Le hago un gesto con la cabeza a Roberts para que llame al ascensor. —No esta noche.— Los Roberts me acompañan al ático. Al menos mantiene la trampa cerrada. Mis padres están en el comedor. Se quedan en silencio a mitad de la conversación. —¿Hijo? ¿Has comido?— mi madre llama. Me obligo a detenerme en la puerta y asiento con respeto. —Comí en el muelle—. —Esa basura es terrible para ti—. Ella me escanea. Mi padre le habrá contado lo que yo sospechaba, lo que ahora sé. —Voy a estudiar antes de acostarme—. Es una de nuestras mentiras educadas. Como cuando mamá dice que le va a dar migraña o papá dice que se quedó dormido accidentalmente en el sofá de su estudio. —Buenas noches—, dicen. Ya estoy al final del pasillo. Me quito los zapatos y me dejo caer en el colchón, alcanzando el co

