LA BATALLA CON EL DRAGÓN
En las áridas y ardientes afueras del reino de Isagar, Lans corría desesperadamente entre llamas y escombros, escapando del aliento abrasador de un majestuoso dragón azul, uno de los últimos de su especie. La criatura, de escamas relucientes como zafiros y ojos ígneos, lo perseguía con furia descomunal. Lans tenía una misión: debía arrancar el corazón del dragón y llevarlo de regreso a su aldea. Solo así sería reconocido como un guerrero digno del linaje de Felian.
Se sentía acorralado, atrapado entre la roca y el fuego. Por un momento, pensó que aquel sería su final. Pero en un impulso inesperado, sus alas se desplegaron con fuerza. Con un bramido de determinación, alzó el vuelo, cortando el cielo con desesperación mientras el dragón se elevaba tras él. Mientras ascendía, recordó los labios de Serenidad, los besos que compartieron en aquel encuentro fugaz, y ese recuerdo encendió en su pecho un fuego más fuerte que el del dragón. No podía morir aún. Tenía razones para vivir… y para triunfar.
Durante la batalla aérea, fue golpeado una y otra vez. A pesar del entrenamiento, cada embestida del dragón lo debilitaba. En uno de los ataques, una llamarada directa alcanzó su ala izquierda, quemando parte de su membrana. Su vuelo se tornó torpe. Cayó varias veces, lastimándose gravemente. Sin otra opción, decidió luchar desde tierra.
Se incorporó lentamente, respiró hondo y desenvainó su espada. Corrió hacia la bestia. El dragón descendió rugiendo, abriendo sus fauces. En un acto valiente y certero, Lans se deslizó por debajo de su cuerpo y clavó la espada justo en el corazón. La sangre azul del dragón salpicó su rostro, caliente y espesa como lava. Instintivamente, dio un salto hacia atrás. El dragón tambaleó, herido de muerte. Lans no lo dudó. Trepó sobre su espalda y hundió su espada por segunda vez. La criatura lanzó un grito devastador antes de soltar su último aliento.
Con rapidez, Lans tomó su espada y abrió el pecho del dragón. Introdujo su mano desnuda en la cavidad palpitante y extrajo una piedra brillante, de color púrpura oscuro: el corazón del dragón azul. Aquella gema mágica, de origen ancestral, otorgaba poderes extraordinarios a quien la poseyera. Poderes aún desconocidos incluso para los sabios de Adamah.
Sin pensarlo, Lans cortó la punta de su dedo con el filo de su espada, dejando que una gota de su sangre cayera sobre el corazón del dragón. La piedra se iluminó con una intensidad cegadora. La levantó al cielo y con voz temblorosa pero firme gritó:
—¡Soy Lans, príncipe de Adamah! ¡Nada ni nadie podrá detenerme!
EL REINO DE PARÍS
París, uno de los reinos más antiguos y poderosos de Adamah, estaba custodiado por dos grandes ríos a sus lados y protegido por las imponentes montañas de Merian. Su riqueza provenía de sus profundidades: las minas, rebosantes de oro, piedras preciosas y diamantes, sostenían la economía más robusta del continente. El lujo era parte del día a día, y sus habitantes vivían rodeados de belleza, arte y opulencia.
De entre todas las familias nobles, los Thermopolis destacaban por su linaje. Durante siglos habían sido los más influyentes, superando incluso al poder del nuevo emperador, Eliot. Sin embargo, entre todos sus miembros había una excepción: Amelia, la hija menor.
Amelia era una joven distraída, de mirada soñadora y pasos torpes. Siempre parecía provocar accidentes sin querer, como si la mala suerte la persiguiera. Algunos decían que estaba maldita, otros que era solo una torpe sin remedio, y no faltaban quienes se burlaban cruelmente de ella. Avergonzada, entró en una profunda tristeza y se recluyó en su habitación durante años. Nadie volvió a verla.
Los rumores crecieron. Algunos aseguraban que su propio padre, avergonzado por su comportamiento, la había asesinado y conservaba su cuerpo embalsamado. Decían que su silueta podía verse a través de la ventana cuando el sol se colaba en la habitación. Pero la verdad era otra.
En su aislamiento, Amelia descubrió un mundo nuevo dentro de su biblioteca personal. Se sumergió en libros de magia y hechicería, estudiando día y noche. Con el tiempo, fue capaz de mover objetos, transformar animales, levitar y hasta experimentar con la teletransportación. Su talento era real. La “chica torpe” estaba destinada a convertirse en algo mucho más poderoso de lo que jamás imaginaron.
París, aunque hermoso, escondía una sociedad llena de intrigas y habladurías. Las mujeres competían en apariencia y los caballeros vivían entre lujos y vanidad. Por eso Jenny, la sacerdotisa, había decidido vivir en las afueras del reino, alejada del veneno social. Ahora, sin embargo, estaba feliz. Había encontrado una nueva familia: Serenidad, Ángel y ella misma. Los astros del destino comenzaban a reunirse.
AMELIA, LA CHICA HECHICERA
Al amanecer, tras un descanso merecido, Jenny, Serenidad y Ángel se prepararon para partir. Su objetivo era claro: continuar la búsqueda de los astros. Aunque no sabían exactamente a dónde ir, decidieron dirigirse a Gaya, el reino más próximo.
En el centro del pueblo, mientras tomaban provisiones, oyeron historias sobre una joven llamada Amelia, hija de la familia Thermopolis. Las versiones eran aterradoras: que estaba muerta, que su espíritu vagaba por la mansión, que nadie la había visto en años. Jenny, preocupada por la posibilidad de un alma atrapada, decidió ir a la mansión a investigar.
La casa Thermopolis era imponente. Jardines bien cuidados, fuentes de mármol, columnas talladas… parecía más un palacio que un hogar. Cuando tocaron la enorme puerta de madera, un hombre mayor, de baja estatura y cabellos plateados, los recibió con amabilidad. Estaba vestido con telas finas provenientes del reino de Isagar.
—Bienvenidos a la mansión Thermopolis. Soy el conserje de la casa. ¿En qué puedo ayudarles?
—Buscamos a la señorita Amelia —respondieron los tres al unísono.
El hombre los invitó a entrar. Cruzaron el gran vestíbulo, adornado con vitrales de colores y candelabros colgantes. Les pidió que tomaran asiento en la majestuosa sala principal y les prometió que en breve serían atendidos.
Lo que no sabían… era que Amelia los estaba observando desde arriba, oculta tras una cortina encantada.