El lunes llegó, me preparé para ir al colegio, pero esta vez la remera del uniforme la dejé por debajo del jean, me quedaba más ajustada así. Entré al colegio, me dirigí a mi salón, dejé mis cosas, fui a sentarme con Julián para hablar, me dijo que estaba muy guapa. Camila llegó, y vino a sentarse con nosotros. El timbre sonó, teníamos matemática ahora mismo, estaba ansiosa por verlo. Nosotros seguíamos hablando y riendo, hasta que el profesor entró.
—¡Todos a sus lugares! —ordenó, ese día teníamos recuperatorio. Me quedé con Julián, Camila se fue a su lugar—. Nohemí, a tu lugar.
Lo miré, levanté las cejas y rodé mis ojos. Seguí hablando con mi amigo, Pablo volvió a regañarme.
—¡Qué insoportable! —exclamé, levantándome para ir a mí banco. Bufé.
Me fulminó con la mirada, entregó los recuperatorios, lo hice, y por lo menos llegué a aprobar, la verdad que la explicación de Pablo el fin de semana me sirvió muchísimo.
Golpearon la puerta, era la directora.
—Permiso, tengo que dar una notificación a los alumnos.
—Adelante, por favor —dijo Pablo.
Ella se acomodó en la silla del escritorio del profesor, y comenzó a hablar.
—¿Recuerdan el Proyecto Escolar a nivel nacional en el que se seleccionaba a dos alumnos como representantes de la institución?
—Sí —respondieron algunos alumnos.
—Bueno, quedó elegida una compañera de este curso —miró a todos—, Nohemí —me miró.
Me sorprendí, no entendía nada, ¿yo quedé elegida? ¿Justo yo?
—¿Es en serio? —pregunté.
—Sí —dijo ella—, tú y Aimar, alumno de primero.
Todos aplaudieron y me felicitaron. Pablo me miró sonriente, contento.
—Felicidades, Nohemí —dijo Manuela—, luego acércate a la dirección para programar todo.
Sinceramente no podía creerlo. Terminamos la hora de matemática y al tocar la campana del recreo me encaminé a dirección para hablar con Manuela, estaba entusiasmada.
—Permiso —dije y entré.
—Pasa, pasa —dijo, se acomodó en su silla—, siéntate.
Me senté, ella sacó unas hojas, las acomodó sobre el escritorio.
—Bueno, Nohe... Me alegra mucho que hayas quedado elegida —sonreí—, quizás sea una experiencia dónde te sirva para recapacitar en muchos ámbitos.
Asentí, quizás tenía razón. Me comentó que nos tenía que acompañar un profesor, el que queríamos, elegí a Pablo, creo que me estaba cayendo un poco mejor ahora, iba a ser un buen acompañante; y el niño eligió al profesor de inglés, qué nerd.
Ya era hora de regresar a mi casa, cuando llegué mi madre no estaba, como de costumbre… Varias veces pasaba eso. Me preparé algo para comer, moría de hambre. Me senté cómodamente en la mesa a disfrutar de mi arroz hervido. Sonó mi celular, miré en la pantalla y decía Pablo. ¿¡Qué!?
—¿Bueno? —respondí un poco nerviosa.
—¿Nohe?
—Sí.
—Mira… Me acaban de notificar que me elegiste de acompañante para el proyecto nacional —hizo una pausa—, tenemos que organizar algo urgente, porque no tenemos mucho tiempo, Nohe.
—Sí, tienes razón —pensé un momento–, ¿quieres venir a mi casa?
—¿Estás segura?
—Claro, Pablo, digo… Profesor —dije irónica.
Corté la llamada, corrí hasta el baño y me di una ducha ligerísima, salí y me puse unos jeans claros ajustados al cuerpo, una remera de tirantes y un buzo calado de hilo en rosa. Escuché el timbre, cepillé mi cabello y fui corriendo a la puerta, abrí.
—Hola —dije algo agitada, él rió.
—Hola —dijo él, sin dejar de mirarme.
—Pasa —me hice a un lado.
—Lindos pies —dijo, me ruboricé, él sonrió.
—Mierda —susurré—, ya vengo —cerré la puerta y fui a mi habitación en busca de unas zapatillas.
Regresé con él y me senté en el sofá, hice palmaditas para que se siente a mi lado, ya que aún seguía parado. Se sentó a mi lado, lo miré esperando su propuesta, pero no hablaba, se había quedado helado mirándome.
—¿Y a que venía, señor? —dije para llamar su atención.
—Por… Por lo del proyecto —pasó su mano por su cabello.
—¿Seguro que por eso? —susurré.
—Eso creo —susurró mirándome fijo a los ojos.
—¿Quieres algo de beber? ¿Comer? —sugerí luego de un silencio incómodo.
—Por favor —dijo, me regaló una sonrisa.
—Ven, sígueme —sonrío.
Se paró y caminó detrás de mí hasta la cocina. Quería bajar un tupper con torta que había hecho mi madre, pero estaba muy alto y no alcanzaba, me puse de puntas de pie, y tampoco.
—¿Necesitas ayuda? —unos brazos pasaron por alrededor de mi cintura, me tensé.
—Por… Por favor —dije algo tímida.
También se puso de puntas de pie, apoyándose a mi cuerpo, podía sentir su abdomen en mi espalda. Se me escapó un gemido leve, él sonrió y me alcanzó lo que estaba buscando.
—Aquí tienes —sonrió sin mostrar los dientes.
—Gracias —susurré, lo miré detenidamente.
Tomé el tupper en mis manos, rocé con las suyas, sentí una electricidad recorrer mi cuerpo. Caminé hasta la mesada para dejarlo allí y fui a buscar la jarra de jugo en la heladera.
—Aquí tienes —dejando todo sobre la mesa.
—Gracias, pequeña —susurró a lo último.
—¿Qué? —me sorprendí un poco.
—Nada, nada…
Nos acomodamos y comenzamos a comer.
—¿Y a que venías? —pregunté sin pensar.
—¿Quieres que me vaya? —me miró triste.
—No es eso, simplemente pregunté a qué venías, porque según tú era para lo del proyecto, y mira… Poco hemos hecho de eso.
—En realidad quería verte… —susurró.
Mi madre me había llamado para avisarme de que por una urgencia tenía que viajar, ella era enfermera también, ya estaba acostumbrada a este tipo de cosas, por lo tanto, esa noche no volvía a mi casa.
Las horas ya habían pasado y Pablo había decidido que era hora de irse, aunque… ¿Quería quedarme sola? Su compañía me agradaba…
—¿Te quedarás sola? —preguntó él.
—Sí, no habrá problema alguno.
—¿Segura? —insistió.
—¿Qué quieres? ¿Qué te invite a quedarte? —dije divertida.
—No es mala idea —reímos. Nos miramos por unos cuantos segundos.
—Quédate —susurré y me ruboricé.
Sonrió ampliamente, besó mi mejilla. Aceptó quedarse conmigo esa noche para preparar algo del proyecto, él al día siguiente no trabajaba y yo decidí faltar al colegio. Desde ya que él iba a dormir en otra habitación. Nos fuimos cada uno a su respectiva habitación, me puse mi pijama y fui hasta la cocina por un vaso de agua, regresé a mi cuarto y ahí estaba él parado en mi puerta, lo miré.
—Venía a darte las buenas noches —susurró sonriéndome.
—Buenas noches, profe —le sonreí tierna.
—Buenas noches, mi alumna —susurró, sonrió.
Besó mi mejilla y me dio un leve abrazo, se fue hacia la habitación de al lado, entré a la mía, dejé la puerta abierta como todas las noches.
No podía dejar de pensar en el dichoso proyecto, pensar que en tan solo dos meses era el viaje a Madrid para la presentación. La idea que teníamos era preparar un trabajo sobre un problema muy común en las personas, como por ejemplo, problemas alimenticios, de salud.
Teníamos que prepararlo juntos, Pablo y yo, al otro chico con el otro profesor les tocaba otro tema, habían elegido el bullying, y en dos meses, para lo cual era muy poco tiempo. Nos íbamos a juntar en algunas horas del colegio, él me iba a sacar de los módulos de otras materias, o incluso en matemática. Prácticamente si podía los fines de semana me iba a Alicante, así podíamos aprovechar más los días para preparar el mejor proyecto posible.
No lograba dormirme, me levanté para ir al baño, pasé por la puerta de la habitación donde él estaba durmiendo.
—Nohe… —dijo al verme pasar.
—¿Qué sucede?
—No puedo dormir —rió.
—Ni yo —suspiré—, ¿tomamos un café?
Aceptó mi idea, por lo que volvimos a levantarnos y preparé café para ambos. Encendí mi ordenador y comenzamos a buscar algo de información para el proyecto, ya que sueño no teníamos. Nos acomodamos en el sofá.
—Tengo mucho frío —dije tiritando.
—Ven —me acurrucó más a su lado.
Lo miré por un momento, él pasó su brazo por encima de mi cuello, ¿qué estaba haciendo?
Eran las 5:35 am, decidimos ir a dormir ya, era muy tarde.