En el espacio reducido del ascensor no había adónde ir. Apretó con más fuerza la taza de café. Se acercó lo suficiente como para que ella tuviera que inclinar ligeramente la cabeza hacia atrás para mirarlo. Las paredes espejadas los reflejaban desde todos los ángulos. Como un gabinete de los horrores en un carnaval. Extendió la mano y le acarició el cuello con una mano, presionando con el pulgar bajo su mandíbula para elevarle la barbilla y obligarla a mirarse a los ojos. Con la otra mano, la apoyó contra la pared junto a su cabeza, aprisionándola. Antes de que ella pudiera decir nada, él se inclinó y la besó. Su boca se estrelló contra la de ella. Fuerte y posesiva, sus dientes mordieron su labio inferior por una fracción de segundo. El beso le dolió lo suficiente como para hacerla

