#2

919 Words
2 años despues Todo está oscuro. Y no es esa oscuridad relajante y segura de cuando apago las luces de mi habitación tras una fiesta o luego de darles las buenas noches a mis padres; es una negrura pesada, que huele a humedad y moho que me revuelven el estómago. ​Trato de rebobinar la cinta en mi cabeza, pero los recuerdos están pixelados. Estaba en el distrito comercial, riendo con Chloe y Liam mientras hablábamos de lo que haríamos hoy por mi cumpleaños número 19. Tenía tres bolsas de Gucci en la mano y el sol de California me calentaba la cara. Recuerdo un pinchazo repentino en el cuello, un ardor frío recorriéndome la sangre y, después... nada. Vacío. ​Ahora, mis muñecas y tobillos arden. Estoy sentada en una silla metálicq y fría, con los brazos echados hacia atrás. Tengo una venda que me aprieta tanto los ojos que veo chispas blancas, y una mordaza que me sabe a tela vieja y amarga aumentando más mis nauseas. ​Intento sollozar, pero el sonido se queda atrapado en mi garganta. Siento las lágrimas calientes empapando la venda, arruinando el rímel, bajando como ríos por mis mejillas. "Esto no puede estar pasando", me repito. "A las chicas como yo no les pasan estas cosas". ​De pronto, un grito desgarra el silencio. ​Es la voz de Liam. Es un grito crudo, de esos que no escuchas en las películas, un sonido de puro dolor que me hace encogerme hasta donde las cuerdas me lo permiten. ¡Por favor... ​—¡mmj hmm! —intento gritar, pero solo sale un quejido sordo. ​—¡Cállate ya! —ruge una voz de hombre, seguida de un golpe seco, ahora mi mejilla también arde. ​Escucho pasos pesados sobre el cemento. Se detienen justo frente a mí. El aire se vuelve denso, cargado de un olor a tabaco barato y sudor. De un tirón violento, me arrancan la venda y la mordaza. El dolor me escuece en la piel de la cara y parpadeo frenéticamente, tratando de enfocar. ​Frente a mí, un hombre me observa con ojos inyectados en sangre. No parece un criminal de guante blanco; parece alguien que ha perdido la cabeza. ​—Mírate —escupe, acercando un cuchillo a mi mejilla—. La princesita de los James. Cumpliendo diecinueve años hoy, ¿verdad? Qué lástima que tu regalo sea este basurero y que este sea tu último cumpleaños. ​—¿Quién... quién eres? —mi voz suena rota, apenas un hilo—. Por favor, mis padres te darán el dinero que quieras. Solo déjanos ir. Liam está herido, yo... ​—¡¿Dinero?! —El hombre suelta una carcajada seca que termina en un grito—. ¡Tu padre ya me quitó todo el dinero que tenía! Mi empresa, mi casa, la vida de mi familia... Todo lo aplastó con una firma para que su maldito imperio creciera un centímetro más. ​—Yo no sé nada de eso —suplico, temblando violentamente—. Yo solo... ​—¡Exacto! No sabes nada porque vives en una burbuja de seda mientras afuera la gente se desangra por culpa de tus apellidos —me agarra del mentón agresivamente, obligándome a mirarlo—. Tu padre cree que es intocable. Cree que puede destruir vidas y seguir durmiendo en sábanas de mil hilos. ​—¡Suéltala, maldito loco! —grita Chloe desde algún rincón oscuro de la sala. Escucho el sonido de una bofetada y su llanto ahogado. ​—¡No les hagas daño! —grito, perdiendo los estribos—. ¡Ellos no tienen nada que ver! ¡Desquitate conmigo si quieres, pero déjalos a ellos! ​El hombre se aleja unos pasos, paseándose como un animal enjaulado. Empieza a murmurar cosas sin sentido, golpeándose la frente con la mano libre. ​—Diecinueve años... —susurra—. Qué edad tan joven para morir, ¿no creas? Pero es justo. Tu padre me dejó sin futuro, así que yo le voy a quitar el suyo. ​Se detiene y me mira con una sonrisa que me hiela la sangre. Saca un teléfono, marca un número y pone el altavoz. El tono de llamada resuena en las paredes de cemento. ​—¿Hola? —Es la voz de mi padre. Suena tranquila, profesional, como si estuviera en una reunión de negocios—. ¿Quién habla? ​—Hola, Señor James —dice el secuestrador en tono burlón, acercando el teléfono a mi boca—. Di algo, princesita. Que tú papi sepa que la fiesta ha empezado. ​—¡Papá! ¡Papá, por favor, ayúdanos! —grito con todas mis fuerzas, el pánico desbordándose—. ¡Tiene a Liam y a Chloe! ¡Dile que le darás lo que sea! ​Hubo un silencio del otro lado de la línea. Un silencio que duró demasiado. ​—James... —el hombre sonríe con malicia—. Tienes una hora para devolverme lo que es mío, o te enviaré a tu heredera en pedazos. Tú decides qué vale más: tu orgullo o su vida. ​El hombre corta la llamada y me mira con una sonrisa que no hace más que sacarme escalofríos que suben por mi columna. El miedo ya no es solo una sensación, siento que el pánico me asfixia. Por primera vez en mi vida, el apellido James no me protege
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