Él llegó al fondo con un gemido bajo, sus caderas ahora pegadas a su trasero, empalándola por completo.
Ya no quedaba espacio, solo su enorme peso. Su pene presionaba contra algo profundo dentro de ella.
Jadeó y se retorció, tratando de adaptarse a la plenitud imposible. Era demasiado profundo. Demasiado grande. Era como si la estuviera abriendo en dos.
La sujetó allí, con una mano manteniéndola contra el escritorio y con la otra agarrándola de las caderas.
Ella intentó moverse, pero él solo la presionó más profundamente.
Y entonces empezó a embestir. Lentamente. Sus caderas chocaban contra su trasero.
—¿Sientes eso? —gruñó, acelerando el paso lentamente—. Eso es lo que pasa cuando intentas huir. Te sigo follando. Siempre. Cada maldita vez. Cada palabra iba seguida de una embestida profunda que la empujaba con fuerza contra el escritorio.
Su mano permaneció en su cuello, mientras que la otra le agarraba la cadera con la suficiente fuerza como para dejarle un moretón.
Sollozaba, con la mejilla pegada al escritorio, intentando zafarse. Él la sujetó con más fuerza, con el antebrazo sobre su espalda, manteniéndola inmovilizada mientras la penetraba sin piedad.
—Deja de pelear —murmuró—. Solo conseguirás que duela más.
Sus caderas chocaron contra sus nalgas con una fuerza implacable mientras seguía embistiéndola, estirándola hasta que sus piernas temblaron.
"Te odio", jadeó entre sollozos.
Cada embestida le arrancaba el aire en fuertes y dolorosas bocanadas. La poseyó con embestidas duras e implacables, hasta que se quedó sin aliento.
Cuando su cuerpo comenzó a temblar por el agotamiento y la sobreestimulación, él aceleró el ritmo. Apretó con más fuerza su agarre en su cabello, presionándola aún más contra el escritorio.
Su m*****o le provocó otra contracción. Y entonces, antes de poder controlarse, se frotó contra él, reprimiendo un gemido al sentir lo bien que se sentía al ser llenada por él tan completamente.
—Siempre vienes —dijo secamente—. Lo quieras o no.
Se colocó en un ángulo diferente, frotándose contra ella una y otra vez, penetrándola sin cesar.
Su mano se deslizó desde su cadera hasta entre sus piernas. Su dedo índice encontró su clítoris con precisión. La rodeó lentamente hasta que sus caderas se estremecieron bajo su tacto.
La fricción de su pene se volvió insoportable, ahora que seguía rodeando su punto más sensible.
Sus gruñidos se volvían más primitivos cada vez que sus caderas se contraían, como si su reacción los animara.
Él seguía penetrándola mientras sus dedos le arrancaban el placer con una habilidad aterradora.
Y bajo la sensación de ser poseída por completo, inclinada sobre un escritorio, podía sentir cómo el calor se acumulaba en su estómago. Su cuerpo perseguía la sensación de él mientras su mente gritaba no, no, no...
Gimió impotente antes de morderse el labio. No quería. No por él. No así.
Su cuerpo la traicionó con una contracción repentina y violenta. Un grito ahogado brotó de sus labios mientras el orgasmo la recorría en oleadas, agudas y humillantes, tan intensas que por un instante su mente se quedó en blanco.
Ella se apretó a su alrededor, el placer la recorría como un rayo y odiaba lo bien que se sentía, odiaba que él la hubiera hecho...
—Eso es —dijo, penetrándola de nuevo, sin detenerse jamás. Prolongó el orgasmo hasta que sintió que sus piernas se contraían, mientras el calor la recorría.
Ella hizo una mueca de dolor, sus caderas se arquearon contra él; su cuerpo le pedía más.
Gruñó en señal de aprobación, aceleró el ritmo con algunas embestidas y se hundió en ella con un gemido bajo, derramándose dentro mientras ella gemía bajo él. Su pene se contrajo contra sus paredes vaginales apretadas mientras penetraba más profundamente, desplomándose sobre ella.
Se quedó allí un buen rato, respirando contra su cuello, todavía duro dentro de ella. Luego se retiró lentamente.
Hizo una mueca, ladeando las caderas ante el repentino vacío.
En el instante en que él retrocedió por completo, ella agarró su falda con dedos temblorosos y la bajó de nuevo.
Sus medias estaban rotas. No le importaba.
Ahora podía sentir su eyaculación entre sus piernas mezclada con su propia humedad, goteando hacia abajo, un desastre pegajoso que le recordaba lo que él había hecho.
Se giró sin mirarlo. En cambio, fijó la vista en el monitor. No quería ver su pene. Ni su cara.
Ella quería salir. Una ducha. Algo para quitarse el olor a su loción para después del afeitado y a su semen.
Él sonrió, apartándole un mechón de pelo de la cara. —¿Ves? Ya no fue tan malo, ¿verdad?—
Se obligó a asentir. Una última lágrima rodó por el rabillo de sus ojos como una traidora.
Aún podía sentir la réplica, el calor palpitando en su interior. Se aferró a la nada por última vez.
Sus ojos se posaron en el trofeo de cristal. Una parte de ella quería agarrarlo y romperlo. O golpearlo en la cabeza con él.
Se metió el pene de nuevo en los calzoncillos y se subió los pantalones con un gruñido de satisfacción antes de volver al escritorio.