Me encojo de hombros. No quiero mentirles. No si no es necesario. —No puedes rechazar a tu pareja—, dice Annie. —Supongo que puedes—. El rostro de Annie se contrae de horror. Gran parte de su ansiedad se manifiesta en torno al asunto de la pareja. Está aterrorizada de no encontrarlo nunca, o de aparearse con un macho treinta años más joven o algo así. Solía ser atormentada por los mismos pensamientos nocturnos. Quizás mi pareja murió cuando era un cachorro. Tal vez sea un macho de la Última Manada, y nunca lo conoceré porque vive en una guarida en algún lugar como un lobo las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Tal vez el destino contó mal y le sobró una hembra cuando emparejó a todos. Tal vez hay algo malo en mí que me hace fundamentalmente no digno de ser amado.

