Esa noche, Amelia llegó a casa agotada, con cada músculo pidiendo clemencia y su mente anhelando la suave entrega al mundo de los sueños. Mientras se deslizaba entre las sábanas frías que pronto se calentarían con el calor de su cuerpo, un último pensamiento cruzó su mente, prometiéndose desconectar del mundo por unas horas. Sin embargo, justo cuando la frontera del sueño comenzaba a difuminar la realidad, el zumbido insistente de su teléfono la arrastró de vuelta a la vigilia. Un número desconocido parpadeaba en la pantalla, insistente y anómalo en la quietud de su habitación apenas iluminada por la luz tenue de la lámpara. Amelia contempló el dispositivo con una mezcla de irritación y curiosidad, mientras el tono de llamada perforaba el silencio de la noche. Decidió ignorar

