Arnau.

1994 Words

La clínica estaba envuelta en un silencio sepulcral esa tarde, un silencio solo interrumpido por el suave zumbido de los monitores y el ocasional murmullo de enfermeras en el pasillo. ‍‍‍‍‍‎Amelia se encontraba sentada junto a la cama de Alan, cuya figura yacía inmóvil bajo las sábanas pálidas, conectado a un laberinto de tubos y cables que mantenían su cuerpo con vida, pero no su espíritu. ‍‍‍‍‍‎ Ella miraba la ventana, observando cómo las hojas de los árboles mecidas por el viento parecían danzar con una libertad que Amelia envidiaba. ‍‍‍‍‍‎ Dentro de la habitación estéril, el tiempo parecía haberse detenido, y con cada tic tac del reloj, sentía cómo el peso de la soledad y la incertidumbre se hacían más profundos y persistentes. ‍‍‍‍‍‎ Su vida, desde que Alan había caído en coma, se

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