EPISODIO 9

1037 Words
LA FORJA DEL GUARDIÁN I. EL TEMPLO ENTRE LOS TIEMPOS En la lejanía del norte de Adamah, donde los vientos silban como si arrastraran las voces de los antiguos y las montañas se visten de hielo eterno, existe un templo olvidado, oculto entre las ruinas del tiempo y la indiferencia de los reyes. Este es el Templo de Thalvarin, erigido por los primeros sabios de la Orden del Umbral, una organización que alguna vez sirvió como el equilibrio entre la luz y la sombra. Aquí es donde la historia de Rhen, un joven herrero con un pasado enterrado en cenizas y un futuro aún más incierto, comienza a forjarse. Rhen no era más que un huérfano de las guerras menores del este, adoptado por un herrero anciano de la ciudad de Nareth. Desde niño mostró una habilidad innata para la metalurgia. A los once años ya era capaz de doblar hierro como si fuera arcilla, y a los trece creó una espada tan equilibrada que llamó la atención de los mercenarios que pasaban por la ciudad. Pero Rhen no sabía que en su sangre corría el legado dormido de los Forjadores Eternos, un linaje de artesanos que daban vida a sus creaciones con el poder de la energía vital. Fue una noche tormentosa cuando un extraño llegó a la forja de Rhen. Vestía una capa de plumas negras y su voz era como la grava bajo un río. No pidió armas, ni armadura. Solo pronunció una palabra: "Thalvarin". Luego le entregó un mapa y desapareció entre la lluvia. Al día siguiente, el anciano herrero estaba muerto, sin heridas visibles, pero con los ojos abiertos en una expresión de absoluto terror. Impulsado por la pérdida y la intriga, Rhen partió siguiendo el mapa. Cruzó ríos helados, enfrentó bestias de montaña y esquivó bandidos hasta que, al borde de la muerte, encontró el templo. Era una estructura colosal, tallada directamente en la montaña, con puertas de obsidiana marcadas por runas que brillaban con luz propia. Al cruzar el umbral, una energía densa y antigua lo envolvió. Dentro, el aire estaba impregnado de poder. Estatuas de sabios y guerreros antiguos lo observaban desde las sombras. En el centro del templo había un yunque de cristal rojo, y sobre él, flotando, una chispa azul suspendida en el vacío. Rhen no sabía por qué, pero supo que debía tocarla. Al hacerlo, un torrente de recuerdos ajenos inundó su mente: guerras antiguas, juramentos sagrados, traiciones y sacrificios. Cuando abrió los ojos, la chispa había desaparecido, y en su palma derecha brillaba una marca: un círculo partido por un rayo. La voz de los ancestros le habló: "Eres el último de los Forjadores Eternos. El equilibrio se quiebra. Tu deber es restaurarlo". II. LA PRUEBA DE LAS LLAMAS VIVAS Durante semanas, Rhen entrenó dentro del templo. Las estatuas, que parecían solo decorativas, despertaban por la noche y lo instruían. Los sabios de piedra, ahora animados por la chispa que habitaba en Rhen, compartieron con él los secretos de la Forja Viva: un tipo de herrería que requería no solo fuego y metal, sino alma, intención y verdad. La prueba final fue forjar su propia arma sagrada. No cualquier hoja ni martillo, sino un símbolo del equilibrio. Para ello debía enfrentar a las Llamas Vivas, espíritus elementales del fuego que residían en la Cámara del Núcleo. Estas llamas podían consumir no solo carne, sino voluntad. Muchos aspirantes antiguos habían fallado. Rhen entró a la cámara sin armadura, sin herramientas. Solo con la marca en su mano. Las Llamas se alzaron como serpientes de fuego azul, siseando verdades dolorosas al oído: "Eres débil", "Eres solo un niño abandonado", "Forjas para otros porque temes forjarte a ti mismo". Cada frase era un golpe al alma, una prueba de carácter. Rhen cayó de rodillas, pero no cedió. Recordó la sonrisa de su padre adoptivo, la calidez del fuego en la forja, el sudor en su frente después de cada trabajo bien hecho. Entonces gritó: "¡Yo elijo mi fuego!". Y su cuerpo se envolvió en llamas doradas, puras y cálidas. Las Llamas Vivas se inclinaron ante él. Rhen había sido aceptado. De las paredes emergieron metales imposibles: Mithryl iridiscente, obsidiana viva, esencia de estrella caída. Rhen trabajó por siete días y siete noches, sin descanso, sin hablar, guiado solo por su instinto y la energía del templo. Al final, creó una lanza de triple hoja, con un asta que parecía latir con vida propia. La llamó "Equilibrio". III. EL DESPERTAR DE LOS GUARDIANES  Con su lanza en mano, Rhen salió del templo como un ser nuevo. Su piel tenía marcas de fuego antiguo, y sus ojos ahora veían más allá del plano mortal. Al cruzar las montañas, los cielos se oscurecieron. Bestias que no debían existir comenzaron a asolar las aldeas del norte. El mundo estaba despertando, y no todo lo que salía de su sueño era benigno. En una aldea cercana, encontró a los primeros Guardianes dormidos: antiguos guerreros convertidos en piedra al finalizar la Gran Guerra de los Doce Reinos. Su lanza brilló al acercarse a ellos, y al tocar la base de una de las estatuas, esta se quebró revelando a un hombre de armadura negra con runas brillantes. Uno a uno, Rhen despertó a los Guardianes. Algunos lo reconocieron. Otros lo enfrentaron. Todos terminaron aceptando su liderazgo. Juntos, formaron una pequeña legión de élite. Rhen los condujo al norte profundo, donde un antiguo horror, conocido como "El Olvido Sin Rostro", comenzaba a resurgir. En las ruinas de una ciudad congelada, encontraron el portal que este ser estaba usando para filtrar su energía al mundo. La batalla fue brutal. Los Guardianes luchaban como si el tiempo no hubiera pasado, mientras Rhen se enfrentaba a la proyección del Olvido, una criatura hecha de sombra líquida, ojos infinitos y risas que desgarraban la mente. Rhen cayó varias veces, pero su lanza, viva como él, lo protegía. En el instante final, se lanzó al núcleo de la criatura, atravesándolo con su arma, liberando una onda de luz que barrió la corrupción de la región. El portal se cerró, pero no sin antes susurrarle una advertencia: "Esto es solo el principio. Los dioses antiguos vuelven. No estás preparado".
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