¡AUTOR! Ya estando en la oficina los tres, el director del sanatorio se dirigió a la anciana mientras le dedicaba una mirada con desdén a Eduany —¿Podríamos hablar… a solas? —, la anciana se dirigió a Eduany, solicitó que la esperara en la sala de espera. Una vez que Eduany salió, Ernest comentó —No creo necesitar un supervisor, Dora. Creo que he hecho bien mi trabajo como para que quieras vigilarme. —No es que quiera mantenerte vigilado—, se excusó, pues aquel hombre había sido amigo de su hijo, por eso cuando se quedó sola, dejó en manos de Ernest el sanatorio, confiaba plenamente en él, por ser el mejor amigo de su hijo, no obstante, últimamente no le había dado cuentas claras. No quería dudar, pero era muchas anomalías las cuales le habían hecho desconfiar de él. —¿Entonces, Dora?

