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794 Words
Llegaron al departamento tan pronto como pudieron. Otra vez la desesperación los enredó en aquel ascensor que comenzaba a ser familiar para Agustina. Con sus besos cargados de pasión y sus manos presas de urgencia, con movimientos torpes cruzaron por fin la puerta de entrada. Agustina comenzó a desabrochar la camisa de Federico y entonces él la detuvo. -Esperá, quiero que dure más tiempo, quiero que seas mia por largas horas.- le dijo acariciando su brazo para luego tomar su mano. Cuando por fin obtuvo esa sonrisa que tanto le gustaba comenzó a caminar con ella detrás hasta su habitación. Una inmensa cama cubierta por un mullido acolchado ocupaba el lugar central y la claridad de las dos de la tarde iluminaba toda la estancia. Algo intimidada ella frunció su ceño y arrugó los labios. Aquella pequeña pausa la había despertado su instinto de supervivencia y comenzaba a creer que aquello no era una buena idea. Entonces él volvió a besar el dorso de su mano con galantería y la liberó con pausa. Se acercó al escritorio que estaba en uno de los rincones y accionó un control mediante el cual un cortinado comenzó a descender. Terminó de desabrochar su camisa y se sacó los zapatos para sentarse en el borde de la cama y clavar sus enormes ojos en ella. Aun ingresaba algo de luz por la puerta que le permitió a Agustina disfrutar de aquel torso trabajado y esa sonrisa sensual, entonces ya no hubo dudas en su mente, sólo deseo. Se dio vuelta y bajó el cierre de la falda con lentitud, para luego dejarla caer hasta sus pies, logrando que Federico tome aire y un largo suspiro saliera a través de sus labios. Con movimientos muy sensuales, Agustina, comenzó a desabrochar su blusa y cuando finalmente se deshizo del sostén llevó ambas manos a su pelo para dejarlo caer sobre ellos. Se sentía hermosa, deseada y poderosa al ver la forma en que Federico la miraba y había llevado ambas manos a su m*****o, que ya estaba listo para encontrarla. Siguió caminando desnuda y confiada hasta que él la atrapó por la cintura y besó sus pechos con urgencia. Al oír sus gemidos, sus manos bajaron para tomar aquella redondeada cola con determinación y llevar sus dedos justo a la entrada de su húmedo sexo. Con una destreza quirúrgica la abordó con una lentitud irresistible haciéndola moverse con desesperación en busca de aquel tacto tan exquisito. Cada movimiento la acercaba más y más al orgasmo y víctima de aquella boca se dejó llevar para hacerle saber que lo había alcanzado. Escasos segundos después se arrodilló frente a él y sin dejar de mirarlo su lengua pasó justo por dónde él más la deseaba. Sin poder evitarlo arqueó su cabeza hacia atrás mientras sus manos acariciaban los hombros de Agustina como si no quisiera que se detuviera jamás. Cuando estuvo a punto de llegar al final, presionó levemente sus manos y ella se apartó para besarlo y subirse a ese torso torneado que la invitaba a mover sus caderas para hacerlo entrar y salir de ella con ritmo ascendente una y otra vez. -¡Vas a matarme! - le dijo él con sus manos en sus glúteos acompañando cada embestida con más fuerza que la anterior y entonces el clímax llegó para ambos como una arrolladora ola que los dejó tan exhaustos como felices. Con su oído sobre su pecho, como la última vez, Agustina espero a que los latidos comenzaran a ceder para levantarse. -No te vayas, por favor.- dijo la voz de Federico en tono suave, mientras tomaba su mano con dulzura, aún recostado con los ojos cerrados. -Sólo voy al baño, creo que me prometiste una siesta ¿o no?- respondió ella sonriendo con contrastante timidez. Entonces él la soltó y se acomodó bajo las sábanas para esperarla. Agustina salió del baño aún sin ropa y se metió en la cama acurrucándose sobre aquel pecho firme y entrelazando sus dedos con los de aquel hombre que había llegado para dar vuelta su vida en apenas algunos días. Federico la abrazó y el simple roce de sus pechos contra su piel volvieron a encenderlo como llevaba tiempo sin ocurrirle. Se sentía tan extraño como a gusto con esta dulce mujer tan distinta a las que solían acompañarlo. Su mano traviesa la guió hasta su m*****o para hacerle saber que si ella lo deseaba estaba listo para volver a la carga y sin necesidad de palabras ella lo interpretó a la perfección comenzando a jugar con aquella enorme erección que en poco tiempo sentiría dentro para terminar cumplir todo lo que sus fantasías le demandaban, evitando a su alocado corazón que le advertía que aquella vez no sería suficiente.
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