Peter Jackson
Todo en la vida solía ser blanco o n***o, no había término medio . Y ahora ya no sé qué es. Sentado en esta sala de abogados privilegiados, me pregunto quiénes de ellos, si los hay, son como mi padre, centrados en ganar sin importar el costo.
—Con esto termina nuestra sesión de hoy. Gracias a todos por…—la voz del moderador me devuelve a la realidad y vuelvo mi atención al escenario. Debería estar concentrado en la conferencia, no pensando en toda la tragedia que ha causado mi padre.
Afortunadamente, he cortado todos los lazos comerciales con él. Todos se ponen de pie y se dispersan. Intento evitar que mis pensamientos errantes me dominen. Debería haberlo repudiado hace años. Con la sangre hirviendo, tomo aire y pienso en otra cosa que me haga más feliz, la encarnación del potencial de la vida. Saco mi teléfono para llamarla.
—¡Papá!— grita su vocecita desde el otro lado de la línea.
—Hola princesa, ¿cómo está mi chica favorita?
—¡Lo estoy haciendo muy bien, papá!
—Bien, cariño, ¿cómo te fue en la escuela hoy?
Casarme nunca estuvo en mis planes. Pero lo hice de todos modos porque ¿no es así como se debe hacer? Mi familia tenía expectativas para mí y yo fui. No me arrepiento del todo porque al menos tengo a mi angelito. La voz de Zoe me devuelve a la realidad.
—¡Hoy la escuela estuvo genial! Dibujé un conejo en la clase de arte y la Sra. Robinson dijo que era lindo. Ella dibujó un lobo y a todos les encantó, pero yo amo más a mi conejo.
—Yo también, calabaza, amo más a tu conejo.
Ella jadea.
—¿En serio? Es blanco y peludo, con una pequeña nariz rosada.
—¿En serio? Oh, Dios, entonces debe ser súper lindo.
—Lo es.
—Bien, esto es lo que haremos: te llamaré por FaceTime cuando regrese a mi hotel y me lo podrás mostrar. ¿Podemos hacerlo?
—Está bien–puedo escuchar su alegría a través del teléfono. No puedo esperar a verla para que podamos hablar por señas. Ella tiene mucho más que decir cuando se comunica por señas que cuando habla.
—¿Y tú, papi? ¿Cómo estás?
No puedo evitar que mi cara se estire de oreja a oreja. Mi pequeño ángel pregunta por mí. Tiene solo cuatro años y medio, es tan linda e inteligente.
—Papá está bien, cariño. Te extraño, eso seguro. Volveré a casa pronto, ¿vale? ¿Quieres que te traiga algo?
—Mmm….
—¡Quiero un gran lazo para mi cabello!
–Un lazo, ¿no?
—Quiero uno rojo, es mi color favorito.
—Lo es. ¿Pensé que era rosa?
—Eso fue cuando tenía tres años, pero mi abuela dice que pronto cumpliré cinco. Así que ahora mi color favorito es el rojo.
Sonrío suavemente ante la lógica.
—Ah, ya veo. Un gran lazo rojo. Enseguida.
—¡Hurra!
—Está bien, nena, papá te verá pronto. Asegúrate de ser una buena chica con Claudia y la abuela, ¿de acuerdo?
—Está bien, papá, lo haré.
—Papá te ama, ángel.
—Yo también te amo, papi.
La llamada termina y miro a mi alrededor, dándome cuenta de que ya casi estoy en mi hotel. Fue una decisión inteligente elegir el penthouse más cercano al lugar del evento: puedo recorrer la ciudad caminando en lugar de ir en auto a todas partes. Mi vida ajetreada tiene sus ventajas, pero no hay nada como pasar un buen rato a solas.
Justo antes de llegar al hotel, cambio de idea y rápidamente me desvío, decidiendo recoger el lazo rojo para Zoe. Con la ayuda de mi teléfono, doy una vuelta por todas las tiendas diferentes; me sorprende que lo único que se le ocurra pedir sea un simple lazo pequeño. Y sé que es solo cuestión de tiempo antes de que me extorsione por mucho más que eso. Un día, será un Porsche o, quién sabe qué. Y que Dios me ayude porque no dudaré en dárselo.
—Aquí tiene, señor—la cajera empaqueta el lazo perfectamente y me entrega la bolsita.
—Gracias—al salir de la tienda, suena mi teléfono. Miro y veo el título del correo: —Oferta de profesorado— mis ojos se abren de par en par cuando estoy a punto de abrir el correo cuando un movimiento repentino me obliga a soltar el teléfono
—¡Mierda!–miro a mi alrededor, confundido por el frenesí de los momentos, cuando siento que unas manos tiran de mi chaqueta.
Inclinando la mirada hacia el suelo, veo a una mujer que se aferra a mí como si le fuera la vida en ello. Tiene los ojos cerrados con fuerza y murmura: «Oh, Dios mío, me estoy muriendo ». Gracias a Zoe, leo sus labios a la perfección.
¿Se está muriendo?
—¿Llamo a una ambulancia?— pregunto mientras busco mi teléfono.
—No, no. Estoy bien—me agarra con más fuerza y me doy cuenta de que está intentando ponerse de pie.
—Déjame ayudarte a levantarte—la agarro y la ayudo a ponerse de pie. Una vez que finalmente está derecha y no colgando de mi chaqueta, la miro bien. Y, vaya, es una belleza. Cabello castaño rojizo, labios rosados y carnosos y senos regordetas que casi se salen de su vestido. No es de extrañar que mi polla responda de la manera en que lo hace—.Oye, ¿estás segura de que estás bien?
—Sí, estoy bien, gracias.
Por un segundo, su rostro casi coincide con el color de su cabello. Observo nuevamente sus rasgos y concluyo que no es solo una cosa lo que la hace hermosa, es toda ella. Pero al mirar su piel perfecta, es obvio que es demasiado joven para mí.
—Vale, Daphne tiene razón, quizá estoy borracha —murmura de nuevo. ¿Siempre habla en voz alta para sí misma? Entonces, como si recordara que estoy frente a ella, sus mejillas se sonrojan, lo que hace que mi pene se estremezca contra mi pantalón.
¿Qué me está haciendo esta chica?
—Lo siento mucho —dice. Pero tengo la lengua pegada al paladar y no puedo decir nada más. Su belleza es evidente y su energía es salvaje, no la de las revistas de moda, sino radiante por todas partes. Sus rasgos resaltan, al igual que mi piel en el lugar donde tuvimos contacto.
Simplemente hermoso.
Ella estaría corriendo, no disculpándose, si supiera lo que estaba pasando por mi cabeza en este momento. Y honestamente, en este punto, no podía culparla.
No soy bueno para nadie.
Como si pudiera leer mis pensamientos, se da la vuelta para irse.
—Debería irme. Mi auto me está esperando. ¡Gracias de nuevo!— dice bruscamente, recoge una bolsa de papel del suelo y desaparece. Niego con la cabeza. Es sexy, joven y despreocupada.
Para mí suena a libertad.
Agarro mi teléfono y la bolsa con el regalo de mi hija. Ahí es cuando me doy cuenta de que es diferente; miro para comprobar que no sea un moño.
Es una… bufanda.
Me volteé hacia la mujer, aterrorizado por la posibilidad de que se hubiera llevado el lazo rojo que había estado buscando toda la tarde. Y, tan fuerte como pude, grité: —¡Oye, tú, detente!