El amanecer encontró a Stormholt envuelto en una paz engañosa. En Londres, mientras la ciudad despertaba bajo un manto de nieve sucia, Alistair Blackwood observaba con satisfacción malsana las imágenes del "Savannah's Table" reducido a escombros humeantes. Las llamas habían consumido no solo madera y tela, sino setenta años de historia familiar. Su sonrisa se amplió al leer el mensaje que acababa de enviar a Stormholt: "La primera llamada es una advertencia". Recordaba cada detalle de su humillación pública - cómo Elara Vance, esa intrusa, lo había desarmado ante sus pares con documentos que creía imposibles. La tregua había sido solo un respiro estratégico, pero ver su nombre elogiado en cada reporte financiero, testimoniando su creciente fortaleza, quebró su ya frágil autocontrol. Esta e

