El shock me recorrió de pies a cabeza, como si una ráfaga helada me hubiera atravesado el alma. Mis alfas, mis hermosos alfas, esos hombres que ya había comenzado a aprender a amar, estaban allí. Podía ver sus figuras a lo lejos, inmóviles, como estatuas, tan cerca y, sin embargo, tan lejos. Pero lo que más me impactó no fue solo verlos, sino la forma en que los veía. Estaban rodeados, controlados, como si fueran prisioneros. Mi corazón latía tan fuerte que temí que todos lo pudieran escuchar, y una mezcla de felicidad y desesperación se instaló en mi pecho. Mis alfas... ¡Estaban aquí! Pero eso también significaba que la guerra ya no era solo una posibilidad, sino una realidad palpable. Mis emociones luchaban entre sí, pero Aurora, me advirtió en el fondo de mi mente que no debía mostrar

