El correo electrónico llegó a las 20:14. El asunto estaba en blanco. Solo contenía dos líneas en el cuerpo del mensaje.
Mi oficina. Ahora.
No me obligues a ir a buscarte.
Había estado evitando a Joshka todo el día, sumergida en hojas de cálculo y llamadas de seguimiento.
Hace dos semanas, intentó ponerle fin. Aunque no sabía cómo terminar con algo que nunca había querido empezar.
No le había gustado que ella lo hubiera intentado. Le había dicho que él sería quien terminaría la relación.
Porque él era el director general de su caso y tenía el expediente de promoción con su nombre.
La oficina ya estaba vacía; el tranvía que pasaba junto a la ventana y el lejano sonido del ascensor eran los únicos ruidos que se oían. El último equipo de trabajo se había marchado a la cervecería Hofbräuhaus de Múnich hacía media hora.
Cada vez más, los puntitos verdes junto a las caras sonrientes de sus compañeros en Slack se volvían grises y naranjas. Todos los demás ya se dirigían al fin de semana.
Se quedó mirando la pantalla hasta que las palabras se volvieron borrosas. Podía irse. Podía salir por las puertas giratorias, tomar el metro y dar por terminada la noche.
Sin importar lo que sucediera, ella intentaría mantener la profesionalidad. Estrictamente profesionalismo.
Bloqueó la pantalla y se quedó de pie.
La oficina de Joshka estaba detrás de la cafetería, donde se encontraban las oficinas de los demás socios. Solo que todos los demás socios se habían marchado hacía tiempo.
La luz que entraba por su despacho se proyectaba sobre el suelo de madera, ligeramente atenuada por los paneles de cristal esmerilado.
Todo formaba parte del concepto de estilo de la oficina. Tonos suaves. Plantas por todas partes. Madera auténtica y musgo decorativo en las paredes.
Algunos días parecía una broma cruel: era lo más cerca que la mayoría de ellos llegaban a estar de la naturaleza.
Llamó a su puerta dos veces y la empujó para abrirla sin entrar del todo.
Al principio no levantó la vista de la pantalla, con los dedos volando sobre el teclado.
La hizo esperar, dejando que el silencio se prolongara.
—¿Querías verme? —dijo finalmente, con una voz más baja de lo que pretendía.
Solo entonces levantó la vista, reclinándose en su silla con esa sonrisa relajada. —Cierra la puerta.
Su mano se detuvo un instante sobre el panel de cristal. —No tardaré. Mi compañera de piso me espera para cenar.
La mentira sonaba débil, incluso para sus propios oídos.
—La puerta, Marie —repitió.
Respiró hondo y cerró la puerta con cuidado. El clic resonó a través del cristal.
—Siéntate —dijo, señalando la silla que estaba junto al pequeño escritorio.
Se quedó de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho. —Solo vine a decirte...
—Me has estado evitando toda la semana. —Giró la silla y cruzó las manos detrás de la cabeza—. Mensajes sin leer, reuniones pospuestas. Esto empieza a ser algo personal, Marie.
—No es cierto —mintió ella, mirando el logo de su chaleco para evitar su mirada—. Simplemente he estado muy ocupada. De verdad, con mucho trabajo.
—Ocupado —repitió.
—He terminado las revisiones. Todo está listo para la reunión del Comité Directivo del lunes —dijo, intentando cambiar de tema.
Se levantó y cruzó la habitación en tres zancadas. La agarró de la muñeca y la jaló hacia el escritorio.
Luchar le parecía inútil, pero tenía que intentarlo. Tiró de su muñeca y sus pies tropezaron una vez.
Pero él era más fuerte, y la arrastró por la alfombra como si nada.
—Suéltame. —Su voz se quebró y se odió a sí misma por ello.
Ella empujó su mano libre hacia su pecho, pero él también le agarró la muñeca, inmovilizándolas ambas a su espalda con un movimiento fluido.
Luego la empujó hacia adelante hasta que sus caderas tocaron el borde del escritorio.
Ella se retorció, pero su cuerpo la aprisionó por detrás, con el pecho pegado a su espalda. Su corpulenta figura no le dejaba escapatoria.
Uno de los premios de cristal sobre su escritorio vibró, pero no se cayó. Grupo Empresarial del Sector Público - Socio del Año 2024
—Hablo en serio —siseó—. ¡Quítate de encima!
Se acercó más, sus caderas presionando contra las de ella por detrás.
—Dijiste muchas cosas —dijo, con la boca pegada a su oído—. Dijiste que me denunciarías. Dijiste que renunciarías.
Podía oler la costosa loción para después del afeitado que aún se aferraba a él.
Apretó con más fuerza sus muñecas y la presionó contra el escritorio. —Pero sigues aquí.
Su cadera se clavó en la esquina del escritorio. El premio se movió de nuevo.
—Porque me estás chantajeando. —Intentó soltarse de sus brazos, pero él la sujetó con más fuerza.
—¿En serio? —preguntó con un tono casi divertido—. ¿O es que lo disfrutas demasiado como para irte?