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1549 Words
7 Esteban había llegado a su casa a las tres de la madrugada. Cuando se despertó, después de las diez de la mañana, sintió un poco de dolor de cabeza, producto de los tragos de la velada de celebración. Se levantó pensando en desayunar con abundante jugo de naranja y enseguida llamar a la casa de Mónica. Después de tomar su desayuno acostumbrado, marcó el nuevo teléfono que ya se sabía de memoria y esperó a que alguien le contestara; ojalá Marcela que era con quien tenía más confianza. –Aló –dijo una voz femenina al otro lado de la línea. – Aló, ¿hablo con Marcela? –dijo Esteban. –Sí, ¿hola Esteban, cómo vas? –Bien Marce, aquí pensándolos, ¿tú cómo vas?, ¿qué ha pasado? –Bien, bien, gracias…, te cuento que llamaron esta mañana, y que vuelven a llamar mañana lunes para señalar un punto de entrega. – ¿Pero por qué tanta espera, tanto misterio? –dijo Esteban sintiendo cómo la sangre se le subía a la cabeza. –Ay, no sé, ya todos estamos al borde de la histeria, los tipos ya tienen la plata y todo, no sé qué estarán tramando ahora… –Esto me parece tenaz, yo no sé por qué juegan así con la gente. Total ya consiguieron lo que querían. –Exacto, yo tampoco entiendo. Mira, yo juro que te llamo mañana apenas se sepa algo, pero es mejor no ocupar mucho estos teléfonos. –Listo, Marce, espero tu llamada, pase lo que pase me llamas por favor. –Te lo prometo, te cuidas. –Gracias, hablamos mañana, suerte. La espera se prolongaba y Esteban ya no estaba tan seguro de que las cosas fueran a salir bien. No había ninguna razón para que los secuestradores demoraran la entrega de esa manera, a menos que la tuvieran escondida en algún lugar alejado de Bogotá y estuvieran cuadrando algo para traerla de regreso a la ciudad. Siendo domingo y sin mucho por hacer, decidió pasar por la casa de Edgar. El día estaba soleado y escogió caminar las veinte cuadras que lo separaban de la vivienda de su amigo. El tráfico era suave a esa hora y algunas de las avenidas estaban ocupadas por los ciclistas, patinadores y la gente que salía a trotar, a caminar o a hacer alguna clase de ejercicio físico. Recordó las dos veces que había salido con Mónica a caminar por estas ciclo vías, cuando habían tomado salpicón o comido mazorca o arepas con queso. Le gustaba que su novia, a pesar de comerse todo lo que le sirvieran, mantenía una figura esbelta, muy seguramente por su edad y por el ejercicio que realizaba casi que a diario en el gimnasio de su casa. Tardó un poco menos de media hora en llegar a la casa de Edgar. Este lo recibió estrechando su mano y lo hizo seguir al estudio. Estando allí, acomodados en las abullonadas poltronas, le preguntó por la suerte de Mónica. Ante la respuesta algo pesimista de Esteban, Edgar decidió entrar en acción. –Mire hermano, yo estuve hablando con el suegro de mi hermana sobre este caso, usted sabe que él es de la policía. – ¿En serio?– dijo Esteban abriendo los ojos–. ¿Y qué le dijo? –Primero que todo, que el s*******o muy seguramente fue realizado, o perpetrado como dicen las viejas de los noticieros, por algún personaje cercano a la familia de ella. – ¿Como un amigo de ellos? –preguntó Esteban. –Sí, un amigo o inclusive un familiar, alguien que conocía no solo el hecho de que ellos tienen plata, sino también sus costumbres, sus horarios, su rutina… –Pues ni idea, yo solo le he conocido a los papás y a la hermana… la que le gustó a usted. –Ah nooo… entonces Marcelita es la secuestradora –rio con fuerza Edgar. Esteban sonrió y dijo. –Y seguramente usted le está colaborando. –Con ella… lo que sea…, se le colabora en todo. –Bueno, pero póngase serio. ¿Y qué más le dijo este señor policía? Edgar se paró de su silla y se puso a mirar por la ventana que daba al jardín de su casa. –Dijo que a esos tipos les gusta jugar con la gente: los ponen a correr de un lado para otro, los ponen a esperar, hacen varias llamadas, cambian los sitios de entrega de la plata, de entrega del secuestrado… – ¿Y para qué hacen todo eso? –preguntó Esteban. –Para confundir. La idea es que si la policía está al tanto de todo, pues no les quede tan fácil caerle a los tipos. –Claro, por eso me imagino que todavía no la devuelven, a pesar de que ya les pagaron como desde el viernes. – ¿Ya les pagaron? –preguntó Edgar, arrugando la frente. –Sí, al papá pudo reunir la plata. Ahora están a la espera, los tipos como que quedaron de llamar mañana. Edgar se quedó pensativo un rato y dijo. – ¿Usted si ha visto lo que consiguió mi papá? –No, ¿qué consiguió? Edgar se dirigió a una esquina del estudio y retiró un pedazo de tela n***o que cubría algo que se hallaba sobre una mesa. Debajo de ésta se encontraba un aparato de radio con micrófono, comúnmente usado por los radioaficionados. –Esto sirve para comunicarse con gente alrededor del mundo –dijo Edgar. –Sí había oído hablar de eso, me acuerdo una vez que me regalaron de navidad unos walkie talkies. Salí a la calle frente a mi casa y terminé hablando con un tipo que era radio aficionado que vivía por ahí cerca. –Lo que pase es que los walkie talkies no tienen mucho alcance, en cambio este aparato sí le permite hablar con quién sea, y en distancias mucho más largas. – ¿Y qué alcance tiene?– preguntó Esteban mientras miraba el aparato. –Si lo usa de día puede cubrir todo el país, de noche puede llegar lejos, inclusive a Estados Unidos. – ¿Y por qué en la noche tiene más alcance? –No sé muy bien, algo que tiene que ver con la ionización, una vaina técnica. –Ah, ¿pero al menos si sabe cómo se prende? –dijo Esteban antes de soltar una pequeña risa. –Tan chistoso –Edgar encendió el aparato y se puso a buscar frecuencias–. Aquí puede uno escuchar lo que está hablando la policía, o los taxistas, o las ambulancias, o cualquier otro radio aficionado que esté al aire en este momento. – ¿Oiga, y si los secuestradores de Mónica hablaran por ahí? Los podríamos escuchar… –Se podría buscar, aunque no creo que usen este sistema, además sería muy difícil coincidir con la frecuencia y la hora exacta en que estuviesen hablando. –Pero si los tipos sospechan que las líneas de la casa de Mónica están intervenidas, ¿no es posible que usen algo así para comunicarse? –De pronto para hablar entre ellos, pero creo que no pueden llamar directamente desde un equipo de estos a un teléfono de una casa –respondió Edgar–, pero si cogiéramos algo sería genial, cualquier cosa con tal de ayudar a la hermana de Marcelita. – ¿Y qué? –dijo Esteban–, ¿ya la llamó? –No hermano, para que le graven la conversación a uno no aguanta. Más bien, cuando usted vaya por allá, me lleva. –Pues apenas se pueda, de una –dijo Esteban–. ¿Pero no le parece que está un poquito mayor para usted? –Nooo, qué va. ¿Cuántos años puede tener?, ¿por ahí dieciséis? –Por ahí, supongo… Mónica ya casi cumple los quince… entonces Marcela debe tener por ahí dieciséis, máximo diecisiete. –Máximo –dijo Edgar con tono forzado. –Bueno, pero como a usted le gustan las veteranas –dijo Esteban antes de volver a reír. –Veteranas, no, mujeres con experiencia. –Pues suerte con eso, de pronto podemos salir los cuatro un día. –Toca ponerle fe al asunto, de pronto por ahí el próximo fin de semana estamos los cuatro en cine o algo así –dijo Edgar. –Esperemos que así sea –dijo Esteban arrugando la boca. – ¿Pero qué?, ¿si le gustó el aparatico? –preguntó Edgar. –Sí, está genial. ¿Pero ustedes para qué lo usan? –Por ahora es la goma de aprender a usarlo bien. Con mi papá nos gusta prenderlo más que todo por las noches que se escucha más claro. Hablamos con otros radio aficionados que nos enseñan a manejar todo lo de las frecuencias y los códigos que ellos usan. –Se ve interesante… –dijo Esteban. –Sí, lo es. Esta noche cuando llegue mi papá lo vamos a prender un rato. –Pues cualquier cosa interesante me cuenta. Yo por ahora voy arrancando porque mi mamá dijo que hoy había ajiaco para el almuerzo, y ya va siendo hora. –Listo, me cuenta cualquier cosa, estamos hablando –dijo Edgar mientras acompañaba a su amigo hasta la puerta de la casa.
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