No dormí. Me quedé despierta mirando el techo, dando vueltas, procesando cada palabra de nuestra conversación. Cada opción. Cada consecuencia posible. A las tres de la mañana, bajé por agua. La casa estaba oscura y silenciosa. Pero cuando pasé frente al estudio, vi luz filtrándose por debajo de la puerta. Él tampoco podía dormir. Seguí a la cocina, llené un vaso, me apoyé contra el fregadero. A través de la ventana, podía ver la piscina donde nos habíamos besado hace solo horas. Donde todo había cambiado otra vez. —No puedes dormir tampoco. Me giré bruscamente. Alejandro estaba en la entrada de la cocina, despeinado, con jeans y una camiseta arrugada. Obviamente tampoco había dormido. —No. —Yo tampoco. —Caminó hacia la cafetera—. ¿Café? Sé que es tarde, pero... —El café no es lo q

