Se despertó mucho antes de que sonara la alarma por primera vez. Había dado vueltas en la cama y dormido a ratos, mientras el miedo y el agotamiento luchaban por imponerse.
Y al amanecer, el miedo había ganado.
Aún estaba oscuro afuera, y el resplandor azul del reloj sobre su mesita de noche era la única fuente de luz en su habitación.
Levantarse le resultaba imposible, al igual que volver a dormirse.
Se levantó de la cama a gatas y se escabulló al baño, abriendo la ducha como si pudiera asearse con antelación.
Solo cuando el agua comenzó a enfriarse lentamente, salió de la pequeña ducha, cuya habitación ya estaba llena de vapor húmedo.
El espejo permaneció empañado hasta que el vapor se condensó en pequeños riachuelos que resbalaban por la superficie lisa. No hacía falta verle la cara. Seguía agotada. Aún sufría la falta de sueño que, en primer lugar, había provocado que olvidara su identificación y que se activara la alarma en WME.
No le importaban las largas jornadas. Nunca le habían importado. La habían educado con el principio de trabajar para conseguir lo que uno quería.
Pero nadie le había dicho que no importaría, porque al final un solo hombre podría arruinarlo todo.
Se escabulló de vuelta a su habitación, se dejó caer en la esquina de la cama y agarró el pequeño bote de loción corporal. Los moretones en sus caderas ya se habían vuelto amarillos y, por un instante, deseó que los recuerdos se desvanecieran con la misma facilidad.
Pero no lo hicieron. Ella aún podía sentir su mano en su muslo y su peso en su espalda.
Después de hoy, probablemente tendría nuevos moretones.
Ellos también se desvanecerían. Justo a tiempo para el siguiente. Y el siguiente.
Se puso un vestido de lana y ropa interior de encaje n***o. No se hacía ilusiones sobre lo que sucedería al llegar a la oficina.
Había logrado que el incidente de seguridad desapareciera. Pero no quedaría sin consecuencias.
***************
La oficina aún estaba vacía a esa hora. La mayoría de las luces seguían apagadas y olía a limpiador industrial barato del equipo de limpieza nocturno y a alfombra nueva.
Su estómago no estaba preparado para el café. Dejó su bolso en el escritorio que había elegido, pero aún no se sentó.
Llegó antes de lo que él había exigido. Pero ella no tenía ganas de esperar. Quería terminar con esto de una vez. Fuera lo que fuese.
Se alisó el vestido de lana dos veces, como si ese gesto pudiera también enderezar el nudo que sentía en el estómago.
Joshka ya estaba en su oficina.
Llamó a la puerta antes de abrirla.
Estaba sentado en su escritorio, con una taza en una mano y el teléfono en la otra. Levantó la vista, sonrió y luego tomó un sorbo de café, observándola por encima del borde de la taza.
Entró y cerró la puerta.
—Vine a darte las gracias —dijo. Su voz no sonaba como la suya. Pero las palabras tampoco parecían suyas.
Dejó la taza sobre la mesa. —¿Qué tan agradecida estás, Marie?
—Mucho —susurró ella.
—¿No me lo vas a preguntar?
El frío se extendió por su cuerpo. —¿Preguntarte qué?
—Cómo puedes agradecérmelo como es debido.
Sus dedos rozaron la suave lana de su vestido.
—¿Cómo... cómo puedo agradecértelo como es debido?
Una sonrisa lenta y complaciente se dibujó en su rostro. Apoyó el codo en el reposabrazos y se inclinó hacia un lado.
—Quítate el vestido.
El corazón le latía con fuerza contra las costillas. Todo su ser le gritaba que se diera la vuelta y se marchara. Pero él permanecía sentado, con una ceja arqueada, como desafiándola a negarse.
Como en trance, extendió la mano hacia el dobladillo y se lo subió por encima de la cabeza, dejando al descubierto el conjunto de encaje n***o a juego que llevaba debajo. Sabía lo que implicaba la gratitud hacia él. Y la leve sensación en su estómago le recordó que su cuerpo también lo sabía. Había aprendido a reconocer la voz de su posesión, respondiendo a sus órdenes con una traición húmeda.
Colocó el vestido sobre la silla junto al pequeño escritorio en la esquina, y luego se apartó un mechón de pelo de la cara. Solo para mantener sus manos temblorosas ocupadas.
—Todo —exigió, indicándole con un gesto que se desnudara más rápido.
Se quitó los zapatos de tacón; la alfombra áspera se le clavaba en el nailon de las plantas de los pies. La pequeña diferencia de altura le pareció una especie de derrota. Se desabrochó el sujetador, se quitó las medias y se puso ambas prendas encima del vestido.
Cuando sus manos buscaron su combinación, dudó un instante. En cuanto se la quitara, un pequeño punto brillante en el centro del encaje n***o le indicaría de inmediato que su cuerpo se preparaba para algo que no deseaba.
Sus dedos se crisparon una vez, luego metió la mano bajo la cintura y se los bajó. Si lo hacía rápido, no sería mucho, con suerte.