Está de pie junto a mí, inmóvil excepto por su pecho agitado, con las piernas apoyadas y esa maldita chaqueta en la mano, mirándome llorar. —¡vete!— Finalmente, dobla lentamente la chaqueta y la coloca frente a mí en el suelo. Luego busca en su bolsillo delantero y saca un cuadrado blanco. Una servilleta de tela. Lo reconozco. Lo coloca encima de la chaqueta. Se lleva la mano a la espalda y saca mi tirachinas, colocándola con cuidado encima de la pila. Es el que le quité a Danny cuando se comió las galletas que había escondido en el congelador. El que Nick me robó ese día en la biblioteca. Mis lágrimas se detienen de pura sorpresa. Él no sabe cómo se supone que debes hacerlo, tal vez ni siquiera sepa lo que está haciendo, pero me está dando sus marcadores. —Nunca volveré a dejarte—,

