Al otro día, Julia y Alejandro se cruzaron en una colina chiquita con vista al mar. El sol se asomaba medio dormido en el horizonte, pintando el cielo con colores cálidos y dorados. Estaban ahí, rodeados por la paz de la naturaleza, solo interrumpida por el susurro relajado de las olas.
Julia se envolvió en una manta, sintiendo el aire fresco del amanecer. Y Alejandro, con esa mirada de emoción, sacó un cofre re chiquito de su mochila.
"Che, Julia," arrancó Alejandro, agachándose frente a ella, "este nuevo capítulo de nuestra historia merece un símbolo. Adentro de este cofre, guardé algo bien copado."
Cuando lo abrió, se mandó dos collares enlazados, cada uno con una piedra que brillaba como si tuviera el amanecer adentro. Julia se quedó boquiabierta con la joya.
"Alejandro, están re lindos", tiró ella.
"Estos collares son el símbolo de nuestro lazo irrompible", dijo Alejandro, tomando uno y poniéndoselo a Julia. "Cada piedra significa un momento, una elección, y juntos, forman un brillo único. Yo prometo ser tu compañero en cada amanecer y atardecer, en cada marea que sube y baja."
Julia sonrió emocionada, agarrando el otro collar. "Y yo te prometo lo mismo, Alejandro. Que estos collares nos recuerden de nuestra promesa mientras encaramos este nuevo capítulo."
Se abrazaron con cariño, sellando su compromiso con un beso bajo el cielo que se estaba despertando. El sol, testigo piola de su amor, subía más alto en el cielo, iluminando el camino para lo que venía. ¿En serio, no es una historia que te llena de buen rollo? ¡Jajaja!
Julia y Alejandro decidieron meterse de lleno en los caminos del compromiso que se les desplegaban. Arrancaron en un viaje simbólico, caminando por un bosque donde los árboles contaban historias viejas y el suelo crujía con cada paso. El paisaje reflejaba su amor: a veces denso y oscuro, otras veces iluminado por rayitos de sol que se colaban entre las hojas.
Mientras avanzaban, se cruzaron con señales que marcaban momentos clave de su relación. En un claro, hallaron una piedra con la fecha en que se conocieron en la ciudad costera. En otro lado, una flor despuntaba en el camino, recordándoles el jardín donde renovaron su amor.
El sendero los llevó a una cascada que caía en cascada, simbolizando la fuerza y la constancia de su compromiso. Alejandro metió la mano y dejó que el agua fresca le corriera entre los dedos, como una metáfora de cómo su amor fluyó entre momentos picantes y tranquilos.
"A ver, Julia," soltó Alejandro con una sonrisa cómplice, "cada paso acá es una elección de compromiso. Cada raíz que pisamos es una lección aprendida, y cada rincón es una aventura nueva que encaramos juntos."
Julia asintió, captando la onda del momento. "Estos senderos son testigos de nuestro crecimiento, de cómo bancamos las curvas inesperadas y festejamos las vistas copadas. Acá, en plena naturaleza, veo reflejada nuestra travesía."
Seguían caminando y se toparon con una puerta tallada en un árbol añejo. Al abrirla, se encontraron en un claro iluminado por luciérnagas, donde sus sombras bailaban al ritmo de la luz titilante.
"Este clarito es la magia de nuestro amor", tiró Julia, mirando alrededor. "Aunque la noche esté más oscura, encontramos la luz el uno en el otro."
Se sentaron en el pasto, contándose anécdotas y riéndose mientras las luciérnagas los rodeaban. Charlaban de sus sueños, de los desafíos que superaron y de las promesas que cumplían. En el silencio de la noche, sus palabras sonaban como un eco en el bosque, llenando el aire con la esencia de su conexión.
Con la luna en lo alto, decidieron volver al sendero. Con cada paso, sentían que sus lazos se hacían más fuertes. El compromiso no solo estaba en las promesas que decían, sino en la elección diaria de caminar juntos, de encarar lo desconocido agarraditos de la mano.
Al llegar al final del sendero, Julia y Alejandro se frenaron para contemplar el paisaje panorámico. A lo lejos, veían un horizonte lleno de oportunidades y promesas. Con los corazones llenos y una determinación renovada, se abrazaron bajo la luz de la luna, listos para seguir su viaje por los senderos del compromiso. ¡No es joda, qué emocionante todo esto! Jajaja.
A la mañana siguiente, Julia y Alejandro se cruzaron en el mercadito del pueblo, un lugar lleno de vida, colores y sonidos. Recorriendo los puestos de artesanías y comiendo algo fresco, se dieron cuenta de que cada cosa tenía su propia historia, igual que las piezas que formaban su historia de amor.
Decidieron visitar a un tipo grande que vendía tapices, un veterano en el asunto, con ojos vivos y manos curtidas por la artesanía. Les tiró la bienvenida.
"Aquí en cada tapiz, los hilos se entrecruzan para armar una imagen única", les explicó el veterano. "Su historia es como estos hilos, mezclando vivencias y decisiones para armar algo re lindo."
Julia y Alejandro miraban embobados mientras el veterano desenrollaba un tapiz que contaba la historia de una pareja a lo largo de los años. Cada parte tenía su cuento: desafíos que superaron, momentos de puro goce, y capítulos que todavía no habían vivido.
"Aunque estén en la oscuridad más total", tiró el veterano, "los hilos de amor y compromiso pueden armar patrones espectaculares. No subestimen el poder de sus hilos entrelazados."
Inspirados por las palabras del veterano, Julia y Alejandro se mandaron a hacer su propio tapiz. Eligieron hilos que representaban momentos copados de su historia: uno dorado para su primer encuentro, otro azul para el bosque encantado, y así seguía la lista. Mano a mano, arrancaron a tejer, armando un tapiz que reflejaba la riqueza de su conexión.
Mientras laburaban, recordaron momentos compartidos: las risas en el mercado, las charlas en el monasterio, y la onda del jardín de flores. El tapiz se iba convirtiendo en un testimonio palpable de su amor, una obra maestra que contaba la historia única de dos almas que se la bancaban juntas.
Después de horas de laburo, el tapiz estaba listo. Lo colgaron en un lugar re especial en su casa, donde les pudiera recordar la belleza de su amor todos los días. Se quedaron parados, mirando con admiración los hilos que formaban un dibujo único.
El veterano les tiró una sonrisa. "Cada hilo tiene su historia, pero juntos forman algo más grande. Así es su amor: un arte que está en constante evolución."
Cuando se fueron del puesto del veterano, Julia y Alejandro no solo llevaban el tapiz físico, sino también la idea de que cada elección y vivencia sumaba a la textura única de su historia de amor.
Esa noche, mientras miraban las estrellas desde su ventana, reflexionaron sobre el día y la creación del tapiz. Con los corazones llenos de agradecimiento, se dejaron llevar por un sueño lleno de sueños compartidos, listos para encarar los capítulos que venían en su historia tejida con hilos de amor. ¡Y bue, así es la cosa, ¿me entendés?! Jajaja.