Giacomo Uno de mis hombres se acerca con prisa, se inclina sobre mí. —Su hermano está aquí —dice. Sonrío, pues su ego quedó herido y rápido viene el muy estúpido a reclamar. —Que pase. Llévalo a mi despacho. Allí lo espero a solas ansiando que aspire al menos lanzarme un golpe, preparo el arma en el cajón por si acaso se vuelve loco, aunque mis hombres tiene instrucción de revisarlo y evitar que entre armado. Entra y me mira a los ojos con furia, está desaliñado despeinado y sudado, se ve alterado, justo como pensé que se pondría cuando supiera que su hermosa y pudorosa mujer se revolcaba conmigo, aunque no fuera cierto. —Eres un maldito sin honor, cruzaste un límite que no debías cruzar. —Tanto tiempo sin verte, hermanito. No sé de qué hablas, hace años separamos caminos, no tengo

