Capítulo 13: Tensión y Juegos de Poder

1145 Words
**Punto de vista de Alice** Los días siguientes fueron una puta tortura lenta. Julián aparecía casi todos los días como si la mansión fuera su patio de recreo personal, con su Lamborghini rugiendo en la entrada y esa sonrisa de ganador que me hacía apretar los dientes y el coño al mismo tiempo. Regalos caros lloviendo: collar de diamantes que brillaba como una amenaza, zapatos Louboutin rojos que me hacían las piernas eternas, cartera de piel italiana con mis iniciales grabadas como si ya me tuviera marcada. Cada vez que me los ponía delante, yo sonreía falsa, aceptaba con un “gracias, amor” que sonaba vacío, pero por dentro me hervía la sangre. Porque cada vez que él me rozaba la mano o me besaba la mejilla, sentía los ojos de Dere clavados en mi espalda como cuchillos calientes. Y Dere… joder, Dere iba pegado a mí como una segunda piel. Papá lo había dejado clarísimo después del club: “Sin Dere no sales, Alice. Punto”. Así que ahí estaba el cabrón, siempre detrás, en el asiento trasero del Lamborghini de Julián o en el SUV n***o siguiéndonos a diez metros. Mirando. Callado. Con esa cara de piedra que me ponía los nervios de punta. Una tarde, después de otro paseo con Julián —cena en un rooftop con vistas al mar, él hablando de sus goles y contratos mientras yo fingía escuchar—, llegué a casa con el vestido n***o ajustado y los tacones matándome los pies. Julián me dejó en la entrada con un beso largo y baboso que me dejó el sabor a whisky caro en la boca. — Mañana te recojo a las nueve, reina. Fiesta en casa de Di Marco, solo la élite. Vas a brillar más que todas —me dijo, mordiéndome el labio antes de irse. Cerré la puerta de un portazo y me quedé ahí, apoyada contra la madera, respirando fuerte. Dere estaba a dos pasos, brazos cruzados, camiseta negra sudada pegada al cuerpo, ojos oscuros fijos en mí como si me estuviera desnudando y odiando al mismo tiempo. — ¿Buena noche, princesa? —preguntó con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina, sin moverse un centímetro. Me quité los tacones de un puntapié, los pies doliéndome, y caminé descalza hacia él, el vestido subiéndose por los muslos con cada paso. — ¿Celoso otra vez, grandote? Porque si lo estás, dilo de una puta vez en vez de mirarme como si quisieras follarme y matarme al mismo tiempo. Él dio un paso adelante, invadiendo mi espacio, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo y el olor a sudor y hombre que me mareaba. — No estoy celoso, Alice. Estoy cabreado. Cabreado de verte jugar a la reina con ese hijo de puta que te usa como trofeo. ¿Te gusta? ¿Te gusta que te compre con diamantes y te bese como si fueras suya? Porque yo no compro, princesa. Yo tomo. Me reí en su cara, pero salió tembloroso, el corazón latiéndome como loco. — ¿Tomar? ¿Tú? Tú eres el que va pegado a mi culo todo el día porque papá te paga. ¿O me vas a decir que no te pone verte en el retrovisor mientras otro me toca? Él me agarró la muñeca —fuerte, pero no para lastimar—, tirando de mí hasta que choqué contra su pecho duro como piedra. — ¿Ponerme? Me pone querer romperle la cara a ese imbécil cada vez que te besa. Me pone verte con ese vestido sabiendo que lo elegiste para joderme. Me pone que juegues a la difícil conmigo cuando los dos sabemos que te mueres porque te toque de una puta vez. Tragué saliva, su aliento caliente en mi cara, su mano todavía en mi muñeca, el pulgar rozándome el pulso como si supiera exactamente lo jodida que me tenía. — ¿Tocarme? ¿Tú? Tú eres el empleado, Dere. El que mira desde atrás mientras otro me lleva a la cama. ¿O es que no te atreves porque papá te corta los huevos si me pones un dedo encima? Él soltó una risa baja, oscura, que me vibró en el pecho. — ¿Miedo? Yo no tengo miedo, Alice. Tengo órdenes. Pero si sigues provocándome con ese vestido, con esa boca, con esa forma de mirarme como si me odiaras y me quisieras dentro de ti al mismo tiempo… un día me voy a cansar de ser el bueno. Y cuando eso pase, no va a haber papá, ni Julián, ni nadie que te salve de lo que te voy a hacer. Me soltó de golpe y se alejó por el pasillo, dejándome temblando contra la puerta, el coño palpitando y la cabeza hecha mierda. Julián me quería de vuelta. Dere me quería romper. Y yo… yo ya no sabía a quién carajos quería joder primero. Los días siguientes fueron un puto infierno de juegos. Julián aparecía con más regalos, más invitaciones, más besos que me dejaban el sabor amargo de la culpa. Dere iba pegado a nosotros como una sombra negra, callado, pero cada vez que Julián me tocaba, sentía su mirada quemándome la nuca. Y yo… yo los provocaba a los dos. Porque era la única forma de sentir que todavía mandaba en algo. Una noche, después de otra salida con Julián —fiesta en yate, champán, él besándome el cuello mientras sus amigos miraban—, llegué a casa borracha de alcohol y de rabia. Dere abrió la puerta del Lamborghini desde afuera, cara de piedra, pero los ojos ardiendo. — ¿Otra noche con el principito? —preguntó, voz ronca y peligrosa. — ¿Otra noche mirando desde afuera como un perdedor? —le solté, tambaleándome un poco, el vestido plateado subiéndose por los muslos. Él me agarró del brazo, esta vez más fuerte, empujándome contra la pared del pasillo oscuro. — Cuidado con lo que dices, Alice. Porque un día de estos te voy a callar esa boca de la única forma que sé. Lo miré fijo, el alcohol dándome valor o estupidez, no sé. — ¿Con qué? ¿Con tu polla? Porque hablas mucho para alguien que solo mira. Él se acercó tanto que sentí su erección contra mi muslo, dura como piedra, y su voz salió como un gruñido bajo. — Prueba y verás, princesa. Pero cuando te folle, no va a ser suave. Va a ser hasta que olvides el nombre de ese hijo de puta y solo grites el mío. Y se fue, dejándome jadeando contra la pared, las piernas temblando y el coño mojado como nunca. El juego ya no era juego. Era guerra. Y yo estaba perdiendo… o ganando, no sabía ni mierda. Solo sabía que quería que me rompiera de una vez.
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