―¿Qué dice?, ¿a qué se refiere? ―me dijo ella con cara de asombro.
―Perdone, estaba pensando en otra cosa, ¿podría consultar un libro? ―la pregunté volviendo al tema que me había llevado hasta allí.
―Para eso estoy aquí, para facilitar al que lo necesita, la información deseada ―me contestó con una sonrisa―. Si me dice de lo que se trata y lo tenemos, le puedo decir dónde se encuentra.
―Bueno, pero es que no lo sé, busco algo, ¿dónde lo podría encontrar? ―la dije un poco más bajo, como avergonzado, porque me estaba escuchando al mismo tiempo que lo decía, y veía lo torpemente que me estaba expresando, los nervios que tenía no me dejaban ni hablar bien.
―Si me da alguna pista, seguro que puedo ayudarle ―me dijo ella sonriendo.
―Los Secretos de Fátima ―la dije enseguida, mirando al suelo sin atreverme a mirarla.
―En mi mesilla de noche ―me contestó ella inmediatamente sin pararse a pensarlo.
Yo asombrado por su respuesta, le eché una mirada de arriba abajo, tratando de analizarla, “¡Vaya forma de querer llamar mi atención!”, pensé.
No, no parecía de esas chicas que les gustara hacerse notar, su aspecto era el de una persona seria, al menos por su vestimenta. Llevaba una falda gris con tablas y un suéter también gris, pero de un tono más oscuro, el pelo recogido en un moño. Iba sin nada de maquillaje, daba la impresión de que era una persona formal y educada. No entendía por qué me había dado esa contestación, que yo consideraba tan rara o poco apropiada.
Fui a decirle que estaba hablando en serio, pero ella no me dejó pronunciar palabra cuando siguió.
―Es uno de mis libros favoritos y desde que le tengo, le he leído tantas veces que me le sé de memoria, pero nunca nadie me lo ha pedido aquí en la biblioteca, pues que yo sepa al que le interesa el tema, se va y se lo compra en una librería ―Me lo estaba diciendo bastante seria, y yo aún sorprendido por su respuesta seguía mirándola.
―Pero ¿los secretos?, ¿secretos?, no los que son de dominio público ―le dije bajito.
―Pero ¿es que hay más secretos?, pues eso me interesa ―me dijo con tono de curiosidad, acercando su cabeza a donde estaba yo, y así hablar más despacio.
―Eso trato de averiguar ―la respondí también bajito, no quería que nadie me escuchara.
―Venga le mostraré todo lo que tenemos sobre el tema, a ver si hay algo que le ayude en su tarea ―me contestó de pronto, y por su voz noté su gran entusiasmo.
Dejando su puesto de trabajo, andando con paso ligero, tanto que me costaba seguirla, fue por los pasillos de la biblioteca, hasta llegar a uno de los más alejados, y muy solitario, se veía que no era muy visitado, ella paró en seco y volviéndose me dijo:
―Aquí está todo el material que tenemos sobre Fátima, pero si quiere cuando cerremos la biblioteca le puedo indicar una librería, que conozco bien, donde también podrá encontrar algo del tema que le puede interesar. Me lo estaba diciendo mientras me mostraba con su mano las estanterías donde vi varios libros, que supuse hablarían de lo que me interesaba.
Me sorprendió la forma en que me estaba hablando, no sé si le había escuchado bien que quería acompañarme y la pregunté algo confundido:
―¿Por qué no me da la dirección y yo mismo voy, después de mirar lo que tiene por aquí?
―Como le he dicho, es un tema que me interesa desde hace tiempo y yo sé dónde están las cosas, en que estantería, si fuera solo, seguro que no lo encontraría. Bueno si no le importa que le acompañe, claro está ―añadió ella.
Como me pareció muy juiciosa quedamos en que iba a ver todo lo que había por aquí, y a la hora de salir nos encontraríamos en la salida.
Ella estuvo de acuerdo y se marchó con paso decidido, a su puesto de trabajo. Y a abrir aquella puerta, que de un manotazo había cerrado para poder venir conmigo a mostrarme el lugar donde estaba el material que me podía interesar.
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Ese día me había puesto unos pantalones, los más viejos que tenía, y mi camisa de cuadros verdes, esa que ya no me ponía hace tiempo, de lo desgastada que estaba y con la que mi madre ya no me dejaba salir a la calle, con las mangas subidas, me dirigí al encuentro de mis compañeros, bueno, serían mis compañeros desde hoy, pues me habían asignado el trabajo con ellos, cuando les dije que me gustaría ayudar en algo.
Ya había acabado el curso y estábamos en vacaciones y como no se presentaban muy divertidas este verano quería hacer algo distinto.
Un día escuché a un grupo de estudiantes, en el patio de la facultad, que comentaban lo que habían hecho el verano pasado, y como me pareció extraño me paré a enterarme mejor. Creí haber escuchado que habían hecho de albañiles, no podía ser cierto, seguro que me había equivocado, así que se lo pregunté.
―Sí, ¿qué hay de raro?, hemos estado arreglando la casa de unas personas que necesitaban que alguien les echara una mano ―me contestó una de las chicas que se encontraba en aquel grupo.
Me lo dijo con voz normal, como si los demás también supieran de lo que hablaba, pero me pareció muy raro, creía que se estaba burlando de mí.
―Pero ¿qué me dices? ―la interrumpí―. ¿Tú de albañil, y tus uñas qué?
―Bueno ha sido durante el verano, como no tenía que venir a clase, no necesitaba llevarlas, ni largas, ni pintadas, así que me las corté, los trabajos los hacemos con cuidado, ya somos unos profesionales ―contestó ella riendo.
―¿Profesionales de qué? ―la pregunté intrigado, pues vi que el resto estaba mirando, y que no se tomaba a risa lo que ella me estaba diciendo.
―¡Oye!, si has venido a burlarte, te puedes marchar, nosotros esto nos lo tomamos en serio ―me dijo el que estaba al lado de la chica. Y todos se me quedaron mirando.
―Pero bueno, decirme algo más, reconocer que es muy raro lo que estoy escuchando ―les dije para que me pudieran informar de aquello que los había oído al pasar.
―¡Mira!, si quieres saber más, vente esta tarde, ahora nos tenemos que ir que llegamos tarde a clase.
Y diciendo esto se disolvió el grupo, pero antes de que desaparecieran les grité:
―¿A qué hora?, ¿dónde os puedo localizar?, quiero saber más en serio.
―Aquí a las cinco, ¡se puntual! ―me dijo uno volviendo la cara.
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¡Qué recuerdos aquellos!, un día tengo que hacer una recopilación de todo, pues aunque aún no soy muy mayor y tengo muy buena memoria, nunca se sabe, cuando se empezará a perder, o que cosas me pueden pasar, y aunque no creo que mi vida le interese a nadie, aunque sea por curiosidad un día me voy a poner a escribir todo eso que me pasó, y lo trataré de hacer con precisión, sin tantos saltos como lo estoy recordando ahora, lo malo es que siempre estoy tan liado que no sé cuándo podré hacerlo, pero sí, estoy decidido y lo haré en algún momento.
Mirando el material que me había bajado a la mesa, se me pasó el tiempo volando y me llevé un susto cuando noté que me tocaban el hombro, era ella, la bibliotecaria.
―Ya es la hora de cerrar, si quiere le muestro el lugar del que hablamos antes ―me dijo con una voz suave y una sonrisa en la cara.
―¿Qué dice? ―la pregunté distraído.
No sabía de qué me hablaba, había transcurrido el tiempo, estaba leyendo tanta información que lo real, el lugar, las circunstancias, habían pasado a un segundo plano, y en ese momento no recordaba lo que habíamos hablado ni a que se refería.
―Deje algo para mañana, que no se va a marchar de aquí ―me dijo mientras se daba la media vuelta y comenzaba a andar por el largo pasillo.
Cerrando el libro que tenía entre manos, y cogiendo de la mesa los otros, los deje en su sitio en la estantería y la seguí, al ver que ella se adelantaba tuve que apretar el paso, vaya forma de andar, pensé, claro estos pasillos se los tendrá que recorrer diariamente un montón de veces y eso le habrá dado esa agilidad.
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Un día importante, ¡qué nervios!, no creo haber estado nunca así, los demás me dijeron que no me preocupara que todo sería muy sencillo, pero a mí me parecía cuanto menos extraño, ¿cómo se haría?, ¿qué tendría que hacer?, ¿qué tarea me encargarían a mí?, no me había planteado lo difícil que podía ser, hasta estos momentos en los que me dirigía al encuentro de los que serían mis compañeros durante esta etapa de mi vida, que ahora se me hacía tan novedosa y a la vez tan rara, un verano trabajando.
Yo un universitario acostumbrado a que todo me lo hicieran, en casa mamá se había encargado siempre de que todo estuviera limpio y preparado, nunca me había planteado que yo un día lo tendría que hacer, por lo que nunca me había preocupado en aprender, ni a lavarme unos calcetines, y claro menos a cosérmelos si alguna vez se me rompían. Eso era normal en mi casa y creo que en todas debía suceder lo mismo, los chicos no ayudábamos a nada, bueno alguna vez a poner la mesa, si mi hermana Carmen estaba ocupada.
Pero aquel día que dejé la casa para irme al Colegio Mayor no pensé en el trabajo que me caía encima, me tuve que esforzar por ir limpio, ya que se me acumulaba la ropa en el cesto de lo sucio, sin saber ni como poner la lavadora, por más que en casa quisieron enseñarme.
Mi hermana mayor se esforzó en decirme una y otra vez que todo era sencillo, solo había que darle a aquel botón, sí, claro, pero ¿y lo del detergente?, ¿cuándo había que echárselo?, ¿y cuanta cantidad?, eso de la lavadora era cosa de mujeres, estaba claro por eso, solo ellas lo entendían.
Hay cosas que son muy difíciles de entender, con lo sencillo que era en casa, con ir al armario y todo estaba colocado, limpio y planchado, esperando solo que alargues la mano y lo cojas. No sé sobre las otras madres, pero la mía tenía siempre todo bajo control, nunca que se necesitaba algo para ir a clase o a jugar con los amigos estaba ni sucio, ni arrugado, y mira, que lo había dejado irreconocible cuando volvía a casa después de una tarde de juegos, pero ella con minuciosidad, esa que no me explico cómo lo hacía, pues parece que a las madres les dura más el día. ¡Quizás es que tengan más horas!, porque hay que ver cuantas cosas tienen que hacer.
Desde que deje la casa, cuanto he echado de menos sus guisos, sobre todo su exquisito “caldo gallego”, ese que te entona en los fríos días de invierno, sus camisas a punto con su cuello almidonado y hasta los zapatos relucientes, ¿cómo podría haber quitado el barro, con el que los había dejado al regreso de mis juegos?
La verdad es que nunca me lo planteé, tiene que saber de todo, ¿dónde lo habrá aprendido?, porque por lo que sé, en mi casa que yo recuerde nunca ha entrado un electricista para arreglar un enchufe, y mira, que yo con mi manía de tirar del cordón sin cuidado, los sacaba de su sitio, arrancaba todo el enchufe de cuajo, como me decía ella:
―Manu otra vez, pero hijo a ver si tienes cuidado.
Pero cuando volvía a necesitarlo ya estaba arreglado, si solamente estaba ella en casa, no había duda de quien se había molestado en arreglar lo que yo estropeaba, y, ¿quién me forraba siempre los libros?, pues claro ella.