Maya y Dan voltearon hacia la puerta, ahí estaba Rita con los brazos cruzados y una amplia sonrisa de burla en los labios. —¡Mamá! —Jadeó Maya— ¿Qué haces aquí? —¿Qué hago aquí? —dijo Rita, entrando en la habitación con ese peculiar contoneo de caderas que tanto irritaba a su hija. — Oh Maya, Maya, cariño... Pues vine a verte, bueno, en realidad vine a reírme de la buena tunda que te ha puesto esa chica, ja, ja, ja, me he reído como nunca. Maya se sintió dolida y avergonzada por las palabras de su madre. Dan, a su vez, carraspeó incómodo, poniéndose tenso ante el descaro de aquella mujer. —Si has venido únicamente a ofenderme, te puedes ir por donde viniste —replicó Maya— Ya estoy lo bastante agobiada sin tener que tolerar también tus sarcasmos venenosos… Rita se le quedó viendo fi

