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2828 Words
21 Sandra puso el violín y el arco dentro del estuche y lo cerró. Metió el estuche dentro de una bolsa impermeable, especialmente diseñada para protegerlo de la lluvia. Lo dejó sobre la cama y dio dos pasos hasta quedar frente al espejo de cuerpo entero, que colgaba de la puerta del closet. El nuevo pantalón amarillo tipo rasta no habría podido quedarle mejor y le combinaba muy bien con su blusa kaftan de tonos verdes y azules. Se pasó el cepillo por el pelo, se acomodó las manillas de los brazos y los tobillos y salió del cuarto a esperar en la sala la llegada de Adriana. Cuando oyó sonar el citófono, agarró la bolsa con el violín y salió apresuradamente a coger el ascensor. ––Menos mal decidiste recogerme y no encontrarnos allá, así voy más tranquila –dijo Sandra todavía parada en el andén. –Te queda genial esa pinta, ¡estás divina! –le dijo Adriana mientras su amiga de subía al taxi–, apenas para la ocasión–. Y volteó a mirar al taxista–, ahora sí, a la novena con ochenta y cinco, señor. –Gracias Adri, ¿si te gustan los colores? –Te lucen súper, y te hacen resaltar los ojos –Adriana le brindó una enorme sonrisa. –Lo que más me gusta de esta ropa es que me deja mover libremente en el escenario –dijo Sandra. –Eso te va a ayudar mucho en la audición, es clave que vean que no solo cantas y tocas bien, sino que también puedes bailar. –Todo tiene que complementarse. No sirve de nada si cantas bien pero te quedas como una estatua frente al micrófono –dijo Sandra mientras se cuadraba el pelo por detrás de la oreja y miraba por la ventanilla del taxi. Adriana la miró y se quedó pensando que su amiga era extremadamente atractiva; si en realidad lograba sincronizar su voz con el baile, más los instrumentos que iba a tocar esa tarde, tenía todas las posibilidades de ganar. Sabía que todos los hombres del grupo quedarían embrujados, no solo por su físico, sino también por su manera de desenvolverse en un escenario. Pero lo importante era que todo eso se tradujera en votos; en todos los necesarios para ponerla en la ronda final, y una vez ahí, ella haría todo lo posible para que fuera seleccionada. –Estaba penando que después de la audición hay que celebrar –dijo Sandra. –Esperemos a que te escojan primero, ya de ahí podemos celebramos todo lo que tú quieras. –No lo digo por eso, hay que celebrar pase lo que pase. Si me escogen, yo invito, y si no me escogen tu invitas. – ¿Y cómo qué vamos a celebrar si no te escogen? –preguntó Adriana con una sonrisa pícara. –El solo hecho de que nos hayamos vuelto a ver después de tanto tiempo merece una celebración, ¿no te parece? –En eso tienes razón, pero ojalá tú tengas que pagar… y que sea una celebración en grande –dijo Adriana mientras le cogía la mano a su amiga. –Sea lo que sea, espero que no te vuelvas a alejar de mí –dijo Sandra mirando a su amiga directamente a los ojos y con una tierna sonrisa. –Para nada, después de hoy, vamos a pasar muchísimo tiempo juntas –dijo Adriana mientras se reclinaba hacia su amiga y le daba un pico en los labios. Era un día especial para Los Cuarenta. No todos los días se escogía un nuevo m*****o, y mucho menos en vísperas de salir a hacer su primera gira a nivel nacional. Todos sus miembros habían llegado muy puntuales al estudio, y la energía que se respiraba era de mucha expectativa. Arturo andaba ocupado con los técnicos de sonido organizando micrófonos, instrumentos, y las pistas que iban a usar los diferentes aspirantes. El orden de presentación se haría por sorteo, y la idea era no gastar más de quince minutos por persona en la primera ronda. Para los dos aspirantes que pasaran a la segunda ronda, habría un tiempo de cinco minutos para cada uno, y después de esto, vendría la decisión final, tomada por los cuatro miembros del comité y el director musical. Esteban se encontraba bastante nervioso, y para aliviar la tensión le estaba colaborando a Andrés y a Juan Carlos a mover el piano y la marimba hacía la parte central del escenario. Había chequeado el lobby del estudio hacía cinco minutos para ver si su novia ya había llegado, pero no la había visto por ningún lado. En cambio sí se había encontrado con los otros cuatro aspirantes. Todos le habían parecido gente común y corriente en su aspecto, a excepción de una niña muy atractiva, no solo por la belleza de su rostro sino por la llamativa ropa tipo rasta que llevaba. Estaba sentada afinando las cuerdas de su violín y no les prestaba mayor atención a los otros tres aspirantes que conversaban alegremente entre ellos. Después de un rato cayó en la cuenta de que se trataba de Sandra, la amiga de Adriana, a la que había visto alguna vez, hacía mucho tiempo, por los días de su corto noviazgo con la niña del pelo naranja. Faltando pocos minutos para las cuatro de la tarde, Arturo llamó la atención de todo el grupo: Bueno señores… y señoritas, niños y niñas… bueno, aquí ya no hay tanto niño, ya como que todos están creciditos… En todo caso les comento… estuvimos con la gente del comité en la oficina, mirando a ver cómo va a ser el orden de presentación de los aspirantes… a ver, ¿en dónde están los aspirantes? –Están en el lobby –dijo Ismael–, espérenme voy a decirles que entren –y subió hasta la parte alta del estudio donde se encontraba la puerta que comunicaba con el lobby. A los pocos minutos apareció de regreso con cuatro de los cinco aspirantes, solo faltaba Mónica. –Parece que nos falta una persona, pero bueno, bienvenidos señores… y señoritas, ustedes ya conocen el procedimiento, espero que vengan bien preparados, que le pongan mucha energía a su presentación y la mejor de la suerte para todos… y cada uno de ustedes. Los cuatro aspirantes lo miraron y le sonrieron. –Arturito, yo creo que nos toca empezar ya, porque si no se nos hace tarde –dijo Adriana. –Adriana tiene razón… bueno, vamos a hacer el sorteo –y le mostró a todos una bolsa de papel–: aquí están los nombres de todos; el primer nombre que saque va de primero, el segundo va de segundo y así sucesivamente… – Bueno, ¿y qué pasa si de primero sale el nombre de la persona que no ha llegado? –preguntó Luisa. Arturo volteó a mirar a Adriana sin saber qué responder. –Pues que automáticamente queda eliminada del concurso –dijo Adriana mirando a Luisa. Esteban, que estaba sentado en el tercer escalón del estudio se puso de pie. –No me parece que sea justo, apenas son las cuatro y tres minutos, y en esta ciudad hay muchos trancones. –Oye, cariño, ¿y cómo los demás si lograron llegar a tiempo? –dijo Adriana dirigiéndose a Esteban. –Primero que todo, no soy tu cariño– a lo que todos los asistentes soltaron la carcajada–, y segundo que todo… no creo que esto sea una dictadura en donde se tiene que hacer lo que tú digas. – ¡Estamos perdiendo tiempo! –dijo Silvia–, yo creo que no hay que armar tormenta en vaso de agua. Simplemente si la persona que falta sale de primera, pues que haga su presentación más tarde, no le pongamos misterio a esto. –Pero si ese va a ser el cumplimiento de esa persona en caso de que salga escogida… no me la imagino después, o que tal el público de Cali o Medellín esperando a que empiece el concierto solo porque la "princesa" no aparece… ––dijo Adriana. – ¿Y a todas estas quién es la persona que falta? –preguntó Nacho. Silvia abrió la carpeta que tenía entre las manos y leyó lo que aparecía en la primera hoja: –Mónica Márquez, toca el piano y el arpa y es presentada por Esteban. –Miren, compañeros, Mónica es mi novia, no se los voy a ocultar… ella acaba de salir de una situación muy difícil, pero igual ya está mejor, y tiene una ganas inmensas de entrar al grupo, para lo que se ha venido preparando en forma durante los últimos días. Yo les pido que no la saquemos así como así, en verdad ella es una excelente cantante y pianista y creo que merece al menos la oportunidad de ser escuchada. Siguieron rumores y cuchicheos entre todos los presentes. Adriana miraba con una sonrisa a Sandra, mientras Arturo consultaba algo con Silvia e Ismael. Al cabo de un minuto Arturo tomó la palabra: –Escuchen, señores… y señoritas, vamos a hacer el sorteo, si sale el papelito de Mónica Márquez de primero, simplemente hacemos lo que propone Silvia, es decir que dejamos su presentación para cuando llegue. Esteban finalmente pudo respirar tranquilo, y mientras los demás hacían el sorteo, decidió subir hasta el lobby a ver si su novia aparecía por algún lado. Se suponía que el chofer de su casa la iba a traer y por eso no se había preocupado en pasar a recogerla antes de venir al estudio. De pronto había sido una estupidez, preciso en el día más importante en la historia de los dos como pareja. O de pronto no era el más importante, tal vez lo había sido el día que la liberaron sus secuestradores, el día que finalmente la había vuelto a ver, precisamente en las puertas del lugar en donde ahora se encontraba. Mientras tanto, en la parte baja del estudio, Arturo se paró sobre una butaca, bolsa de papel en mano, y procedió a sacar el primer papelito; lo desarrugó, lo leyó mentalmente y miró a todos los asistentes con una sonrisa. –La primera persona en presentarse para esta audición es… Diana López, bajista y saxofonista. Esteban entró a la oficina del comité, saludó a Gladis, la secretaria, y pidió prestado el teléfono. Marcó el número de la casa de su novia y esperó, sus dedos jugando con el cable del aparato mientras le contestaban. –Aló –escuchó que Marcela decía al otro lado de la línea. –Hola, Marce, hablas con Esteban. –Hola, ¿cómo vas? Yo pensé que estabas en la audición de Moni. –Sí, aquí estoy en el estudio, pero Moni no ha llegado, y ya son las cuatro y diez, y ella tenía que estar aquí antes de las cuatro, ¿tú sabes algo? –Ve, tan raro… si ella salió con Jaime, el conductor, y William el guardaespaldas, ya hace más de media hora… como a las tres y media, y el estudio solo está como a quince cuadras de aquí… ya debe estar por llegar. –Ojalá, porque ya están empezando. –No te preocupes, seguramente había un poco de trancón, pero no creo que demore –dijo Marcela. –Gracias, Marce, yo te cuento cualquier cosa, hablamos. –Perfecto, me cuentas, te cuidas. Cuando colgó, Esteban escuchó un saxofón impecablemente tocado, seguramente por la primera persona que participaba en la audición. Era una reconocida pieza de Fausto Papetti, de aquellas que invitaban a tener una celebración íntima, con mucho vino, buena comida, y poca luz. Le sonrió a la secretaria y salió de la oficina con la esperanza de que su novia ya se encontrara en el lobby, pero para su desilusión, el sitio estaba totalmente vacío. En ese momento, por las puertas que daban al estudio, apareció Juan Carlos, quien se dirigió hasta donde él estaba. –Ya empezó a tocar una pelada, y Arturo dice que todos tenemos que estar presentes en la audición. –Sí, vamos, es que estaba mirando a ver si mi novia aparecía… –Tranquilo, eso no demora, más bien camine que después la embarra con los del comité, y si no llega entonces simplemente va y se consigue otra y listo… Eso no le ponga misterio. ––Usted siempre montándola… Cuando regresaron al estudio, Esteban no pudo concentrarse en la presentación: se vio obligado a sentarse, aunque era lo último que quería hacer; estaba acelerado y hubiese preferido estar de pie o corriendo por toda la ciudad buscando el paradero de su novia. No le importaba lo que estaba sucediendo en el escenario, y aunque la aspirante a m*****o de Los Cuarenta hacía una presentación decente, sabía desde hacía mucho tiempo por quien era que tenía que votar. No paraba de mirar hacía la puerta o a su reloj; ya eran las cuatro y veinte, y la primera participante hacía un solo de bajo con movimientos histriónicos más propios de algún reconocido guitarrista metalero que de un aprendiz de bajista. Definitivamente lo de esta niña, podría tener unos dieciséis años, era el saxofón, no el bajo. Había visto mejores bajistas en las orquestas de las fiestas de quince de sus compañeras de colegio. Cuando Diana terminó su audición, Esteban ni siquiera se había percatado de qué canción había utilizado para que su voz fuera juzgada. – ¿Cómo te pareció? –le preguntó Patricia, que gracias a la oscuridad que reinaba en esa parte del estudio, y a tener la cabeza en otro sitio, él no se había dado cuenta de que se encontraba sentada justo a su lado. –No sé, como bien en el saxofón, pero nada que ver en el bajo. –Pienso lo mismo, ¿y la voz qué tal? –preguntó Patricia. –Bien gracias –dijo Esteban con una leve sonrisa. –No, en serio, ¿qué puntaje le das a la voz? –dijo la rubia después de reír por dos segundos. –Te confieso que no tengo ni idea… que no llegue Mónica me tiene ya asustado. – ¿Y no será que ya llegó?... con esta oscuridad, lo único que se ve claro es el escenario, de pronto ya anda por ahí… –No creo, yo no le he quitado el ojo a la puerta, y por ahí no ha pasado nadie desde que “Jimi Hendrix” empezó su presentación –dijo Esteban en tono de burla. Patricia se atacó de la risa. –Pobrecita la niña, ella hizo su mejor esfuerzo con ese bajo, no la critiques… y hasta cantó bien. – ¿Y qué cantó? – ¿En serio no te diste cuenta? –preguntó Patricia, sus labios formando la letra O, sus ojos abiertos como nunca. –Te juro que no, estaba en otro planeta. – ¡Uy no! Te cuento que te perdiste una buena versión de "No more tears", la de Donna Summer. –Ahora que lo pienso, sí me parece haber escuchado algo así por allá en la distancia, pero… ¿toca dar la puntuación ya o al final? –Creo que ya, supongo, esperemos a ver qué dice Arturo. En ese momento se encendieron las luces y Arturo se dirigió a todos: –Bueno señores… y señoritas, ya escucharon lo que amablemente Diana… López, nos presentó– y dirigiéndose a la primera candidata, –mil gracias, Diana, te puedes quedar hasta el final porque si quedas escogida, tienes que empezar a practicar con nosotros esta misma tarde. –Gracias a ti… y a todos ustedes –dijo Diana mirando a Arturo y después al resto del grupo mientras se sentaba en el primer nivel de escalones. –Muy bien– dijo Silvia–, ahora todos por favor escriban el puntaje que creen que Diana se merece en los papelitos que les entregó Gladis cuando llegaron, después deposítenlo en esta urna que se encuentra al lado mío. Esteban se puso de pie, escribió el número cinco en su papel, descendió rápidamente hasta el punto donde se encontraba la urna, introdujo su voto, y con la agilidad propia de un gato, subió a toda velocidad los ocho niveles de escalones hasta llegar a la puerta de salida. En el lobby no había más de cuatro o cincos miembros del grupo, quienes tomaban un pequeño receso. Sin pararles atención empezó a buscar a su novia por todos los rincones: entró a los baños, a la oficina, miró a través de las puertas de vidrio hacia la calle, pero no vio ninguna señal de su presencia. En ese momento escuchó la voz de Silvia, que desde la puerta de entrada al estudio, llamaba a todos para que volvieran al interior. Vio como sus compañeros regresaban obedientemente, y se esperó un par de minutos más antes de volver a entrar.
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