—Estoy usando tu chaqueta—. —Es una chaqueta, no un bocado—. Me estremezco. Aprieta los dientes. —Lo siento—, murmura. —No eres tan amable con las damas, ¿verdad?— —No tengo por qué serlo—. Bien, eso es cierto. Vuelvo a acortar mis pasos, no de forma obvia, sólo para ver. Él desacelera un poco más. Tiene que parecer raro. Es un tipo grande con zancadas largas y, en este punto, casi está caminando hacia el altar como una novia. —¿A qué clase vamos?— él pide. —¿No lo sabes? Tú eres quien marca el camino—. Me lanza una mirada arrepentida. —Aritmética general—, respondo. —¿En el salón de matemáticas?— —Sí. Bueno, detrás del salón de matemáticas—. Por suerte para ambos, vamos en la dirección correcta. No sé sobre su gente, pero estoy seguro de que todos los carroñeros con vista a

