18
Solo faltaba un día para la audición de Los Cuarenta y Adriana se encontraba sentada en el piso de la sala de televisión de su casa, buscando en la libretica de apuntes el teléfono de su amiga Sandra. Quería asegurarse de que estuviera lo suficientemente preparada para la ocasión, que hubiese estado practicando las canciones que iba a presentar.
Las audiciones para ingresar al grupo siempre habían sido un evento especial. Ya se habían dado en cuatro ocasiones desde su creación. Pensaba en cómo, los que habían estado desde el principio, habían corrido con un poco más de suerte: no se habían tenido que presentar a este concurso tan estresante y demandante. Su único problema, si se le podía llamar así, había consistido en preocuparse por cumplir los horarios de ensayo, una vez habían sido escogidos por Juan, el fundador del grupo.
Recordó el día que todos se reunieron por primera vez en el salón comunal del edificio donde vivía el director. Ella acababa de cumplir los catorce años, pero a pesar de su corta edad, ya había tenido dos noviazgos, todos ellos de muy corta duración. Ese día había conocido a los otros treintainueve miembros del grupo, y desde el primer momento se había fijado en Andrés y en Esteban. Eran los mejor plantados del grupo, los más atractivos, los que más llamaban la atención, no solo de ella, sino de las demás niñas que se encontraban ahí esa tarde. Parecían bastante simpáticos, y se mezclaban con mucha facilidad y naturalidad con todo el resto de músicos. A partir del tercer día de ensayos, decidió que el que más le llamaba la atención era Esteban. Aunque Andrés tenía una voz inigualable y se desenvolvía muy bien frente al micrófono, la fluidez y la energía que Esteban demostraba cuando tocaba la batería, la llevaron a pensar que este muchacho, de cabello castaño, ojos cafés y lindas facciones, debía convertirse en su principal objetivo a partir de ese momento. De ahí para adelante, las cosas se habían presentado de una manera relativamente fácil. Aprovechando su belleza, de la que estaba convencida desde que tenía ocho años, gracias a los constantes halagos de sus padres, profesores, amigos y compañeros, se hizo amiga de Esteban. Sabía que él siempre llegaba quince minutos antes de que empezaran, y ella decidió hacer lo mismo con el fin de tener algo de tiempo para conversar y socializar con su nuevo amigo. Al cabo de unos pocos días, se habían convertido en muy buenos amigos. Sabía que le había gustado mucho a Esteban y le pareció perfecto llegar a tener un nuevo novio dentro del grupo. Cuando llevaban un poco menos de un mes practicando, Esteban decidió invitarla a cine; y fue a partir de ese día, estando en el oscuro teatro viendo una película de los Trinity, con Terence Hill y Bud Spencer, después de un inocente pico en los labios, que se convirtieron en la primera pareja de novios de toda la naciente agrupación musical.
Adriana, sentada en el tapete de su casa, recordaba y se arrepentía de cómo habían sucedido las cosas en ese entonces. Cuando todo iba tan bien, y de un momento a otro, por su culpa, las cosas se habían dañado. A la casa de sus vecinos había llegado un gringo de Michigan a hacer un corto intercambio de dos meses. El muchacho era bastante atractivo, con su pelo rubio, ojos azules, estatura perfecta y muy buen cuerpo. En las reuniones del barrio, generalmente fiestas bailables que empezaban a las tres de la tarde y terminaban a las ocho de la noche, ella siempre terminaba bailando con el joven extranjero, aunque él no tuviera la más mínima idea de lo que significaba bailar. Entre el inglés que Adriana estaba aprendiendo en el colegio, y el escaso español del gringo, lograron entablar una relación de algo más que amigos. Estaba muy contenta con su novio Esteban, pero la atracción que el vecino norteamericano ejercía sobre ella era insuperable. Trató de mantener las dos relaciones en simultánea, pero una noche, cuando menos se lo esperaba, estando ella sentada en la sala de su casa compartiendo con el gringo, Esteban llegó a visitarla. Antes de que timbrara, su novio de Los Cuarenta pudo ver a través de la ventana lo que adentro sucedía, debido a que esta solo estaba cubierta por un velo que, gracias a la luz interior proveniente de la sala, lo volvía casi que transparente para los que miraban desde afuera. La escena, para los que desde adentro participaban de ella, era bastante interesante, pero para Esteban, observándolo todo desde el antejardín, incluyendo la forma como el gringo acariciaba y besaba a Adriana, fue casi como una cuchillada en el corazón. Al día siguiente, al llegar al ensayo, Esteban enfrentó a Adriana y dio por terminadas las cosas. Ella trató de convencerlo de lo contrario, diciéndole que solo se había tratado de una pequeña aventura con un muchacho de intercambio que en menos de dos semanas se marcharía de regreso a su país; que ella en realidad no quería nada con nadie que no fuera él, que estaba dispuesta a no volverlo a ver. Pero la decisión ya estaba tomada, la confianza se había perdido, además de la ilusión que se había venido formando durante las últimas semanas. "Tú eres muy linda y especial Adri, pero el día que tomes las cosas en serio te va a ir mucho mejor", le había dicho para terminar con todo. Por más que Adriana rogó, pidió perdón, insistió y hasta lloró, el que había sido su novio no dio su brazo a torcer. Recordaba cómo le había dolido, lo mal que se había sentido por esos días; de lo difícil que había sido para ella llegar a los ensayos y verlo practicando, compartiendo con sus compañeros, riendo con las otras mujeres del grupo. Dos años después, aún se presentaban momentos en los que sentía que no lo había podido superar. Seguía arrepentida por lo que había hecho, por no haber tenido la voluntad de negarse a los atractivos del norteamericano. Pero también pensaba que cuando todo había sucedido, apenas había sido una niña de catorce años que no sabía lo que hacía, y que hubiese merecido tener una segunda oportunidad. Y ahora pensaba que seguía mereciéndose esa oportunidad; que a pesar de todo el tiempo que había pasado, no existía una verdadera razón para que no pudiese volver a estar con Esteban. Pero él ya estaba con alguien más, y no parecía ser cualquier persona, por lo menos eso le había parecido en las dos ocasiones en que la nueva novia de él había estado en el estudio. Era una niña muy linda, de una belleza inigualable, desde los pies hasta la punta del pelo, y lo peor de todo es que se lo veía muy entusiasmado con ella; parecía totalmente entregado a todo lo que tuviese que ver con ella. Pero lo peor no era eso, ahora la quería meter al grupo. Se rumoraba que era una pianista excepcional, que tenía muy buena voz. Definitivamente era una combinación explosiva: belleza y talento. Con ella en el grupo, cualquier intento para tratar de reconquistarlo sería infructuoso, sería una pérdida de tiempo y energía. Lo único que quedaba era tratar de frenar la entrada de esa niña a Los Cuarenta; y para eso estaba su amiga Sandra, con una cara hermosa y unos preciosos ojos verdes, y con un talento y un conocimiento musical inmensos, lo que la convertían en una candidata sobresaliente para ocupar esa vacante que no podía caer en manos de la que ahora se estaba convirtiendo en su nueva rival.
Decidió coger el teléfono y llamar a su amiga.
–Por favor, Sandra–, dijo cuando escuchó que alguien contestaba. Al cabo de unos segundos reconoció la voz de su amiga al otro lado de la línea.
–Sí, ¿quién habla?
–Hola, Sandra, ¿cómo vas?
– ¿Qué hubo? ¿Cómo le ha ido? Contestó Sandra con un tono neutro.
–Bien… bien… aquí pensándote mucho.
– ¡Qué bien!, entonces estamos correspondidas.
–Lógico… siempre me acuerdo mucho de ti y sobre todo ahora que tenemos planes en común.
–Sí… claro… ¿y a qué se debe el tuteo? –preguntó Sandra.
– ¿No te parece que suena como feo hablarnos de usted?
–Es que siempre lo hemos hecho…
–Yo sé, pero ahora que nos volvimos a ver, y que vamos a estar juntas en el grupo, entonces me parece que suena más bonito… como de verdaderas amigas.
–Supongo… ¿y al fin eso es mañana?
–Sí, para eso te llamaba… y para ver cómo estás… lógicamente.
–Bien, aquí practicando.
– ¿Y cómo va eso?
–Ya tengo varias opciones para presentar, dos de violín, dos de piano y tres de canto, creo que ya estoy lista.
– ¡Perfecto!, ¿y qué tienes preparado para el violín?
–Adagio en G menor de Albinioni, la voy a tocar al principio en su forma original y después le cambio el tempo para acelerarla un poco para que suene más modernita.
–Suena como interesante…
–Suena súper bien, ya va a… o más bien, ya vasss a ver mañana –dijo Sandra riendo.
– ¿Y para lo del piano qué tienes?
–Una versión de solo piano de "Baba O’ Riley" de The Who.
–– ¡Uy, súper!
–Sí, es complicadita, pero suena bien.
– ¿Y qué vas a cantar?
–Estoy entre "If I can´t have you”, la de "Fiebre de Sábado por la Noche", "Dancing Queen" de Abba, y "Mac Arthur Park" de Donna Summer.
–Yo me iría con la de Abba, pero las tres opciones suenan bien.
–Eso lo decido mañana cuando llegue al sitio, depende de la energía que sienta, y si llego a pasar a la final, entonces canto alguna de las otras –dijo Sandra.
–Energía es lo que le tienes que poner porque la competencia está fuerte.
– ¿En serio? Entonces mejor no me hago ilusiones…
–Nooo… para nada, tú vas a estar sobrada… solo hay una niñita por ahí que dicen que es buena en el piano, pero nada más.
– ¿Niñita buena en el piano?
–Sí, es la novia del baterista número uno del grupo… pues de Esteban, él que salió conmigo…
–Sí, claro que me acuerdo de Esteban.
–Ella quiere entrar y según dicen, dizque es muy buena.
–Tocará ser mejor que ella, entonces –dijo Sandra.
–Yo sé que tú vas a ser la mejor, no me cabe la menor duda.
– ¿Y al fin es a las cuatro?
–Cuatro en punto, si puedes llegar un poquito antes sería mejor, yo voy a estar ahí.
–Perfecto, Adri, yo llego antes de las cuatro… ¿tú que crees que me debo poner?
–Algo que los conquiste a todos… y a todas, a ver… no sé, a mí me encantó la pinta jamaiquina que tenías el otro día.
– ¿Si se puede así de corrida? –preguntó Sandra.
–Claro, ni que fuéramos la sinfónica de Londres…
Ahora solo quedaba esperar que su amiga hiciera una presentación fuera de serie, algo que dejara descrestado a todo el grupo. El talento estaba ahí, la belleza no faltaba, solo quedaba confiar en que todo saliera bien, y si no salía tan bien, ella estaría ahí para darle una mano en lo que fuera necesario.