Agustina llevaba tanto tiempo sin ir a una fiesta que todo le resultaba ridículamente ostentoso. El salón con las lujosas arañas de cristal, los miles de pétalos de flores blancas, las luces intermitentes como cortinados en cada arcada y las minúsculas porciones de exclusivos manjares que se ofrecían. Se había logrado acomodar el peinado, aunque su maquillaje, creía, delataría la larga sesión de sexo de la que había gozado. Federico se movía con total soltura, como si se encontrara en su hábitat natural, la llevaba del brazo con delicadeza, como si cualquier muestra de cariño estuviera mal vista, pero se encargaba de susurrarle lo hermosa que lucía cada vez que tenía la oportunidad. Le había pedido que no volvieran a hablar del tema del matrimonio, al menos hasta que terminara aquel

