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A partir del momento del s*******o, los días empezaron a transcurrir lentamente, en medio de un sentimiento parecido a la agonía, y siempre a la espera de cualquier noticia. Cada vez que el teléfono sonaba, Esteban se apresuraba a contestar antes de que lo hiciera su hermana o alguno de sus padres. Tenía la esperanza de que la llamada fuera de su novia para decirle que ya estaba libre, que la pesadilla había terminado, o por lo menos de recibir noticias por parte de la mamá o de la hermana. Le parecía incomprensible que a tan temprana edad, su novia se viese sometida a una situación supremamente difícil y extrema. A pesar de que diariamente veía en la televisión, y escuchaba en la radio, noticias negativas del país que informaban de tragedias que le sucedían a otra gente, nunca se hubiera podido imaginar que algo así le pudiese suceder a su Monina. Su estado de ánimo andaba por el piso, y en varias ocasiones había dejado de probar la comida que le servían.
Para empeorarlo todo, su Monina había perdido la oportunidad de entrar a Los Cuarenta, y una graciosa niña de dieciséis años, llamada Carolina, y quien había superado a sus contendores en la audición, era la nueva integrante del grupo. Aquella oportunidad no volvería a presentarse en mucho tiempo, teniendo en cuenta que la banda se volvía más y más popular con el paso de los días, y sería muy difícil que alguno de sus miembros quisiese abandonarla. El sueño de Esteban, de poder tocar a su lado, se había venido al piso y ya no sabía si algún día sería posible realizarlo.
Asistía al colegio y a los ensayos del grupo por obligación, pero sentía que en realidad nada lo motivaba. Pensaba que no era justo que una persona como su novia, tan completa en todo sentido, tuviese que lidiar con unos hampones para los que la ley, la justicia y el bien no representaban absolutamente nada. Pensó en la forma, bastante acomodada, como vivían ella y su familia. El dinero nunca faltaba, había lujos y abundancia en todo sentido; y se preguntó si el s*******o era el precio que había que pagar por acceder y disfrutar de una vida sin limitación alguna. Se preguntaba si no sería preferible tener a un ser querido, que no tuviera dinero ni para subirse a un bus, pero que estuviese exento de esa clase de riesgos; o si valía la pena pasar por una situación como la actual, en la que la vida de esa persona se encontraba en peligro, con tal de tener una posición económica bastante cómoda.
Después de dos largas semanas sin tener ninguna noticia, y con el estado de ánimo cada vez más decaído, decidió tomar la iniciativa y llamar a casa de Mónica. Lamentablemente, el teléfono siempre sonaba ocupado. Esto lo llevó a pensar que la línea se habría descompuesto, o que por alguna razón concerniente a la seguridad de su familia, habría sido desconectado, o simplemente habrían decidido cambiar de número. Con tan oscuro panorama por delante, decidió decirle a Edgar que lo acompañara a la casa de su novia y preguntar personalmente qué se sabía sobre su suerte.
–Le figuró acompañarme donde Mónica.
–¿Cómo así? ¿Ya la liberaron?
–Ya quisiera… No hermano, a ver si me dicen algo, es que no he sabido nada de ella desde hace un resto.
Al siguiente día, aprovechando que no había ensayo del grupo de música, salió con su mejor amigo hacía la casa de su Monina, no sin antes haberse preparado psicológicamente para recibir cualquier clase de noticia.
Llegaron sobre las cinco de la tarde a la lujosa vivienda de estilo colonial, situada en la calle setenta y dos con novena, después de haber pasado cuarenta y cinco minutos montados en una incómoda buseta que desafiaba los acostumbrados trancones bogotanos de la hora pico. En el exterior de la casa nada lucía por fuera de lo normal. Los dos amigos se acercaron a la entrada principal e hicieron sonar el timbre. La espera pareció eterna, pero al cabo de un par de minutos se abrió la puerta y detrás de ella apareció Marcela, la hermana mayor de Mónica, vistiendo su uniforme de colegio, y acompañada de un hombre que vestía traje formal y corbata, y que no podría esconder su apariencia de guardaespaldas.
–¡Hola Esteban! ¿Cómo vas?, entren rápido, por favor –dijo la hermana de Mónica, usando un tono amable pero algo nervioso, mientras con el brazo los invitaba a seguir.
La casa era bastante grande, decorada con cuadros de buen tamaño, materas con plantas y flores de colores, tapetes gruesos y mullidos. Mientras Edgar no paraba de mirar a su alrededor, Marcela los llevó a una sala auxiliar en donde los tres tomaron asiento.
–Te presento a un amigo –dijo Esteban, dirigiéndose a la muchacha.
– ¿Cómo estás? –dijo ésta con una amplia sonrisa mientras se sentaba en una cómoda poltrona.
–Pues ahí vamos, aquí acompañando a este hombre –contestó Edgar, fascinado por la belleza de Marcela, que aunque aparentaba ser uno o dos años mayor que él, su uniforme de colegio la ponía en un nivel aún alcanzable para sus aspiraciones.
– ¿Tú también eres de Los Cuarenta? –le preguntó Marcela a Edgar.
–No, ya quisiera, somos amigos con éste man desde hace años, pero yo no toco ni el timbre, aquí el genio de la música es él–dijo Edgar, señalando a su amigo con un movimiento de cabeza.
Marcela sonrió y dirigió su mirada a Esteban.
–Qué pena Marcela haber venido hasta acá, pero es que ya han pasado más de dos semanas y no he sabido nada de Mónica, y además estuve llamando y ese teléfono suena como dañado.
–Sí, me imagino… La culpa es mía, mi mamá sí me dijo que te avisara; es que por cosas de la seguridad de todos tocó cambiar el número de teléfono, y se supone que te tenía que llamar, pero es que con ésta situación tan tenaz todo se me olvida.
–No, tranquila –respondió Esteban–. ¿Pero que se ha sabido hasta ahora, o qué ha pasado?
Marcela miró hacía la chimenea, la cual se encontraba en una esquina de la pequeña sala, dudando qué decir, y finalmente respondió.
–Pues mira, los tipos, o sea, los secuestradores, llamaron al otro día del s*******o…
– ¿Y qué dijeron? –la interrumpió Esteban.
–Básicamente… quieren cien millones.
– ¿Cien millones? ¡Y juel diablo! –dijo Edgar, mirándolos a los dos––, eso es un billete largo.
–Sí, es mucha plata –dijo Marcela.
– ¿Pero qué dice tu papá? –preguntó Esteban.
–No, pues está reuniendo la plata, es que a mi papá le deben mucho y le tocó ponerse a cobrar y ayer vendió uno de los carros.
– ¿Pero Mónica está bien? ––dijo Esteban, acomodándose en la parte delantera de su silla–, ¿qué se sabe de ella?
–No mucho… ayer mandaron una foto de ella sosteniendo en las manos el periódico del día, se ve un poquito flaca, pero bien. Sale con un jean y una camiseta negra, se ve que le quitaron el uniforme del colegio.
– ¡Ay no!, ¡tenaz!, ¡pobre mi Monina!
Edgar se dirigió a Marcela.
– ¿Pero qué podemos hacer para ayudar? Yo hago lo que sea…
Marcela lo miró a los ojos, una sonrisa en su rostro.
–No te preocupes... ¿Cómo es que es tu nombre?
–Edgar, Edgar Enciso.
–Tranquilo, Edgar, solo toca esperar a que mi papá acabe de reunir la plata y les pague.
– Pero si cambiaron el teléfono, ¿cómo hacen para comunicarse con ellos?, para que los tipos puedan llamar… –preguntó Esteban.
–Se están comunicando a la otra línea, la que solo pueden usar mis papás.
– ¿Y la policía ya sabe?
–Sí, pero eso no ha servido de nada, inclusive esa línea telefónica está intervenida; pero siempre que llaman solo se demoran como treinta segundos hablando, y la policía dice que ese no es suficiente tiempo para rastrear la llamada.
–Sí, eso toca que hablen al menos como tres minutos –intervino Edgar.
–Seguro, Sherlock, el master de las investigaciones –dijo Esteban sin abandonar su expresión de angustia reprimida.
– ¿Es que no ha visto las películas? Mire y verá que al menos toca hablar como tres minutos.
–Sí, seguro…
–Y mi mamá está furiosa con mi papá por haber llamado a la policía, dice que lo mejor es pagar el rescate y listo, que la policía puede intentar un rescate y puede ser súper peligroso –dijo Marcela.
–Eso si es tenaz, nunca se sabe qué podría pasar –dijo Edgar.
–Si yo creo que lo mejor es pagar, esa gente es muy peligrosa –opinó Esteban.
Edgar se paró y caminó hasta la chimenea, la cual se encontraba apagada, y se recostó contra el borde.
– ¿Y nunca prenden la chimenea? Aquí está como rico para hacer una reunioncita.
– Oiga, hermano, ¿qué le pasa?, mi novia secuestrada y usted hablando de armar rumbas en su propia casa.
–Tranquilo, Esteban, al menos tu amigo mantiene un espíritu alegre, algo estimulante para lo que han sido estos días –dijo Marcela, sonriéndole a Edgar.
–Sí ve, hermano, es que toca ponerle un poquito de humor a estas situaciones tan calamitosas. Aquí lo único es que con esta alfombra tan gruesa… queda como difícil bailar.
– ¡Nooo!…, mi mamá nos mata si nos ponemos a bailar aquí, eso sí tocaría atrás, en el salón de juegos.
–En donde sea, y aún mejor con esta niña tan linda –dijo Edgar, sonriéndole a la atractiva niña.
–Oiga, pilas, ya tirándole pelota a mi cuñada, además usted está muy chiquito para ella.
–Muy simpático tu amigo. Les prometo que apenas regrese Mónica, hacemos una reunión bien buena –le dijo Marcela a Esteban.
–Eso sí, ese día toca armar tremenda celebración, para que este man se fresquee; no te imaginas Marcelita como ha estado las dos últimas semanas.
Marcela les sonrió a los dos.
–Qué pena, no les he ofrecido nada.
–No tranquila, no te preocupes… ¿pero cómo fue que ocurrió todo? –preguntó Esteban.
Marcela miró alrededor para asegurarse de que nadie más los escuchaba.
–Fue muy rápido. Moni y yo salimos como siempre a las siete a esperar el bus del colegio aquí en frente a la casa. Había un BM azul parqueado al otro lado de la calle. Apenas nos vieron se bajaron cuatro tipos de ese carro, sacaron tremendas ametralladoras… se nos vinieron encima –dijo Marcela mientras se mordía el labio inferior y miraba hacia el techo.
– ¡Uy no!, ¡tenaz! –dijo Edgar volviéndose a sentar––, esos tipos definitivamente se las saben todas.
–Sí, dos de ellos agarraron a Moni mientras los otros dos me empujaron para que yo no me metiera… En ese momento yo me di cuenta de que se la querían llevar, que se trataba de un s*******o… –a Marcela se le salieron las lágrimas.
Esteban y Edgar se miraron sin saber qué decir.
–Yo les dije que mejor me llevaran a mí… mejor dicho, cuando yo vi la cara de mi hermanita y la forma como empezó a gritar. Yo les decía que yo les servía más que ella. Pero no me hicieron caso… La montaron al BM… yo alcancé a ver que la acostaban en el piso. A ese carro le habían quitado la silla del pasajero de adelante para poder acostarla ahí…
– ¿Y no había más gente por ahí? ¿Alguien que hiciera algo? –preguntó Esteban.
–No mucha, a esa hora todavía es calmado por aquí; en la esquina había dos señoras que se quedaron mirando aterradas, y un combito de estudiantes de la universidad de aquí al lado, ¿pero que podían hacer?
–Claro, con cuatro tipos armados hasta los dientes… –dijo Edgar.
–El caso fue que Clarisa, la empleada, escuchó los gritos y alcanzó a salir, pero los tipos ya tenían a Moni en el carro y arrancaron rapidísimo hacia el sur.
–Igual una empleada no puede hacer nada, y pues como todo pasó tan rápido, ni modos de alcanzar a llamar a alguien, supongo… –dijo Esteban.
–Claro, esos tipos ya saben cómo es que van a actuar –dijo Edgar.
Marcela se secó las lágrimas antes de continuar.
–Y así fue como pasó, yo me entré rápido a la casa a avisarle a todo el mundo.
–Tenaz… Pero pues no sé, al menos ya llamaron a pedir el rescate… –dijo Esteban–, es decir, con lo de la foto y todo… al menos sabemos que está bien.
–Si, al menos. Yo te mostraría la foto, pero la tiene la policía.
Esteban se paró de su silla.
–No, no te preocupes, ya nos vamos, tú debes tener muchas cosas que hacer, pero pues cualquier cosa a la orden, lo que sea, yo quedo muy pendiente.
Edgar, parándose también de su silla agregó:
–Oye, en serio que fue un placer conocerte, Marcelita, y cuenta conmigo para lo que sea, y espero que muy pronto tu hermanita esté de regreso.
–Gracias, lo mismo digo, y pues Esteban, te juro que apenas se sepa algo nuevo que valga la pena yo te llamo, esta vez te juro que no se me olvida.
–Gracias Marce, cuento con eso, saludos a tus papás, cuídate.