Bajo el mismo techo.

2626 Words
La noche había caído, cuando Alan Martínez llegó al que esperaba fuera su nuevo refugio en La Pedregosa alta, un lugar modesto pero acogedor en las afueras de Mérida. ‍‍‍‍‍ La madre de Amelia, doña Margarita, lo recibió con una calidez que él no había experimentado en mucho tiempo. ‍‍‍‍‍ El contraste entre la mansión de su padre y esta casa sencilla era abrumador, pero también reconfortante, de alguna manera, Sergio había hecho el puente para que se diera el trato. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍Aquí tienes, Alan, es algo sencillo, pero es tu nuevo espacio personal. ‍‍‍‍‍—Dijo doña Margarita, mientras le mostraba la cómoda habitación. ‍‍‍‍‍—Es un lugar simple, pero limpio y tranquilo. Estoy segura de que te sentirás cómodo y como en casa. ‍‍‍‍‍—Agregó con una calidad sonrisa y deseando sus mejores deseos para su nuevo inquilino, y Alan asintió agradecido. ‍‍‍‍‍ La habitación era pequeña, con una cama matrimonial, un armario de madera y una mesa de noche, una ventana con cortinas blancas que dejaba entrar la luz tenue de la luna. ‍‍‍‍‍ No era mucho, pero era más de lo que esperaba dadas las circunstancias y el momento. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍Muchas gracias, señora Margarita. ‍‍‍‍‍—agradeció Alan esbozando una sonrisa y dándole un caluroso abrazo a la madre de Amelia, la misma Amelia que aún no parecía estar al tanto de lo que sucedía en su propia casa. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍De nada, hijo. Puedes usar la cocina cuando quieras, y el baño está al final del pasillo. Tendrás que compartirlo con Amelia, ya que a ella le gusta usar el de aquí y no el de arriba, pero estoy segura de que no habrá problemas, tengo entendido que ustedes se conocen muy bien. ‍‍‍‍‍—Aseveró doña Margarita, mientras se daba vuelta a sus labores de hogar para dejar a Alan sentirse como en casa y que pudiera acostumbrarse al lugar. ‍‍‍‍‍ El estómago de Alan se tensó al escuchar el nombre de Amelia y sus emociones se alteraron. ‍‍‍‍‍ No esperaba encontrarse con ella tan pronto, y mucho menos compartir el baño. Sin embargo, asintió de nuevo, agradecido por la hospitalidad de ambas al permitirle descansar allí. ‍‍‍‍‍ Amelia llegó a casa solo algunos instantes después, algo agotada tras un largo día en la universidad donde ayudaba como preparadora académica mientras tenía tiempo libre. ‍‍‍‍‍ Apenas había abierto la puerta cuando notó algo diferente en el ambiente, su madre, Margarita, la esperaba en la sala, con una leve sonrisa en el rostro, mientras conversaba con alguien que, desde la entrada, Amelia no podía ver del todo. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍Amelita, llegaste justo a tiempo. ‍‍‍‍‍—Su madre sonrió al verla llegar a tiempo, y con una calidez inusual en la voz, parecía estar algo feliz o emocionada, pero Amelia apenas cayendo en cuenta, aún no comprendía de que se trataba, era eso lo que quería descubrir. ‍‍‍‍‍ ¿Qué era lo que pasaba? Esa emoción en el rostro de su madre no era normal. ‍‍‍‍‍ Amelia frunció el ceño, dejó su bolso en el suelo a un lado de la entrada, y al dar un paso hacia la sala, su corazón se detuvo por un instante cuando lo vio. ‍‍‍‍‍ Alan, con su porte calmado y vestido de manera informal, estaba allí sentado, con una maleta a su lado en la habitación de huésped. ‍‍‍‍‍ El shock fue inmediato y el asombro se hizo sentir de inmediato. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍¿Qué demonios… ¿Qué hace él aquí? ‍‍‍‍‍—Amelia escupió las palabras con sorpresa y un poco de enojo, su mirada iba rápidamente de Alan a su madre, intentando obtener respuestas concretas de esa visita inesperada de parte de alguno de los dos, pero Amelia jamás esperó escuchar lo que saldría de los labios de su madre. ‍‍‍‍‍ Doña Margarita, sin notar el enfado de su hija, le hizo un gesto hacia Alan, como si todo fuera completamente normal, ella más bien estaba encantada de tenerlo allí, y Amelia pudo percibir eso, y fue eso mismo lo que no podía procesar. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍Ah, querida, qué bueno que llegaste, justo esperaba para contarte. ‍‍‍‍‍—La sonrisa de su madre permanecía intacta, ajena a la tensión que había entre ambos jóvenes. ‍‍‍‍‍—Alan va a quedarse con nosotros un tiempo. Le alquilé la habitación de huéspedes. Pagará un buen precio y eso nos ayudará con los gastos que tanto necesitamos alivianar para tu viaje a Miami. ‍‍‍‍‍—Agregó doña Margarita con gran emoción, y Amelia se quedó paralizada boquiabierta. ‍‍‍‍‍ Las palabras de su madre resonaban en su cabeza, pero no lograba asimilarlas completamente. ‍‍‍‍‍ ¿Escuchó bien? ‍‍‍‍‍ ¿Alan viviendo en su casa? ‍‍‍‍‍ Su mente inmediatamente viajó a los días anteriores, a todas las tensiones que habían compartido, a todo lo que le había reclamado, y ahora su madre le ofrecía quedarse bajo el mismo techo. ‍‍‍‍‍ “¿Era una broma?” Se preguntaba Amelia. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍¿Tú… tú qué? ‍‍‍‍‍—Respondió finalmente Amelia, con su voz saliendo de sí misma más fuerte de lo que esperaba su madre. ‍‍‍‍‍—Mamá, ¿Cómo se te ocurre sin siquiera preguntarme? ‍‍‍‍‍—Preguntó Amelia con sus ojos clavados en los de su mamá, esperando una respuesta que la calmara, de alguna manera quería convencerse de que todo era una broma, aunque sabía que sería difícil que eso sucediera. ‍‍‍‍‍ Amelia parecía estar culpando a su madre por algo con aquella mirada despiadada. ‍‍‍‍‍ Alan, consciente de la tensión en el aire, se mantuvo en silencio, observando a Amelia y notando el conflicto que había en su mirada. Sabía que no era el mejor momento para decir algo. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍Amelita, escucha, ten más respeto por los invitados. ‍‍‍‍‍—Respondió Margarita con un tono conciliador y de autoridad sobre su hija, parecía que intentaba llamarle la atención sin ser grosera frente al nuevo huésped, aunque ella conocía bien a su hija y entendió que algo no estaba bien. ‍‍‍‍‍—Sé que no te lo consulté, y te pido disculpas, pero necesitamos ese dinero. No podemos darnos el lujo de rechazar esta oportunidad. Además, es solo por un tiempo Amelia. ‍‍‍‍‍—Volvió a aclarar a su hija, en ese instante la misma señora notó que algo no iba bien entre esos dos, pero desconocía los motivos y deseaba que dejaran las asperezas a un lado por el bien de todos. ‍‍‍‍‍ Amelia respiraba profundamente, tratando de mantener la calma, pero el malestar no la dejaba pensar con claridad. La idea de tener a Alan tan cerca después de todo lo que había pasado entre ellos la hacía sentir una gran incomodidad y mucha frustración, sobre todo. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍Mamá, es que… No es tan simple… que te lo aclare él. ‍‍‍‍‍—Respondió Amelia con la voz entrecortada, tratando de mantener la compostura, y Margarita volteó a mirar a Alan, quien estaba inmutado allí sentado. ‍‍‍‍‍—No quiero que esté aquí. No sabes todo lo que ha pasado entre nosotros. ‍‍‍‍‍—Agregó aquellas palabras reveladoras que alertaron a su madre, quien puso rostro de asombro al pensar que tal vez algo, una aventura amorosa sucedía o sucedió entre ellos dos. ‍‍‍‍‍ Doña Margarita los miró sin poder ocultar su asombro. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍¿Qué ha pasado, Amelia? ‍‍‍‍‍—Preguntó, sin entender del todo su madre, si alguien debía de explicar algo aquí, debería de ser su hija misma quien se oponía a su decisión, era ella la del problema, pensó Margarita. ‍‍‍‍‍—Si es por alguna pelea, ambos son adultos. Pueden arreglar sus diferencias. Además, Alan no estará aquí gratis, y lo necesitamos. Sabes lo importante que es que podamos ahorrar para tu viaje a Miami. ‍‍‍‍‍—Volvió a aclarar Margarita, observando con intensidad a su hija, Amelia sería de todo menos tonta, y entendía que ella tenía la razón con respecto a su viaje. ‍‍‍‍‍ Amelia se quedó en silencio, mordiéndose el labio, sabía que su madre tenía toda la razón en esas palabras, el dinero era esencial, pero la presencia de Alan en su casa no solo traería problemas personales, también removería sentimientos que prefería dejar enterrados en el pasado. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍Pero, mamá… ‍‍‍‍‍—Intentó insistir una vez más Amelia, buscando una salida o intentar salirse con la suya, cosa que ya le sería imposible. Doña Margarita se acercó y le tomó las manos con suavidad a su hija amada, debía hacerle entender la necesidad de ceder a sacrificios para alcanzar algo mayor. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍Amelia, por favor, solo por un tiempo. Él está dispuesto a pagar un buen precio, y sé que entre ustedes las cosas se calmarán. Ambos son jóvenes arreglaran sus diferencias como jóvenes adultos. ‍‍‍‍‍—Fue el veredicto final de doña Margarita, quien estaba firme con su decisión de recibir a Alan, aunque la mirada de Amelia intentaba doblegar a su madre, parecía casi imposible que realmente lo lograra ya que Margarita conocía bien a su hija. ‍‍‍‍‍ Amelia, aunque resistía, finalmente cedió con su mirada. ‍‍‍‍‍ Sabía que su madre estaba haciendo lo correcto por la familia y por ella, y más allá de sus propios sentimientos, no podía anteponer su incomodidad a las necesidades económicas de la familia. ‍‍‍‍‍ Amelia suspiró, mirando a Alan, quien no había dicho ni una sola palabra, manteniendo una expresión neutral y avergonzado por incomodar a Amelia. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍Está bien. ‍‍‍‍‍—Murmuró finalmente Amelia, casi entre sus dientes sin un deseo genuino de ceder, era más que evidente, resignada dio un paso al frente. ‍‍‍‍‍—Pero solo por un tiempo… Y espero que no causes problemas Alan. ‍‍‍‍‍—Advirtió finalmente Amelia a Alan, mirándole con su característica mirada penetrante, Alan al final solo sonrió aliviado de ver que Amelia había cedido a su terquedad. ‍‍‍‍‍ Doña Margarita sonrió también, aliviada de que su hija finalmente aceptara y recapacitara en su corazón. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍Gracias, Amelita. Todo estará bien, ya verás. ‍‍‍‍‍—Respondió su madre, quien le abrazó y le dio un cálido beso en la mejilla, ella era su niña y todo lo hacía por ella. ‍‍‍‍‍ Amelia, sin más que agregar, subió a su habitación con una mezcla de emociones que apenas podía controlar. Ahora tendría que aprender a convivir bajo el mismo techo con Alan, un desafío que no esperaba enfrentar. ‍‍‍‍‍ Después de que doña Margarita se retirara, Alan comenzó a desempacar sus pocas pertenencias, y mientras lo hacía, no pudo evitar pensar en lo irónico de la situación. ‍‍‍‍‍ Había huido de la opulencia y la sofocante presión de su padre, solo para terminar compartiendo espacio con Amelia, quien era igual o peor de sofocante con sus enojos y actitudes, alguien que lo despreciaba por lo que él representaba o lo que él era simplemente. ‍‍‍‍‍ Amelia, por su parte, no podía creer lo que estaba ocurriendo. Había llegado a casa más temprano esa noche, y después de esa conversación breve con su madre, se enteró de que Alan, el mismo Alan al que tanto había criticado, se alojaría en su casa por un tiempo. ‍‍‍‍‍ Su mente estaba en conflicto, se sentía enredada en una maraña de emociones conflictivas dentro de sí misma. ‍‍‍‍‍ Viviría bajo el mismo techo que su rival número uno. ‍‍‍‍‍ — ‍‍‍‍‍¿Por qué tiene que ser él? ‍‍‍‍‍—Murmuró Amelia, mientras se preparaba para ducharse, realmente odiaba la idea de que Alan estuviera allí y tener que verlo a diario. ‍‍‍‍‍ De pronto, pensó en todas las posibles complicaciones que esto traería. ‍‍‍‍‍ ¿Qué diría Pablo si se enteraba? ‍‍‍‍‍ ¿Y Victoria? ‍‍‍‍‍ Las posibilidades de malentendidos y conflictos parecían infinitas, pero más allá de eso, había algo más que la inquietaba, la proximidad de Alan. ‍‍‍‍‍ Conocerlo más allá de las apariencias que tanto había criticado le producía una sensación de incertidumbre, ya que su orgullo quedaría lastimado de descubrir que Alan no era lo que ella pensaba y esperaba. ‍‍‍‍‍ Esa noche, mientras el reloj avanzaba lentamente, Amelia se revolvió en su cama, incapaz de encontrar ni conciliar el sueño. El pensamiento de tener a Alan en la habitación contigua de abajo la mantenía despierta, preguntándose cómo manejaría esta situación por los próximos días, semanas o posiblemente meses. ‍‍‍‍‍ Finalmente, en algún punto de la madrugada, Amelia decidió que no podía seguir así. Tenía que enfrentarlo, aunque solo fuera para poner las cosas en claro desde el principio. Sin embargo, el sueño la venció antes de que pudiera actuar esa noche, dejándola con sus pensamientos flotando en la oscuridad de la noche. ‍‍‍‍‍ Por su parte, Alan también pasó gran parte de la noche despierto, pensando en todo lo que había dejado atrás y en lo que le esperaba. Su vida había dado un giro brusco, y ahora estaba a punto de enfrentarse a un futuro incierto en una ciudad lejana, con nada más que su determinación para guiarlo. ‍‍‍‍‍ Ambos estaban atrapados en sus propias tormentas internas, sin saber que, a partir de esa noche, sus caminos se entrelazarían de maneras que jamás habrían imaginado ninguno de los dos. ‍‍‍‍‍
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