si yo era el maldito egoísta o ella se estaba comportado como loca.
Lía torció los labios y se sentó en la silla de madera que tenía a lado mientras cruzaba sus brazos.
Estaba en silencio formulando su respuesta.
Imité su acción y me senté a su lado para poder prestarle más atención; no tanto por qué esperara un consejo, me intrigaba bastante su respuesta. Al tener tanta cercanía pude captar un exquisito aroma a cerezas que desprendía su cabello sedoso.
Estaba ansioso por escuchar lo que tenía para decir.
—Si le soy sincera en mis planes actuales y en un futuro cercano, no he contemplado el traer un niño al mundo... Pero no estoy completamente cerrada a la idea, me agradan los niños, pero no me considero del todo apta para criar uno. Además de que tampoco creo que sea la «cúspide» de mi realización como mujer; digo respeto muchísimo a las mujeres que se sienten realizadas al dar a luz solo no es mi caso. Tal vez es mero egoísmo, pero prefiero serlo y ser consiente de mis carencias emocionales antes de tener un hijo y terminar traumándolo.— habló segura, convencida de sus palabras y la admiré por ello, además de tener ideas muy similares a las mías.
—¿Por qué traumarías a un niño?— pregunté divertido.
—Señor Cantori, para tener hijos no necesita solo estabilidad económica, la estabilidad emocional y mental es igual de importante para ser un buen padre ¿Cuántos problemas no nos hubiéramos ahorrado en la adultez si nuestros padres hubieran ido a terapia? Digo, no sé si sea el caso, pero hablo por muchísima gente.
Una de las alarmas de las secadoras comenzó a sonar haciendo que Lía se levantara rápidamente a atenderla.
Sus palabras taladraron profundo en mi conciencia haciéndome analizar cada palabra. Los niños iguales me agradaban, pero no estaba seguro de poder sacrificar mi vida entera por una persona que dependería de mí básicamente toda su vida.
Sus palabras desde que había llegado eran bastante maduras y certeras, desconcertándome, pues me imaginaba a una mujer mucho más tonta o superficial.
No solo era hermosa, también era consiente de la vida, segura de sí misma y directa, eso me agradaba.
Nuestra convivencia se reducía a este encuentro y la reunión fugaz/ forzada que tuvimos mi oficina, la cual había sido suficiente para dejarme prendado de su belleza, molesto por su actitud altanera y admirado por la razón de sus palabras.
Esta mujer me hacía pasar de una opinión a otra en cuestión de segundos, aturdiéndome, ahora que estaba conviviendo un poco más con ella de manera más amistosa, no tan tensa y podía confirmar que era la mujer más hermosa que había visto nunca, mezclándose con el desagrado y rechazo que causaba en mí su profesión.
Por otro lado, quería saber más de ella, estaba jodidamente confundido.
—Yo no quiero hijos.—confesé como si fuera pecado.
—Pues no le veo problema a eso.— dijo descargando la secadora y poniendo la ropa en un cesto para después cargarla.
Me acerqué a ella y quite la canasta de sus manos a lo que me agradeció bajito, mis manos rozaron con las de ella fugazmente molestándome.
Dejé la nueva carga limpia en la mesa lista para ser doblada, recargué mis antebrazos en la canasta y fruncí el ceño ante su respuesta.
—Pues tú no, pero mi esposa sí… Pues está deseosa de tenerlos.— espete molesto.
Para nada era de abrirme a contar mis problemas personales con alguien, pero al oír su respuesta me incitó a qué tal vez podría tener un consejo útil.
Negó con la cabeza y chasqueo su lengua a modo de queja.
—Por eso siempre he pensado que es importante conocer a la persona antes de unir tu vida con ella y no me refiero a cosas básicas, me refiero a cosas significativos como sueños, aspiraciones y deseos.—al decir estas últimas palabras pude notar un ligero brillo en sus ojos.—Estar con alguien no es solo amor, es progreso y ¿Cómo progresar cuando no están mirando al mismo objetivo?
Toúche.
No me di cuenta de lo cerca que estábamos hasta que pude percibir nuevamente el aroma de su cabello; de manera instintiva mire sus regordetes labios rojos, estos provocaban besarlos por horas o incluso hacer cosas más obscenas con ellos.
—¡Aquí están!— una voz familiar me hizo apartarme rápidamente, como si estuviéramos haciendo algo malo.
Russell entró despacio al enorme cuarto y pude notar cierto desconcertó debido a nuestra cercanía, pero después nos sonrió quitándole importancia.
—¿Está todo bien?—preguntó Lía acercándose a él.
Lo veía de una manera diferente de la que me veía a mí. Podía notar ternura en su mirada, pero cuando sus ojos posaban mi ser veía ¿Odio, desagrado? Y tal vez, si mi mente no fallaba, podía ver el deseo emanando de su aura hacia mí persona.
—Todo bien querida, solo vine a hablarles para que vinieran a desayunar conmigo.
—¿No fuiste a desayunar?—pregunté alzando una ceja.
—Hijo, la comida que ofrecen es una porquería, tal vez la próxima vez que ofrezcas un banquete puedas poner más presupuesto. Ahora vamos los tres a desayunar que muero de hambre.
Sabía que Lía no tenía opción, puesto que estaba en “horas laborales” pero yo estaba dudoso de aceptar.
—No volveré a repetirlo.— advirtió Russell saliendo de la habitación del brazo de Lía.
Froté mi nariz y tomé mi saco para salir detrás de ellos