Mi vida

2268 Words
Verano de 1955 Cannes, Francia Rebecca Todos creen que el ser una actriz de la pantalla grande es tener una vida de ensueños, de perfección, como si se tratara de un cuento de hadas, al punto de que todas las mujeres viven suspirando por querer ser igual a mí, en cambio, los hombres mueren por tenerme entre sus brazos, pero por momentos no tienen idea que mi personaje termina cuando el director dice corte, ya que interpreto un rol dentro de una película, más que todo desconocen que mi vida está muy alejada de la imagen que vendo, pero es un sacrificio por ser una diva del cine, porque sin miedo a equivocarme en la actualidad soy comparada con las grandes actrices de Hollywood, aunque tuve la determinación para conseguir todo lo que deseaba, poder, fama, riqueza, además de cruzarme en el camino con Frank Forthons, mi manager y mi mejor amigo. Él ha sabido llevar mi carrera a la cima para ser una aclamada estrella, incluso como una estrategia publicitaria mi vida es un misterio, nadie conoce de dónde salió Rebecca Calvin, solo que un día una chica novata les robó el corazón a los espectadores, así en poco tiempo mi nombre estaba en boca de los mejores productores de cine, incluso me doy el lujo de elegir con cuidado mis papeles en las películas, es un privilegio que contados tenemos en este mundo del espectáculo. Más todo lo que brilla no es oro, porque ni el dinero, ni la fama, han llenado el enorme vacío que tengo en mi vida, soy una mujer que pagó un precio muy alto por llegar al lugar donde está, no fue tan fácil como todos pudieran creer, no era solo cuestión de repetir una línea ante un productor, es más profundo lo que hice para gozar de la vida que tengo. Siendo muy joven fui obligada a abandonar el orfanato donde crecí, sobre todo no era aceptada, ni por los niños hindúes, ni por la gente que se encargaba del lugar, era un pecado ser diferente, mi piel es blanca como la porcelana, tengo ojos claros marrones, soy una mestiza nacida en Bombay, que no pertenece a ningún lado, aunque muchos creen que soy inglesa, una ventaja que decidí aprovechar para abandonar la India, emigrando a Londres pensando que tendría muchas más oportunidades de ser tratada con igualdad. Sin embargo, las cosas no fueron como las imaginé, pues comencé desde abajo haciendo cosas que no me enorgullecen, pero debía sobrevivir en el entorno en que vivía, en esa época era una chica ingenua con apenas 16 años de edad, que conoció la maldad en su máxima expresión, debido a que cada persona que se cruzaba a mi paso buscaba la forma de aprovecharse de mi inocencia, desde la bruja de mi casera, porque ella debía tener el dinero de su arriendo puntual, de lo contrario, al día siguiente tenía mis pocas pertenencias en la calle, un par de veces lo hizo, más cada vez era una agonía completar el dinero, eran tiempos difíciles por la pobreza que dejó la segunda guerra mundial, como tal los pocos empleos decentes que existían los tenían los privilegiados, entonces la desesperación me llevó a trabajar en una cantina de mala muerte como mesera, ganando unos pocos centavos que a duras penas me alcanzaban para alimentarme, aunque no quedaban allí mis desgracias, tenía que soportar las manos inquietas de los borrachos que frecuentaban el lugar, no obstante, un día me cansé de ese ambiente creyendo que podría correr con suerte, claro que estaba tan equivocada, ya que estuve varias semanas buscando otro empleo, sin embargo, lo único que conseguí fue que un imbécil me propusiera posar para unas fotos desnuda, la paga no era mala, sino que era una humillación tener que hacerlo, inclusive me ofreció relacionarme con hombres adinerados que pagarían por disfrutar de mis encantos, quería prostituirme en otras palabras, si bien estaba muy lejos de lo que buscaba decidí plantearle otra solución, terminé bailando en un bar vestida con un Sari, es una prenda típica de la India, es una tela enrollada en el cuerpo por la cintura, como una blusa, además de cubrir mi rostro, era una forma de atraer clientes por el misterio que significaba que una belleza hindú baile en un lugar como aquel, esa es una etapa de mi vida que quedó en el pasado y que debería olvidar. Lo cierto es que hoy por más que quisiera escaparme de este día, para quedarme descansando en la cama o disfrutar de la alberca aprovechando el hermoso clima que reina en Cannes, no puedo hacerlo, por una sencilla razón, debo estar presente en el estreno de mi película en el festival, además la prensa entera especula sobre mi llegada, piensan que puedo asistir acompañada por algún novio al recinto, en realidad no tengo un respiro adonde vaya, siempre estoy rodeada por reporteros, fotógrafos, queriendo conocer todos los detalles de mi vida. Sin embargo, la única forma para poder burlar el asedio de los paparazzi fue estar alojada en una casa que renté en un barrio privado, la propiedad es digna de una celebridad como yo, tiene una sala de estar doble, un comedor luminoso, una cocina equipada, cuatro hermosas habitaciones, más lo que me encanta es el patio que conecta con la cocina, ideal para esas cenas de verano que quisiera tener, pero están muy lejos de ser realidad mis deseos, ya que vivo aislada del mundo. Igual acabo de escuchar los golpes en la puerta de mi habitación anunciando que llegó Frank, sin más opción decido incorporarme de la cama para terminar colocándome la bata de seda y dar unos pasos para abrirle, aunque en un segundo contemplo su rostro de frustración, dándome la vuelta para ignorarlo, pero su voz de reclamo cae antes de que cierre la distancia. —¡Rebecca! —no entra gritando, pero su voz presiona el aire—. ¿Qué rayos haces todavía en bata de dormir? ¡Vístete! Recuerda que tenemos la gala del estreno de tu película, es una ocasión especial donde estarán todos los críticos del cine mundial, por lo tanto, tienes la obligación de asistir. Lo miro apenas, sin girarme del todo. —Frank… deja el escándalo —respondo con calma medida— porque no pienso asistir a esa ridiculez de gala, más bien puedes dar un comunicado diciendo que estoy grabando una película en Egipto. Hago una pausa mínima, como si la idea no pesara nada. —Incluso puedes inventar que comparto el protagónico con Gary Cooper o el actor que prefieras, me da igual quien sea mi supuesta pareja sentimental. Frank no responde rápido. Eso ya es tensión. Cuando lo hace, su voz corta, no explota, pero aprieta. —¡Rebecca! —dice como si la palabra ya le pesara—. Si hubiera sabido que tendría que soportar tus rabietas de niña malcriada, te hubiera dejado en ese antro donde trabajabas… sin embargo me estoy armando de paciencia para hacer lo mejor por tu carrera, pero al parecer a la señorita se le subió la fama a la cabeza, se le olvidó sus orígenes, te recuerdo que yo te hice quién eres, como tal te exijo que te vistas… ¡Apúrate! Lo último lo vomita hacia el aire, ya sin control fino. Resoplo. No porque me duela… sino porque lo conozco. —Frank —respondo sin moverme demasiado— discrepo en tus palabras, porque tú solo supiste venderme a los idiotas de los productores, del resto me encargué yo… incluso puedo darte una lista de las cosas que he hecho, las horas interminables grabando alguna película, la idea descabellada de la dieta a base de sopa, lechuga y varios cigarrillos a diario para evitar engordar, las anfetaminas para lograr estar más tiempo despierta, las clases absurdas de vocalización, de actuación, además de las fiestas que debía asistir para relacionarme con la gente de los estudios, y otros pormenores que los conoces mejor que nadie… ¿Sigo? Frank levanta la mano. No grita. Pero corta el aire. —¡Basta Rebecca! —dice, ahora sí firme, sostenido en irritación contenida—. Se acabaron los reproches, ahora lo importante es asistir a la gala, porque debes aprovechar que estás en la cima para conseguir el protagónico junto a James Dean, es lo que deseamos. “Deseamos”. Eso siempre lo dice como si yo fuera parte de un plural que no firmé. Suelto aire. —Está bien Frank… voy a seguir tus consejos, pero tengo una condición para asistir a la gala, necesito que me ayudes a encontrar a mis padres, ¿lo harás? Frank se detiene. No responde de inmediato. Esa pausa ya es negativa. —De nuevo con esa idea absurda —dice al fin, y su voz ahora presiona más bajo, más peligroso— de querer saber quiénes son tus padres, no logro entender ese afán de complicarte la vida, ¿por qué quieres arruinar tu carrera con esa obsesión? ¿No te das cuenta que ellos te abandonaron en un orfanato? No les interesabas, ni siquiera se deben acordar de ti… ¡Entiéndelo! Lo último lo suelta como si quisiera cerrarme la boca dentro del aire. Yo no bajo la mirada. —Pues yo necesito conocerlos —respondo— preguntarles… ¿por qué no me quisieron? ¿Quién soy? ¿Soy blanca o mestiza? ¿Dónde nací? Frank aprieta la mandíbula. Ahora su voz se sostiene, no explota, porque intenta no perderme. —Sabes mejor que nadie quién eres… no hace falta que ningún idiota te lo recuerde, porque la mujer que conocí rompe todos los estereotipos, conoce su esencia y está delante de mí… ¡esa es Rebecca Calvin! Silencio breve. No emocional. Solo suspendido. —Frank asistiré —digo al fin— pero no significa que olvidaré mi búsqueda, porque no se trata de un capricho tonto, es algo que necesito hacer para darle sentido a mi vida. Unas horas después Peter Quisiera decir que a mis 30 años de edad tengo resuelta mi vida, pero es la más grande mentira, porque ya tengo un divorcio a cuestas que sigue dejándome con ese sabor de derrota, de haber fallado, sé que en parte fue mi culpa por dedicarle tanto tiempo a mi carrera. Soy un corresponsal de uno de los periódicos más leídos de Londres, con una enorme trayectoria, con el respeto de mis colegas, incluso he sido galardonado con un premio Pulitzer, más no ha impedido que cada decisión mal tomada arruine mi vida, estoy viviendo una etapa nefasta, oscura, deprimente, al punto de sentir que toqué fondo, que no puedo estar peor… o lo creía así, hasta hace dos días que mi exmujer y jefa me dio un ultimátum, dejándome en una encrucijada entre el deber y la integridad, además ni siquiera estoy seguro que esta sea la mejor forma de mantener mi trabajo, me repite mi interior mientras me termino de abotonar la camisa, cuando la puerta se abre sin aviso y entra Bárbara como si ya hubiera decidido el lugar antes de entrar. No levanto la vista de inmediato. —Peter —dice ella, sin suavidad, su voz presiona con control limpio— no hace falta el saco, necesitas lucir lo más informal posible, recuerda que debes verte como un simple fotógrafo de paisajes, un amante de la naturaleza, ser un hombre común. Suelto aire lento. —¡Bárbara! —respondo con impotencia contenida— yo soy un hombre común que estás utilizando a tu antojo para un disparate… es que todavía no logro entender ¿cómo accedí a tu propuesta? ¿cuándo perdí el camino? Ella sonríe apenas, sin calor. —Querido… si prefieres estar en la calle dímelo, porque te recuerdo que tengo una fila de tipos que darían todo por un empleo como este, con tal de acercarse a Rebecca Calvin… en cambio yo te estoy dando la oportunidad a ti como un favor especial, por el pasado que tenemos juntos. “Favor”. Siempre lo dice como arma envuelta en cortesía. —¡Un favor! —respondo, seco— me diste un ultimátum, era aceptar tu plan descabellado o la calle… aunque no creo que consiga lo que quieres, porque no es tan simple acercarse a una mujer como Rebecca Calvin, hasta diría que es imposible, peor entablar una amistad o una relación sentimental con ella… hasta suena absurdo ahora que lo escucho. Bárbara se acerca un poco. Su voz no sube. Pero dirige. —Peter… eres un hombre buen mozo, con ojos verdes, piel blanca, la media barba te hace lucir muy varonil, capaz de enamorar a cualquier mujer… solo necesitas un poco de confianza en ti, además de una ocasión para entrar en su vida… sobre todo me basta que consigas ser su amigo para mis fines. Suelto una risa sin humor. —Mi maravillosa exesposa olvida un gran detalle… no consigo cosas imposibles, es que no existe forma de involucrarme con una actriz como Rebecca Calvin… pero lo más grave es que desconozco todo de ella. Bárbara no parpadea. —Peter… parece que no me conocieras. Pausa. —Me tomé el trabajo de seguirle los pasos… Rebecca Calvin tiene una costumbre. Cuando está en una ciudad nueva escapa del caos de la prensa… después de cada evento va a la cafetería más cercana, café, croissants… y un libro. Me observa. —Esta noche tiene la gala en Cannes… y esa es la oportunidad. Yo me quedo en silencio. No porque no entienda. Sino porque ya entendí demasiado.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD