Hannah —¡Levántate! Es hora de irnos. La repentina entrada de un hombre encapuchado me sobresalta, y antes de que pueda negarme, me toma con brusquedad por el brazo y me arrastra hacia fuera. —¡Por favor, no me lastimes!—suplico entre el forcejeo. —No te haré nada, al menos por ahora.—Refuerza su agarre y yo chillo del dolor—. Sé una buena chica y camina. Durante estos meses de encierro, he aprendido a obedecer, así que me limito a hacer lo que el hombre me pide, por mi bien y por el de mis bebés. Cuando la puerta se abre, tengo que cubrir mis ojos con la palma de mi mano, el contacto con la luz del solo luego de meses sumida en la oscuridad, me genera cierta incomodidad. —Sube—ordena con voz firme. —¿Y mis hijos, ellos no vendrán conmigo?—pregunto con temor antes de poner un pie a

