Las sirenas de la policía rasgaron la noche como un lamento gutural, un aullido que se clavaba en los huesos de Alice mientras las luces azules y rojas parpadeaban sobre el asfalto manchado de sangre y casquillos. Patrullas y una ambulancia invadieron la calle, frenando con chirridos que erizaban la piel, y oficiales con chalecos antibalas saltaron como sombras armadas, botas pisando el caos con precisión mecánica. La limusina yacía como un cadáver acribillado, y el chofer —aún encorvado sobre el volante, la sangre goteando en charcos oscuros— era el testigo mudo de la masacre.
Alice temblaba incontrolable, arrodillada junto a su madre en el bordillo, las manos de Alicia crispadas en su vestido destrozado, la pierna izquierda un desastre de carne abierta y tela empapada. El aire apestaba a pólvora quemada, goma caliente y ese hedor metálico que se pegaba a la garganta como una promesa de muerte.
—¡Ayuda aquí, carajo! ¡Mujer herida de bala, hemorragia masiva! —bramó un paramédico, un tipo fornido con guantes manchados que irrumpió con el maletín abierto, arrodillándose junto a Alicia mientras su compañero desplegaba el equipo.
El primero —Raúl, por el nombre bordado en su chaqueta— presionó una gasa gruesa contra la herida, ignorando el gemido ahogado de Alicia.
—Señora, quédese conmigo. Respire hondo, ¿sí? Vamos a parar esta mierda antes de que se desangre. ¿Me oye? Dígame su nombre.
Alicia jadeó, pálida como un fantasma, sus ojos verdes nublados por el shock y el dolor.
—Ali… cia. Salvaterra. Por favor… mi hija… Alice…
Raúl asintió rápido, sin soltar la presión, mientras su compañero —un flaco nervioso llamado Javier— preparaba la vía intravenosa.
—Alicia, muy bien. Soy Raúl, este es Javier. Vamos a ponerle suero y morfina ya. ¿Alice, verdad? Tú, quédate cerca pero no toques nada, ¿entiendes? Esto es jodido, pero ella es dura. ¿Ha perdido mucha sangre? ¿Cuánto tiempo desde el impacto?
Alice se aferró al brazo de su madre, las lágrimas surcándole el rostro sucio de polvo y sangre ajena.
—¡No sé! ¡Minutos, carajo, minutos! Nos embistieron, dispararon… el chofer… ¡Dios, el chofer está muerto! Mamá, resiste, por favor, no me dejes sola en esta mierda. ¿Por qué nos hacen esto? ¿Qué quieren de nosotras?
Javier clavó la aguja con manos firmes, el suero goteando como un salvavidas líquido.
—Alice, mírame. Tu mamá está estable por ahora. La bala no tocó hueso principal, pero hay que coser esto en quirófano. Vamos a cargarla a la camilla. Tú subes con nosotros al hospital. ¿Familiares? Llama a alguien más, rápido. Y Raúl, presiona más fuerte; veo el pulso bajando.
Alicia soltó un sollozo entrecortado, su mano buscando la de Alice con uñas que se le clavaban en la piel.
—Mi niña… no llores… tu padre… ¿dónde está Maximiliano? Dime que está bien… no puedo… no otra vez…
—Mamá, shh, papá está allá, manejando esto —Alice la apretó con desespero—. ¡No me sueltes, joder! Raúl, ¿la vas a salvar, verdad? ¿No va a morir aquí como el chofer? ¡Díganme algo, carajo!
Raúl levantó la vista por un segundo, su expresión dura pero honesta.
—La vamos a salvar, Alice. He visto peores en accidentes de tráfico que salen caminando. Pero necesita quirófano ya. Tú cálmate o la pones peor. Vamos, Javier, muévela.
A unos metros, Maximiliano se erguía junto a la limusina destrozada, puños cerrados hasta sangrar, su traje salpicado de sangre enemiga como un estandarte de guerra. Un oficial —un veterano canoso llamado López, libreta en mano— se acercó con cautela.
—Señor Salvaterra, soy el oficial López. Lamento la demora, pero con este lío… ¿puede relatarme qué carajo pasó aquí? Paso a paso, sin omitir nada. Sus hombres ya acordonaron, pero necesitamos detalles para movernos.
Maximiliano lo miró con la rabia bulléndole en la piel.
—Emboscada, oficial. Dos camionetas negras, profesionales del demonio. Nos chocaron de lado, bloquearon el camino y bajaron con rifles. Mi chofer está muerto por mi culpa. Mi esposa sangrando como un cerdo en el matadero, mi hija aterrorizada. ¿Eso quiere oír? ¿O prefiere que le diga que vi una “E” grabada en un casquillo, como una puta firma? Esto no fue robo; fue ejecución.
López anotó sin alterarse.
—Entiendo, señor. ¿“E”? ¿Inicial? ¿Reconoció algo en los atacantes? Rostros, acentos, tatuajes… lo que sea. Y el mensaje en su teléfono… ¿era amenaza? Porque si es así, esto sube de nivel. No me oculte nada.
Maximiliano tensó la mandíbula. Moncada… ese traidor de mierda.
—Profesionales, ya se lo dije. Pasamontañas, movimientos de equipo entrenado. Y sí, el mensaje era personal. “La deuda se cobra”. Pero no tengo nombres. Averigüe usted, oficial. Yo quiero justicia, no excusas. Mi familia casi muere por algo que yo arrastré a esta casa. ¡Encuentre a esos cabrones antes de que vuelvan por más!
López cerró la libreta con un chasquido.
—Lo entiendo. Vamos a rastrear las camionetas, revisar cámaras de tráfico. Pero si sabe algo —un socio resentido, un enemigo viejo, como ese Moncada que salió en un informe—, dígalo. Esto huele a interno. Mi equipo ya está levantando pruebas. ¿Desea que notifiquemos a la familia del chofer?
Maximiliano miró al forense, que examinaba el cuerpo.
—Háganlo con respeto. Era un buen hombre. Su familia… yo me encargo. Díganles que lo siento. Que les daré lo que necesiten.
El forense habló sin apartar la vista del cadáver.
—Impacto en el pecho, dos tiros. Muerte instantánea. No sufrió. Pero el parabrisas… lo usaron como escudo. Profesionales, sí. ¿Algo más? ¿Algún detalle sobre las armas?
—Automáticas. MP5 quizás. Y un tatuaje en uno de ellos: una serpiente en la muñeca. Búsquenlo —gruñó Maximiliano antes de alzar la voz, quebrado por primera vez—. ¡Esto no queda así! ¡Voy a destrozarlos!
Alice lo escuchó desde la ambulancia.
—¡Papá! ¡Mamá está mal, ven aquí! ¿Qué pasa con los oficiales? ¿Dijeron algo de los hijos de puta que nos dispararon? ¿Quién es la “E”? ¿Por qué nos odian tanto?
Maximiliano corrió y subió a la ambulancia, tomando la mano de Alicia mientras Javier cerraba las puertas.
—Alice, mi niña, resiste. Mamá va a salir de esta. El oficial… está complicado, pero lo resolveré. La “E”… es un fantasma viejo. Pero yo me encargo. Tú solo mantente fuerte por ella.
Alicia murmuró, casi inconsciente:
—Max… no más secretos… Alice merece saber… si es Moncada… díselo…
—Shh, amor, ahora no —susurró él, besándole la frente.
La ambulancia arrancó, dejando atrás el caos, pero no la sombra que se cernía.
A kilómetros de distancia, en un penthouse en penumbras, Cristóbal Moncada vertía whisky con mano temblorosa. Frente a él, un secuaz nervioso sudaba bajo la luz.
—Jefe… fallamos. Salvaterra mató a tres de los nuestros. La poli ya está oliendo.
Moncada sonrió como serpiente.
—¿Fallamos? No, cabrón. Enviamos un mensaje. Él sabe que voy en serio. Pero la próxima no falla. Llama a “E”. Dile que se acerque más. Salvaterra caerá y su imperio será mío. O tú serás el siguiente.
El secuaz asintió, temblando.
Moncada chocó su vaso contra la madera.
—Por las deudas que se pagan con sangre.
---