La clínica estaba envuelta en un silencio sepulcral esa tarde, un silencio solo interrumpido por el suave zumbido de los monitores y el ocasional murmullo de enfermeras en el pasillo. Amelia se encontraba sentada junto a la cama de Alan, cuya figura yacía inmóvil bajo las sábanas pálidas, conectado a un laberinto de tubos y cables que mantenían su cuerpo con vida, pero no su espíritu. Ella miraba la ventana, observando cómo las hojas de los árboles mecidas por el viento parecían danzar con una libertad que Amelia envidiaba. Dentro de la habitación estéril, el tiempo parecía haberse detenido, y con cada tic tac del reloj, sentía cómo el peso de la soledad y la incertidumbre se hacían más profundos y persistentes. Su vida, desde que Alan había caído en coma, se

