Aquella noche, Amelia se encontraba sola en su habitación, envuelta en un silencio que pesaba más que cualquier discusión o reclamo. El día había sido tan caótico que no sabía ni cómo sentirse, la confianza rota en su padre, la angustia de perder el coche tan querido, la humillación en la estación de policía, y la extraña sensación de desamparo que la perseguía. Arnau había estado allí, intentando suavizar la caída, pero ahora que él se había ido, todo el peso del día recaía sobre sus hombros sin piedad. Sentada en el borde de su cama, con las manos temblorosas, Amelia repasaba mentalmente cada momento, como un espectador obligado a mirar una obra trágica de principio a fin. La luz tenue de la lámpara sobre el buró iluminaba su rostro cansado y sus ojos enrojecidos

