Capítulo 28: El Regreso de las Sombras

865 Words
**Punto de vista de Alice** Los días que Dere estuvo fuera fueron un puto infierno lento. La mansión se sentía vacía, grande y fría como una tumba de lujo, y yo me la pasaba dando vueltas como un fantasma, mirando el teléfono cada dos por tres esperando un mensaje que nunca llegaba. ¿Por qué carajos no me había dicho nada de su familia? ¿Por qué no mencionó a su novia y a su hijo? Cada noche me acostaba pensando en él, en esa cara seria que me ponía loca, en ese cuerpo tatuado que quería lamer entero, en esa mirada que me quemaba sin tocarme. ¿Qué tenía ese cabrón que me tenía así, joder? Como una idiota obsesionada. Y él… él regresó como si nada. Entré al salón y ahí estaba, dejando la maleta militar en el piso, camiseta negra ajustada, jeans oscuros, cara de piedra pero con ojeras que no podía disimular. Me paré en el umbral, corazón latiéndome como loco, y lo miré fijo. — ¿Todo bien? —pregunté, voz calmada pero con el filo de siempre, cruzando los brazos bajo las tetas para que viera lo que se perdía estos días. Él me miró un segundo, como si estuviera decidiendo si mentirme o no, y asintió seco. — Todo bajo control. Pero yo vi el cansancio en sus ojos. Ese peso que cargaba como si el mundo le debiera algo. Me acerqué dos pasos, el vestido corto rozándome los muslos, y solté lo que me quemaba por dentro. — ¿Por qué no me dijiste la verdad, Dere? ¿Por qué carajos no me contaste que tenías una novia y un hijo? Él se quedó quieto, cuerpo tensándose como un cable a punto de romperse, mandíbula marcada apretándose hasta que vi la vena saltar. Silencio. Y entonces, voz baja, ronca, como si cada palabra le costara sangre. — Sí. Tengo… tenía una novia. Y un hijo… no es mío, Alice. Es de mi hermana Vanessa. Me quedé sin aire, como si me hubiera dado un puñetazo en el estómago. El suelo se movió bajo mis pies, el corazón me latió tan fuerte que dolió. — ¿Y por qué coño no me lo dijiste antes? —casi grité, voz temblando de rabia y algo más que no quería nombrar—. ¿Todo este tiempo provocándote, jodiéndote la cabeza, y tú con una novia y un crío en casa? ¿Qué mierda soy yo para ti, Dere? ¿Un pasatiempo? ¿Una puta distracción mientras esperas volver a tu familia feliz? Él dio un paso adelante, ojos oscuros ardiendo, pero esta vez no era rabia. Era algo roto. — Mi novia… se fue hace años. Se largó con mi mejor amigo cuando el crío tenía dos años. Me dejó solo con David. Mi hermana Vanessa… ella es la madre. Estaba enferma, joder. Cáncer. Murió hace poco y me dejó al niño. Lo estoy criando yo. Necesitaba plata para el tratamiento de ella antes de que se fuera, por eso pedí adelanto a tu papá. No es lástima lo que quiero. Es… no sé, carajo. No sé qué mierda quiero contigo. Me quedé helada, el cabreo evaporándose como humo, lágrimas picándome los ojos sin permiso. — ¿Tu sobrino? ¿David es tu sobrino? ¿Y tu novia… se fue con tu mejor amigo? Él asintió, voz ronca, mirando al piso como si le doliera. — Se fue. Me dejó con el niño y se largó. Vanessa luchó como una leona, pero no pudo. Ahora David es mío. Lo crío yo. Por eso estuve en Texas. Por eso no te dije nada. Porque no quiero que me veas débil. Porque contigo… contigo no quiero ser el puto tipo con problemas. Quiero ser el que te calla esa boca de una vez. Tragué saliva, el corazón rompiéndose y armándose al mismo tiempo. — ¿Débil? ¿Tú? Eres el cabrón más fuerte que conozco, Dere. Y me jode… me jode que no me lo dijeras. Me jode que cargues solo con esa mierda. Me jode que pienses que te miraría con lástima cuando lo único que quiero es… joder, no sé. Quiero que me mires como hombre, no como guardaespaldas. Quiero que me toques, que me beses, que me folles hasta que olvide mi nombre. Porque yo también estoy jodida contigo, Dere. Jodida desde el primer día. Él levantó la vista, ojos oscuros brillando con algo que no era frialdad. — ¿Jodida conmigo? ¿Después de todo lo que has hecho con Julián, con tus juegos, con tus provocaciones? Me acerqué, tan cerca que sentí su calor. — Julián es un juguete. Tú… tú eres otra cosa. Y me tienes loca, cabrón. Loca de verdad. Él me miró un segundo eterno, respirando fuerte. — Alice… — Dime que no sientes nada —susurré, voz temblando—. Dime que no te mueres por tocarme como yo me muero por ti. Él cerró los ojos, mandíbula tensa. — No puedo decir eso. Porque sería mentira. Y el silencio que siguió gritó más que cualquier palabra. Porque los dos sabíamos que la barrera ya estaba rota. Y no había vuelta atrás.
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